Miguel Montes Neiro no es Nelson Mandela, aunque la incesante campaña a favor de su liberación pueda llevar al equívoco. Tampoco los presos de ETA son políticos, por mucho que ETA haya dejado de matar. Al primero puede soltársele, tras 36 años entre barrotes, por razones de salud o humanidad. Y a los segundos, acercarles a su tierra por razones familiares: su madre, o su marido, no tienen la culpa. Y puede ser práctico y poco costoso en términos morales, éticos, políticos y judiciales.
Pero en ninguno de los casos las medidas de gracia rehabilitan al reo ni, mucho menos, le convierten en lo que no es: Neiro no es Brad Davis en El expreso de medianoche ni está preso en una cárcel de Turquía por querer pasar un poco de droga en el recto: cometió reiterados delitos mientras pudo, y todas sus condenas están cimentadas en las mismas leyes que a usted y a mí nos protegen, juzgan, ignoran cuando somos buenos y recuerdan cuando somos malos.
Ahora hay que liberarle porque ha recibido el indulto, una medida tan legítima como arbitraria, y probablemente porque ya no es un peligro y en el perdón reside una parte de la autoridad de la penitencia previa. Que salga, pues, pero sin llevarse consigo una imagen distorsionada del mártir que no es: pregúntenle a sus víctimas, quizá no consideren menores los ataques que sufrieron, aunque no corriera la sangre.

Pues no, en la imagen no hay un etarra ni un Neiro: es Brad Davis, en una película
Sí corrió en el caso de los 700 presos de ETA: aunque ellos digan que disparaban a una patria, borrosa y cosificada, lo que reventaban era una nuca. O todo el cuerpo, en función de que usaran una pistola por la espalda o una bomba con mando a distancia.
Como ya no matan, porque no quieren o no pueden, la misma ley que les condenó puede levantar un poco la mano sin dejar de ser ley. Y la misma política que les persiguió puede cambiar a Parrot por Neiro y reducir las distancias entre la celda y la heroica herriko taberna en la que soñaban con esa Arcadia ideal que comparte espacio con el paraíso de los yihadistas suicidas, igual de tarados, pero con algo de más huevos.
Ni Neiro deja de ser un delincuente ni los presos de ETA unos terroristas. La diferencia entre una medida con gracia y otra desgraciada no es sólo retórica: si en el viaje de aplicar la ley, en su versión benévola, se incluye la restitución de la imagen o al anulación del pasado, se alimenta un nuevo monstruo y se transforma la memoria en un escupitajo en la cara de las víctimas.
Sáquenlo del trullo o cámbienles a otro más próximo al terruño, pues. Pero oblíguenles un poco a hacerlo con su vieja capucha: esta vez no será para huir, sino para esconder la cara de pura vergüenza. |