"Cuenta la verdad.
Aunque cueste.
Sobre todo si cuesta"
Antena 3 ha comprado La Sexta por unos 250 millones de euros: 150 en desembolso directo y otros 100 en concepto de asunción de la deuda. El Grupo Planeta refuerza, con ello, su rotunda posición en el sector: es el único que opera ya con éxito en los tres soportes tradicionales (prensa, radio y televisión) tras el desistimiento económico de Prisa con el cierre de CNN+ y la venta de Cuatro a Mediaset, propietaria de Tele 5.
Nadie, en fin, alcanza en España el vigor de la empresa de José Manuel Lara Bosch, quien puede colgarse sin pudor alguno la medalla de gran editor del momento, un puesto vacante desde la desaparición de Jesús de Polanco: Onda Cero, La Razón, Antena 3 y ahora La Sexta constituyen un portaviones mediático de enorme envergadura.
A los vendedores de La Sexta también puede reconocérseles un buen ojo para los negocios: primero lograron una licencia de televisión nacional en abierto que, al enterrarse la tecnología analógica, se transformó en un ramillete de canales digitales; después consiguieron convertirla en la productora de cabecera de RTVE para facturar 270 millones de euros en pocos años y, por último, se desprendieron de ella y de sus deudas por una millonada sin tener en cuenta cómo afectaba esa decisión al panorama televisivo nacional, presentado por ellos mismos en todo este tiempo como un oasis de la ultraderecha.
En el mundo empresarial, la barrera entre hacer negocios y especular con bienes es muy subjetiva, pero da la sensación de que en ambos epígrafes puede ubicarse esta operación nacida de un decisión tan legal como arbitraria y sobre todo política: la concesión administrativa de una licencia es potestad del Gobierno, que en este caso escogió a un grupo de contrastada solvencia profesional pero dudoso músculo financiero y empresarial al lado de otros aspirantes.
Y es aquí donde entra Carmen Chacón, verdadero objeto de este artículo. En los orígenes de La Sexta participa de algún modo innegable su marido, Miguel Barroso, socio desde tiempo atrás de casi todos los promotores de la nueva televisión en un montón de sociedades distintas y partícipe directo en la concesión de la licencia desde su puesto de secretario de Estado de Comunicación del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

Por resumirlo de una manera más comprensible, aunque en el viaje se pierdan matices importantes pero no decisivos a la hora de desechar la secuencia subsiguiente:
1.- Miguel Barroso es socio durante muchos años, en distintas empresas, de quienes acaban siendo propietarios de La Sexta.
2.- Sólo deja de serlo cuando el presidente del Gobierno le ficha como secretario de Estado de Comunicación y su esposa, Carmen Chacón, se convierte en una figura política nacional. Aún así, mantiene su participación en empresas relacionadas con el mundo de la televisión, si bien ninguna de ellas parece tener una relación accionarial con sus antiguos socios.
3.- Un mes después de abandonar esas funciones gubernamentales y retirarse como director de la Casa de América (un lugar digno de investigación, pero ésa es otra historia), La Sexta consigue su licencia de emisión: en todo el proceso previo, Barroso estuvo presente desde La Moncloa, en la que permaneció sólo año y medio, justo el periodo en que se redefinió el mapa televisivo español.
4.- Los promotores de La Sexta y el conglomerado de empresas que la rodean (algunas de las mejores productoras del país, sin duda), ingresaron 270 millones de euros del erario público entre 2007 y 2011 por contratos de RTVE, que en ese periodo deja de emitir publicidad.
5.- Finalmente, La Sexta culmina su venta por otros 250 millones de euros a Planeta una semana después de ser investido presidente Mariano Rajoy.
Es obvio que los méritos profesionales de Barroso son grandes y que, tanto él como sus amigos, saben de televisión como poca gente más. También lo es que La Sexta ha sido, y tal vez será, una alternativa muy decente y que entre sus impulsores figuran tipos maravillosos en no pocos sentidos.
Pero no lo es menos que sobre todo ha sido un negocio redondo, imposible sin una decisión administrativa en la que se mezclan viejos socios, buenos amigos y cargos políticos que han ido apareciendo o quitándose de en medio cuando se alcanzaba, en apariencia, un objetivo.
Resulta muy arriesgado decir que Barroso sólo dejó de ser socio temporalmente de un negocio pingüe para poder favorecerlo desde Moncloa. Y es sin duda un exceso hacerle partícipe del beneficio que esa cadena de decisiones, casualidades y operaciones ha generado. No digamos añadir a la secuencia, sin más, a Carmen Chacón.
Pero no sólo no es un exceso, sino todo lo contrario, formularle una pregunta a la aspirante a encabezar al PSOE, la mujer que ha estado ocho años en el Gobierno de España y que obviamente disfruta o padece aun involuntariamente lo que suceda en su casa: ¿Han logrado algún beneficio económico (directo o indirecto, personal o a través de una sociedad o de algún familiar) de cualquiera de las multimillonarias operaciones de compra, venta y contratación suscritas por cualquiera de las sociedades relacionadas con La Sexta, sus accionistas o sus empresas auxiliares?
En el manifiesto ‘Mucho PSOE por hacer’, Chacón dice por pluma interpuesta: “(Es precisa) una política económica que potencie el trabajo y el capital intelectual como motores de desarrollo y que mantenga a raya la especulación”.
También añade, en otro looping retórico: “La transparencia de la acción política y la rendición de cuentas antes los representados son el oxígeno de la democracia”. Y una más, epítome de ese metalenguaje hueco que tanto recuerda al adjudicado por Henry Miller al Santo Oficio encargado de juzgar a Las Brujas de Salem: “Por eso el diálogo debe ir acompañado de energía para poner freno a los poderes no democráticos que pretenden imponer sus privilegios o su moral a toda la sociedad”.
Seguro que todo tiene respuesta y que el bienestar político y personal de la pareja Barroso/Chacón obedece a su indudable capacidad, su formación, su experiencia y su trayectoria. También es muy probable que, en ese minúsculo pañuelo en el que conviven los mejores de cada campo, sea imposible no establecer conexiones sugerentes de favor recíproco que, al ser examinadas, se diluyen como un azucarillo para ubicarse en el epígrafe de las inevitables casualidades. Pero como ella quiere ser el futuro de un partido indispensable para articular el país y él ha sabido como pocos responder a ese desafío en la frontera del negocio y la política, no tendrán ningún problema en aclararlo.
Ahora que hasta el Rey da explicaciones, seguro que a tan feliz y respetable matrimonio no le importa desmontar la más mínima sombra de duda. ¿No? |