Tenemos tan asumido que la imprenta vino a revolucionar el universo del libro (y de su mano de nuestra cultura occidental) que parece que perdemos la perspectiva de su evolución, de sus cambios, de su transformación a lo largo y ancho de los más de quinientos años que nos separan de la Maguncia de mediados del siglo XV. Siempre me he preguntado cómo explicaría Gutenberg a los primeros inversores de la tecnología que estaba desarrollando las características de su invento.
¿Qué caras le pondrían cuando les explicara que una de las bases de su nuevo invento era la prensa para hacer vino? El beneficio parecía evidente: multiplicar los códices, dar respuesta a una demanda cada vez más creciente de lectores (y de compradores)… pero muchos se preguntarían: ¿Vale la pena la inversión en un invento que todavía tiene que demostrar sus posibilidades? ¿Acaso el enorme gasto compensaba sustituir a los copistas, a los iluminadores que llevaban siglos en su profesión por nuevos oficiales que tendrían que saber de todo un poco para poder arreglar la prensa, elaborar la tinta y colocar de manera adecuada el papel para que la impresión saliera de la forma más limpia posible? ¿Cuántos días, cuántas noches fracasó Gutenberg en su invento? ¿En cuántas ocasiones se arrepintió de haber gastado su fortuna en este sueño, que se le escapaba de las manos como la arena de la playa en un puño cerrado? ¿Era esa mano vacía lo que iba a poder presentar a su familia después de tantos años de abandono, de sufrimientos?
Pero ahí está la imprenta, ahí está ese invento que se le fue de las manos a su creador (los que realmente hicieron negocio fueron sus primeros inversores) y que vino a revolucionar nuestro modo de enfrentarnos a la cultura, a la información en el siglo XVI: de los lectores se pasó a los compradores; de los difusores de la cultura se impuso la idea de industria editorial, de la que hoy somos herederos (y sufridores), y que está viviendo sus últimos decenios de supervivencia con la llegada de nuevos modelos de negocio, de difusión alrededor del texto digital.
¿Cómo ha evolucionado esa prensa de madera de Gutenberg en estos más de quinientos años de vida? ¿Cómo se componían los libros en el siglo XV y en los Siglos de Oro, qué cambios se produjeron con el triunfo de la Revolución Industrial del siglo XIX? ¿Cómo han ido evolucionando las artes gráficas en este periodo? ¿Y los tipos de letra? ¿Por qué una letra tiene nombres de persona (Ibarra, Goldoni, Garamond…) y otras de periódicos como Times o New Roman Times?
Son preguntas que pocas nos hacemos y preguntas que tienen (o tenían) difícil respuesta más allá de los libros. Y escribo tenían porque todos en Madrid estamos de enhorabuena porque el pasado viernes se inauguró (o más bien se reinauguró) la Imprenta Municipal de Madrid, en el antiguo edificio de 1931 en la calle Concepción Jerónima. Una (re)inauguración de un proyecto envidibale llevado a buen puerto por su responsable, José Bonifacio Bermejo, con un magnífico equipo, bajo el siginificativo lema de “Artes del libro”.
En la Imprenta Municipal de Madrid se podrá ver y entender cómo han ido evolucionando, transformándose las artes del libro, las artes gráficas en estos más de cinco siglos gracias a sus más de 3000 piezas, muchas de ellas visibles en su colección permanente: piezas que hablan del triunfo de una industrialización y que están todas ellas operativas. Y esta es uno de los aspectos más sobresalientes, los que convierten la Imprenta Municipal en un espacio único: no se trata de un museo donde se ve el pasado como algo inalterable, algo ajeno, sino que es una imprenta viva, donde varias generaciones de oficiales se dan la mano componiendo, imprimiendo, encuandernando, dorando… haciendo realidad ante nuestros ojos los oficios del ayer que siguen siendo los del hoy. Una magnífica noticia la de abrir un espacio para comprender mejor cómo la tecnología es siempre un aliado para la difusión de la cultura y el conocimiento: lo ha sido en el pasado y lo seguirá siendo en el futuro. Y aquí está la Imprenta Municipal de Madrid para mostrarlo con una espléndida sede, fruto del esfuerzo de muchos años. |