PEDRO P. HINOJOS
La escandalera montada por los crujidos que han sonado por Bruselas hicieron eco en la España del puente festivo más largo en lo que llevamos de siglo. Con crisis económica, con paro y con incertidumbres, el mundo se detiene igual en la península ibérica, para asombro del resto de gentes del continente. Esta siempre ha sido una tierra de costumbres, sobre todo cuando se trata de holgar, que ahí sí que no hay diferencias territoriales. ¿Por qué iban a cambiarse ahora, un tiempo de tantas amarguras y oscuridades? Por aquí, a este lado del Henares, no se han hecho excepciones a la regla patria, como era de esperar. Y entre las heladas mañaneras y esa odiosa e inexplicable peste a boñiga que, a rachas y sin avisar, ha impregnado nuestras atmósferas, ha sido todo un desafío mantener elevados el ánimo y el espíritu, así como la energía para hacer las contribuciones al PIB, por parte de los pocos que no han tenido la suerte o desgracia de puentear in extenso.
Y eso sin contar con el peso de otras desazones provocadas por esa despedida a lo grande de la ministra de Cultura recorriendo a nuestra costa y a todo lujo las mejores ciudades el hemisferio norte; o por el martillo pilón, insufrible y alienante del Madrid-Barça; o por la mirada persecutoria del niño de la lotería de Navidad, primo hermano del diabólico Damien. Para los más sensibles, toda una pesadilla. Pero ya pasó todo y hemos vuelto a la bendita rutina de casi todos los días. Aunque, bien mirado y mejor escuchado –que no olfateado–, tampoco cambia tanto el paisaje. Sólo hay más gente de un lado a otro. Y de música de fondo, un molesto zumbido como de huracanes. |