|
No es fácil pedir y lograr discreción cuando a la fama se le suma el prestigio y a éste el papel institucional. Ése es el trance en el que vive la Familia Real a cuento del inminente divorcio de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar, y menos cuando a continuación se pedirá en El Vaticano la nulidad del matrimonio. Es la manera, sin duda, de hacer compatible las ganas de romper con la observación de los sacramentos religiosos, aunque habrá quien vea en ello un acto de cinismo sin más: si es divorcio, es divorcio, le guste o no a la Iglesia, que guarda esas prebendas para los ilustres y así todos salen ganando.

Imagen extraída de http://familiasreales.com
El caso es que mientras esto ocurre, se ven estampas llamativas. Como a Marichalar sin ningún tipo de protección ni guardaespaldas caminando por pleno Centro de Madrid, la calle Serrano a más señas, con una más que ostentosa cojera y la mirada perdida en el suelo. No lo está pasando bien, pues quien le conoce asegura que en el fondo albergaba la ilusión de una reconciliación que Doña Elena nunca ha deseado. ¿Por qué? Nadie lo sabe a ciencia cierta, y quien lo sabe se calle. Y a ello ayuda mucho la actitud de la pareja: es la Reina, obviamente de parte de su hija pero también afectuosa con su ex yerno, quien más colabora en el entendimiento y la pulcritud de un proceso en que el uno y otra van a poner todo de su parte para que termine sin ruidos. Que así sea, y suerte para ambos.
|