Toque de queda
por Uno de la Redacción

MIÉRCOLES 5 DE OCTUBRE DE 2011 A LAS 17:37 HORAS
Opinión > Política
 
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ALONSO GUERRERO

 

A  lo largo de la última década hemos visto los pasos dados en España para acabar con todos los derechos conquistados desde la transición. Ahora llega el momento en que nuestra democracia, una Gretel engordada por la bruja, es ya lo suficientemente rolliza para que se la coman. Sólo hace cinco años, la situación actual parecía imposible. Hasta los que llegaban en patera tenían todo un futuro por delante. ¿Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades? El pueblo no, los políticos desde luego que sí, y lo siguen haciendo. La vida pública y la privada están organizadas por un toque de queda que ellos han declarado. Todo es una tensa espera, una siesta en el apeadero mientras aguardamos el tren de ganado en que nos van a subir. Los que han bombardeado este país se van de Saigón con sus plateados helicópteros, mientras la población espera temblorosa, igual que los vietnamitas en el 74, la llegada del Vietcong tras el 20-N.


Escapar de la sartén para caer en el fuego. Tal es la expresión que más se ajustaría a lo que nos depara el porvenir. El traspaso político nos tiene destinado un camino que va del desahucio a la indigencia. Tendremos que apretarnos el cinturón, pero nadie habla de los catecismos que, de paso, nos obligarán a tragar, o los principios que habrá que trocar por mendrugos. Esta política de cartilla de racionamiento cambiará libertades por doctrinas, y derechos por beneficios, como siempre. La CEOE patrulla ya las calles para localizar y quemar, como en Fahrenheit 451, los últimos ejemplares de El Capital.


La necesidad impone su toque de queda. Las noches se llenarán de luminarias. De hecho, las bombas ya están cayendo: la electricidad sube un 6% en octubre, los sueldos volverán a bajar, la educación pública se venderá y la sanidad habrá que pagarla a precio de baño turco. Todo lo que recibíamos a cambio de nuestros impuestos nos lo proporcionará a partir de ahora algún amigo de los de arriba, con cara de camello y la exigencia de que no pensemos que la vida es injusta.


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