El pasado 5 de octubre se anunciaba la muerte de Steve Jobs. Para muchos era ese mago de la tecnología y de las finanzas que había conseguido colocar a Apple en la segunda empresa más importante del mundo por capitalización bursátil cuando había estado al límite de la ruina. Con su jersey negro, sus vaqueros y su capacidad de dominar los escenarios, los tiempos y los silencios, de su chistera tecnológica fueron saliendo productos y más productos: ipod, itunes, iphone, ipad… y algunos otros que habrá dejado en el horno de su genialidad y que nos resolverá (o complicará un poco más) la vida en los próximos años.
Pero Steve Jobs es mucho más que esa imagen que los medios de comunicación se han empeñado en difundir y en imponer: es uno de los símbolos de nuestros tiempos cambiantes, un ejemplo de lo que ha sucedido en los últimos cincuenta años en nuestra sociedad.
Y solo hay que comparar su trayectoria personal y profesional con la de Bill Gates (con el que compartió tiempos de sueños y de innovaciones en los años setenta) para ver cuán diferentes son uno y otro, cuán apegado está el creador de Microsoft al mundo del siglo XX y cuánto del siglo XXI le debemos a uno de los creadores de Apple. Steve Jobs, que no ha sido (casi) creador de nada, pues muchos de los hallazgos del Mac, de ese primer ordenador personal que pretendía ser universal (la interfaz gráfica del usuario llena de metáforas visuales que esconden detrás complejas órdenes que quedan invisibles a nuestros ojos, el ratón, la capacidad de trabajar con varias pantallas a un tiempo o el hecho de que se pueda imprimir aquello que se ve en el ordenador…) se habían experimentado en el centro de investigación que la Xerox tenía en Palo Alto; tampoco inventó el teléfono móvil de última generación o las tablets, pero la genialidad de Steve Jobs no residía en “inventar” cosas nuevas sino en “reinventar” lo existente para adaptarlo al futuro.
Cuando parecía que el mercado de los e-readers, de los lectores de libros electrónicos iba a ser dominado por los que se basaban en la tinta electrónica que imitaban (casi) a la perfección un libro analógico, Steve Jobs acertó al apoyar las tablets, nuevos aparatos para acceder a la información y al ocio poniendo la vista en el futuro, sin imitar nada de lo que hubiera existido. Hoy en día, hasta el Kindle, el lector de tinta electrónica más vendido y universal, ya ha preparado una opción de tablet, con sus colores, hipervínculos, pantalla táctil… una experiencia única, nueva, original. Y así era Steve Jobs. Fue uno de los padres de la nueva informática, uno de los artífices del éxito y universalización del ordenador personal (pieza clave para la universalización de la tecnología digital), pero también ha sido uno de los grandes revolucionarios, de los grandes impulsores y protagonistas de la segunda revolución que hemos vivido con la colocación del usuario en el centro mismo del universo informático, eso que llamamos redes sociales o la web 2.0… en este nuevo mundo, Apple ha seguido siendo pionera, marcando ritmos y proyectos.
Este espíritu de indagar nuevas posibilidades, de plantear nuevas fórmulas para escribir y difundir lo escrito lo encuentro en el espléndido proyecto “Sigue leyendo” (http://www.sigueleyendo.es/): un portal dedicado a los libros, a los creadores y a los lectores, en que colaboran decenas de escritores, entre los que me gustaría destacar a Cristina Fallarás, una de sus promotoras. Una nueva propuesta más allá de los modelos habituales de la difusión de la literatura, en que se ofrecen entrevistas, reportajes, análisis de temas de actualidad, pero también libros electrónicos originales, escritos para esta editorial digital, y que pueden descargarse a un 1 euro, de la manera más sencilla posible. Tan solo en unos segundos, puede uno descargarse siete cuentos firmados por Jorge Moch, Juan Abreu, Juan Ramón Biedma, Kike Ferrari, Laura Fernández o Guillermo Orsi, que da sus particulares visiones a cuentos clásicos como la Cenicienta, el flautista de Hamelin o Hansel y Gretel.
La mayoría son espectaculares (la mayoría están escritos por verdaderos maestros de la novela negra), y todos ellos constituyen una nueva forma de difundir la literatura: un medio en que se ha acortado el espacio entre el creador y el lector, aunque sigue haciendo falta un editor, un maquetador, una serie de intermediarios… pero que no tienen por qué ser los habituales.
La semana pasada se celebró en Madrid el Liber, la gran feria de los profesionales del libro. En ella se había dejado un rincón a las nuevas empresas digitales, pero uno tenía la impresión de que todo seguía siendo lo mismo: los mismos stands, los mismos modelos de negocio, las mismas mesas, y la misma colocación de las editoriales religiosas en el corazón de la feria, en el lugar más emblemático.
Solo con proyectos como “Sigue leyendo”, con iniciativas innovadoras que miran al futuro y no quieren preservar en el presente modelos de negocio del pasado, podremos mirar con cierto optimismo el futuro de nuestra industria editorial, una de las más importantes que hay en España. De hacerlo de otro modo será mantener de manera artificial una situación que comienza a ser agónica, de inminente colapso. |