Empecemos por el principio: estamos muertos. No lo sabemos del todo, pero lo estamos. Aún más: no tenemos dónde caernos muertos. Como a Mozart, que nació genió y murió con tos en una sepultura de caridad, con el rostro hundido en el barro para enseñar un culo triste y anónimo a los curiosos.
A partir de ahí, no importa demasiado si Amaiur tiene grupo parlamentario propio, si el PSOE renueva a Rubalcaba o se echa al monte bajo, con hierbas aromáticas; o si Gallardón es ministro de Defensa o se defiende en algún ministerio. Casi todo es irrelevante, de un tiempo viejo pero no tan antiguo en que discutíamos sobre la fusión de La Sexta, la edad correcta de jubilación o la conveniencia de tener una universidad en el pueblo.
Básicamente, hay un antagonismo ya irremediable entre los ideales, las costumbres, los derechos, los privilegios y las aspiraciones y una realidad compuesta de una combinación endémica de burbujas: el aire de la que explota infla otra, que a su vez procrea una más en una cadena vírica que no tiene remedio.
Casi resulta entrañable, en su irresponsable infantilismo, seguir creyendo que un partido defiende el Estado Bienestar y otro no cree en él, como si estuviera en manos de alguno cuadrar una cuenta tan insondable como el Teorema de Goldbach, un sudoku del alma que martirizó durante décadas a los mejores matemáticos.
Tal vez haya un remedio. Decir la verdad. No discutir, desde un sofá o en la calle, la certeza de que el único antídoto es borrar la memoria de recuerdos recientes, abandonar el conservadurismo atroz que sustenta los mensajes presuntamente progresistas y empezar a cuadrar como sea la única cuenta que está en manos del Gobierno: no gastar mucho más de lo que se ingresa y gastarlo en lo importante.
Es probable que, hecha esa operación con dignidad, sigamos estando muertos: el dinero virtual que ha transformado la economía real en un puesto de pipas sepultado en una pirámide ficticia de euros, dólares y valores puede ser bien capaz de arramblar con la ejemplar aritmética cotidiana.

Pero si hay una esperanza, ésta pasa por dejar de creer en los Reyes Magos y en el averno y comenzar una intensa quimioterapia sin demasiada demagogia. Rajoy no es Churchill, pero su discurso de investidura se ha parecido bastante al "sangre, sudor y lágrimas" que prometió el premier británico para responder con emociones a los misiles de Hitler.
Luego perdió sus Elecciones Generales, pero ganó la guerra: si alguien sigue pensando que esto va aún de oponerse a una reforma laboral, quejarse por el control del gasto sanitario o discutir sobre los puentes festivos, tal vez perdamos la última oportunidad de resucitar de entre las tinieblas.
Como estamos muertos, no se lo pongamos demasiado fácil a Caronte, que ya ha atracado su barca en esta laguna Estigia de gloriosos esqueletos, inasequibles al desaliento y convencidos de que aún tiene sentido discutir por cómo les queda la ropa. |