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Antes de juzgar el nombramiento de Alberto Oliart como nuevo presidente de RTVE hay que analizar, y muy críticamente, la salida de su predecesor, Luis Fernández. No se puede destacar su gran labor, saldada con un costoso saneamiento del ente público y el adecentamiento del producto general y, a la vez, salar con rutina su marcha. Si lo hacía bien, si cuadraban las cuentas, si cumplía como servicio público y si además mantenía una razonable imparcialidad, ¿por qué se ha visto obligado a dimitir dos años antes de que termine su mandato?
La sensación de que le han cambiado las reglas del juego a mitad de partido, en lo económico y en lo político, es lo suficientemente verosímil como para que alguien dé explicaciones y alguien se las pida. Pero es justo lo contrario de lo que han hecho PSOE y PP, extrañamente unánimes en su silencio y en su elección de Oliart. Que es, simplemente, infumable. Desde luego por su edad, al menos en RTVE: puede ser que un octogenario valga para cargos tan exigentes como éste; pero es impresentable en el caso de una empresa pública que ha prejubilado con dinero público a miles de profesional de poco más de 50 años. Y lo es también por la escasa preparación para el cargo: el propio Oliart ha confesado que desconoce por completo el mundo de la televisión. Es imposible, en fin, no sospechar que detrás de esto hay un plan oculto poco edificante. |