
ALONSO GUERRERO
Nos hallamos a mitad de la legislatura, pero la inmensa mayoría de los españoles (y utilizo el vocablo españoles con sentido novecentista, porque ahora es una palabra ambigua, que sólo cobra sentido con el repudio) parece que acaba de donar sangre, y sale de un autobús en una plaza, con el brazo doblado sobre el algodón, en busca del bocadillo. Esta vez no se trata del partido que gobierne, sino de los que legislan para, según todos los síntomas, poner a prueba la paciencia del pueblo, sazonada a lo largo de la historia en las colas de las tahonas y del paro, en las del racionamiento y en las de los tribunales. Como ciudadano, me pregunto de dónde ha salido esta gente, los políticos, cuáles han sido sus peripecias vitales, su comedia dell'arte, antes de convertirse en pandilleros, cuando no fardos, del Congreso.
¿Qué legisla esta gente, cómo, y para quiénes? ¿Les ordena el partido que piensen cuando aprueban las leyes? ¿Qué idea tienen de la educación, de la justicia, del terrible pequeñoburgués hiperactivo que va retornando a los telediarios? Nuestros legisladores no tienen arreglo. ¿Hemos necesitado treinta años de democracia para que los mojones de las lindes, los intereses y las mamarrachadas de personas con másteres, dichas siempre en los periódicos, parezcan lo menos malo que nos pueda pasar? De la mano de mediocres y mandados no vamos a salir de esta llamada crisis. Ellos son la crisis, ellos son los supervivientes vitalicios que la han organizado y la mantienen.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde?, se preguntaba ya Lorca, en su Romance sonámbulo. Desengañémonos. No está el campo para tormentas. España es el adagio de un país, la probeta en la que experimenta no la democracia, sino la paciencia. Legislar sin sentido común, sin sentido del bien común, es algo que nuestros gobernantes hacen con una tenebrosa maestría. ¿Cómo habrían conseguido convencer a todo un poder judicial, si el poder judicial no opositara para convertirse en mera caterva de seguidores? En este plan, el único consuelo es volver al novecentismo pero, mientras tanto, hablemos del taconazo de Guti.
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