Ni es la primera ni tampoco será la última película que utilice el argumento del fin del mundo como punto de partida. El caso es que apenas quedan dos años para 2012, la fecha en la que, previsiblemente, los mayas habían previsto que se extinguiera el planeta –concretamente el 21 de diciembre, día de mi cumpleaños-, y la fecha que Roland Emmerich ha elegido para dar título a su última producción, que se puede ver en los cines. Críticas cinéfilas al margen, y dejando de lado apocalípticas predicciones sin fundamento científico alguno, lo cierto es que una de las amenazas más directas que podrían poner fin a nuestro planeta sería una colisión con otro objeto de nuestro entorno en el Sistema Solar. No sería la primera vez que algo así ocurriera. Hay indicios fundamentados sobre colisiones pasadas de nuestro planeta con grandes asteroides. Pero, ¿debe ser eso un signo de preocupación? ¿Podríamos sufrir el choque de otro astro a medio plazo, sea en 2012 o en otra fecha inmediata?
Primer dato: diariamente miles de fragmento de roca procedentes del espacio exterior caen a la Tierra. Sin embargo, la mayor parte de ellos se desintegra al atravesar la atmósfera y, los que logran impactar con la superficie del planeta, son tan pequeños que los daños estructurales que puedan producir resultan inapreciables. Segundo dato: la NASA cuenta con un departamento denominado NEO (Near Earth Object program, o programa de objetos cercanos a la Tierra), encargado de buscar y catalogar cualquier cuerpo extraterrestre potencialmente peligroso para la Tierra (PHAs). Desde principios de la década de los 70 se han catalogado hasta el pasado mes de octubre más de dos mil objetos, aunque sólo un centenar de ellos tienen la masa suficiente como para destruir el planeta. Sólo en 2005 ya se registraron más de 60 asteroides cuyas órbitas futuras podrían deparar un inesperado encuentro con la Tierra.
Tercer dato: ¿a qué llamamos un cuerpo potencialmente peligroso? A cualquier objeto con un diámetro superior a los 100 metros, que pueda pasar a menos de 745.000 kilómetros de la superficie de nuestro planeta. Con un catálogo tan amplio no es de extrañar que cada cierto tiempo aparezcan noticias, rumores, vaticinios y amenazas, en forma de película o no, sobre la colisión de un gran asteroide dentro de unos años. Sin embargo, no hay motivo para la alarma, ya que en la mayor parte de los casos las probabilidades de impacto son de una entre varios millones, o entre cientos de miles en el caso más pesimista. Es decir, que es más probable que nos toque la lotería de Navidad comprando un único décimo en toda nuestra vida a que seamos víctimas de un cataclismo meteroide.
Pero pongámonos en el peor de los casos. Imaginemos que, calculando órbitas y trayectorias, encontramos un asteroide que encaja en la definición de PHAs y cuya probabilidad de colisionar con la Tierra es absoluta. Ahí está el cine para ilustrarnos las consecuencias con títulos como Deep Impact, Armageddon o la reciente 2012. ¿Existe alguna posibilidad de evitar el cataclismo? La NASA y la ESA estudian la manera de desviar de su trayectoria hacia la Tierra un posible asteroide que amenazara nuestro futuro. En el caso de la agencia espacial norteamericana, en julio de 2005 hizo que la sonda Deep Impact colisionara con el cometa Tempel1. Su objetivo era analizar la composición de su núcleo para ayudarnos a determinar las condiciones iniciales del Sistema Solar… y de paso realizar un ensayo ante la eventualidad de tener que desviar un PHAs de su órbita. La agencia espacial europea, por su parte, tampoco ha descartado esta solución. A través de la misión Quijote, la ESA eligió dos asteroides (2002 AT4 y 1989 ML) como bancos de pruebas para ensayar tecnologías que puedan ayudarnos a desviar cuerpos que amenacen con una extinción en masa en la Tierra, como la que ocurrió hace 70 millones de años.
¿Y hay algún PHAs cuya trayectoria y órbita sea susceptible de provocar esa amenaza en 2012? Actualmente, el objeto que supone un mayor riesgo es el 2004MN4, que pasará muy cerca de la Tierra en el año 2029 (Paul Chodas, Steve Chesley, Jon Giorgini y Don Yeomans, del Programa NEO calculan que podrían pasar a 30.000 kilómetros de distancia). Aun así, la extinción en masa es una posibilidad exótica. Es más probable que se repita un suceso como el que provocó el último PHAs que entró en la atmósfera terrestre. Fue en junio de 1908 y explotó a una altura de 8.000 metros sobre el valle rocoso del río Tunguska, en Siberia.
(Este artículo ha sido elaborado a partir de un artículo anterior publicado por el mismo autor en el número 12 de la revista Espacio, en diciembre de 2005) |