El enigma
por Uno de la Redacción

MARTES 16 DE FEBRERO DE 2010 A LAS 16:40 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

 

En este país que se dice aborregado por el zoo de la telebasura, la tableta de Cristiano Ronaldo y las tertulias biliares de buena mañana, aún queda gente suficiente como para guardar colas interminables a las puertas de los museos y de las salas de exposiciones. Como por ejemplo las que se han formado este fin de semana en la sede madrileña de la Fundación Mapfre, convertida durante unos días en el paraíso de los impresionistas franceses.

 

La entrada es gratis pero también es libre. Y aguantar durante más de dos horas la corriente del viento helado que ha surcado de norte a sur en las últimas horas el paseo de Recoletos; presupone en el público que alegre y ordenadamente guarda la cola un interés y una llamada algo mayores que los del simple placer por aprovecharse de un espectáculo que se da de balde. Los Manet, Monet, Renoir, Fantin-Latour, Pisarro, Cezanne o Degás que decoran las cálidas, aunque algo estrechas, salas del palacete de Mapfre bien valen la espera.

 

Y también lo valen las sorpresas que, con tantos genios dialogando de pared a pared, surgen inevitablemente ante el espectador. Como esa que ofrece Gustave Doré, el ilustrador más famoso del Quijote, en un rincón apartado de los fogonazos de color, los paisajes al natural o los vigorosos retratos de sus compañeros de quinta. La atmósfera metálica que desprende su obra El enigma es tan magnética como la extraña escena que se representa en ella: ante una gran llanura en la que se adivinan ciudades y campos arrasados, de los que surgen grandes columnas de humo, y rodeados de cadáveres de soldados, mujeres y niños, un ángel acaricia a una criatura con cuerpo de león y rostro femenino que recuerda a la mitológica y devastadora Esfinge.

 

Debe ser el encuentro entre el bien y el mal más bello y misterioso que se haya pintado jamás. Pero es seguro un cuadro que no deja indiferente a ningún espectador, que se marcha con esa extraña estampa metida entre ceja y ceja. Para entonces, ni la espera ni el frío se recuerdan. Sólo queda la experiencia compartida con una mayoría silenciosa puesta en fila.


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