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ÓSCAR SÁEZ
Un servidor iba al San Isidro, un colegio concertado ya desaparecido, porque el baby-boom hizo que no tuviera plaza en la zona del Val. Se hallaba en el primer piso de un portal de la calle Núñez de Balboa y la Domi era su directora. Nuestro patio era el parque al que llegábamos cruzando una carretera y las porterías una mochila y un árbol en cuyos alcorques jugábamos a las chapas.
No había A contra B, sino 5º contra 6º y, para hacer gimnasia, calentábamos con una tremenda caminata hasta el poli. En clase había 40 alumnos, las pizarras eran digitales porque usábamos los dedos y la tiza, y el único bilingüismo que había era el de alguno que hablaba por los codos.
Don José Manuel nos daba ‘Soci’ y Religión y me caían capones sin amenaza de denuncia al Defensor del Menor. No era el colegio con más recursos y por eso lo cerraron, pero los profesores me enseñaron bien. La educación la recibí en casa y eso ahora, con tanto debate entre profesores y Gobierno regional se olvida. Quizás los padres también tendrían algo que decir y echar dos horas lectivas más al día... Si la hipoteca les dejara, claro. |