En democracia se puede y se debe discutir de casi todo si lo espera una parte de los ciudadanos, lo respalda una porción de sus representantes y se encauza todo a través de las instituciones legitimadas para hacerlo. En ese sentido, no hay que escandalizarse por la discusión, en sede parlamentaria catalana, sobre la hipotética abolición de las corridas de toros en Barcelona: no ha sido una imposición de nadie, y lo ha respaldado una mayoría de los diputados.
Pero es precisamente ese respeto a las normas el que faculta para defender lo contrario y para opinar, enérgicamente incluso, sobre este asunto y los intereses que lo rodean. Empezando por lo último, es evidente que los toros son una excusa para ciertos partidos políticos que, en realidad, los rechazan por su identificación con una Nación, la española, de la que no se sienten parte: esto también es legítimo, pero no más que lamentar la sistemática persecución de todo lo que huele a España por una minoría sectaria que convierte en símbolos de separación lo que no son más que tradiciones compartidas o toleradas por casi todos. La estigmatización de los toros se parece mucho a la criminalización del español, la celebración de referendos separatistas o el empecinamientoen convertir el deporte en una plataforma de ruptura e identificación.
Por eso deberían tener más precaución los grupos o entidades que, ellos sí, sólo quieren prohibir los festejos: tal vez ése sea su único móvil, pero han de ser conscientes de que se está utilizando para batallas que no son suyas. Y aunque Esquerra lo niegue, con inmenso cinismo, la secuencia de hechos y discursos, en estos ámbitos lo atestigua. Sobre el fondo del asunto, hay que insistir en un preámbulo: es difícil entenderse con quien, sin ningún matiz ni profundidad, se limita a transformar una fiesta tan enraizada en una mera carnicería en la que se torturan animales ante los ojos ávidos de sangre de los aficionados. Para estar en contra de los toros no hace falta hacer una caricatura tan ridícula, injusta, y por ello falsa.
Es razonable preguntarse siempre por el encaje en una sociedad moderna de las tradiciones más ancestrales, pero desde el respeto y el sentido común con el que se tratan estos asuntos en todos los países serios. Presentado así el debate, sólo cabe una postura: como la Fiesta Nacional no es un aquelarre animalicida, hay que defenderla como una manifestación cultural y artística legítima que no todo el mundo puede apreciar pero casi todo el mundo debe respetar. Este tipo de fiestas sólo pueden desaparecer de una manera: cuando nadie las quiera. |