Tremenda guerra de todos contra todos en el Cine español por la anulación de las subvenciones que ha decretado la Comisión Europea. Bruselas nos ha levantado la falda, y las vergüenzas han quedado al aire. La orden ministerial de esa mujer de Cine que es Angeles González-Sinde, que tenía soliviantado al sector, es papel mojado desde el martes. Por las tribunas de la prensa han pasado ya grandes nombres de la pantalla para aportar su rabia contenida por todo lo que está ocurriendo. Y, en una lectura personal, ¿qué está ocurriendo, no ahora, sino desde los tiempos de CIFESA? Pues muy sencillo: las películas en España no se realizan de forma libre, con la inversión económica de uno o varios empresarios que se juegan su dinero en aras a conseguir que el público vaya a verlas y obtener un beneficio en taquilla. Los proyectos cinematográficos aquí son subvencionados por los poderes públicos, que reparten las ayudas con criterios oscuros y muy cuestionables. Al comenzar a proyectarse una producción española, pasan ante los ojos del espectador decenas de rótulos y créditos con los logotipos de las innumerables instituciones que están detrás. Jamás en una industria auténtica como la de Hollywood se habría aceptado que el dinero de las películas saliera de los impuestos de los ciudadanos: Selznick, Mayer, Zanuck, Thalberg, productores todos ellos irrepetibles en la historia de esta arte, no recibieron nunca un solo dólar de subvención. En España, el Cine es paniaguado del poder político, ahora y con el PP.
La ministra-guionista se ha acompañado de un hombre al que no se conoce bagaje alguno en el mundo cinematográfico, el ex-convergente Ignasi Guardans. Nunca habíamos escuchado a este señor hablar de una película, desconocemos si para afrontar la importante responsabilidad que le han otorgado con la Dirección General del ICAA ha visionado por primera vez "La aldea maldita" de Florián Rey o se ha acercado por curiosidad a los experimentos con la cámara de su paisano Llobet-Gracia. Pero que nuestro Cine esté en estas manos y se conduzca con estas políticas desde hace décadas, son las grandes desgracias culturales de este país.
Por el fondo El titular publicado esta semana en un medio muy concreto ha disparado las alarmas: los madrileños prefieren el seguro sanitario privado. Un porcentaje muy significativo de ciudadanos tiene contratada una póliza con cobertura en hospitales y clínicas fuera del Sistema Nacional de Salud para recibir asistencia médica. El terremoto en el seno del partido más crítico hacia la sanidad privada, el socilista, es estos días tan brutal como el Big One. ¿Hacemos caso a nuestros demonios particulares, o a lo que prefieren los madrileños? En la decisión que tomen en este y en otros asuntos de similar trascendencia estará el inicio del fin de su ostracismo electoral en Madrid.
Por la forma La Delegada del Gobierno en Madrid ha dado absolutamente en el clavo con el caso del asesino conocido como El Rafita. Amparo Valcarce, que está haciendo una magnífica labor en la Delegación, ha advertido de que la situación del sujeto que mató, junto a otros, a Sandra Palo es la que permite la Ley. El ultraje que siente la familia de la chica salvajemente apaleada y quemada tiene destinatarios claros: los partidos políticos españoles, todos, que se vanaglorian de aprobar las leyes más integradoras y tolerantes hacia los delincuentes con el objetivo constitucional de que se reinserten en la sociedad. El PP con Acebes de ministro aprobó el engendro de la Ley del Menor, y los siguientes la mantienen intacta.
Se hablará de... Antes de que acabe el año los nuevos altos cargos designados en la Unión Europea deben explicar a los ciudadanos lo que piensan hacer con sus importantes responsabilidades. En junio, los europeos fuimos a las urnas a votar, pero han sido veintisiete señores reunidos en una cena los que han designado a la nueva supercanciller Ashton y al tercer presidente que ya tenemos, el belga Van Rompuy. Da pena el proyecto europeo, pero a quienes más debería darles, a los megalómanos líderes que se reparten el poder de forma inmoral, les parece una genial construcción colectiva a la altura de los Estados Unidos. Pintoresca, vieja Europa. |