PEDRO P. HINOJOS
Igual que la cuarta guerra mundial se librará con palos y piedras, según el vaticinio de Einstein, el fútbol de masas quedará reducido a pelotas de trapo y campos de tierra más pronto que tarde. Hasta los cronistas menos agoreros así lo creen, después del primer fin de semana de liga con los partidos escalonados desde el viernes por la tarde hasta la noche del lunes y el portazo a los periodistas de radio en los estadios.
Son, en efecto, tiempos raros. Incluso algo apocalípticos, observando los monstruos que produce el desesperado maridaje entre las televisiones y los clubes de fútbol. Las tertulias de vena hinchada y verdulera a la medianoche se han convertido en el último hallazgo de la telebasura. Al igual que las retransmisiones a deshora, como ese Alcalá-Sanse mortecino y achicharrado por el sol de mediodía, pasado a la fresca del final de la tarde en el segundo canal autonómico el pasado domingo.
La consigna es exprimir el fútbol, su audiencia y su negocio al límite, hasta tratar de transformarlo en un espectáculo solo para el solaz de los más forrados del lugar. Pero es un intento vano. La ruina y las deudas de los clubes han abierto pozos que no se colmatarían ni con los billetes de 500 convertidos en piedras de escollera. Y la multitud le profesa un apego demasiado grande a este juego como para dejar que se lo arrebaten unos cuantos mercaderes. El pirateo por Internet de la señal codificada de los partidos está tan a la orden del día, como lo está la pachanga improvisada en cualquier rincón. Y ni montándoselo a lo SGAE se logrará poner puertas al campo a este gol regañao universal.
Nada tienen que temer los gurús futboleros ni los comunicadores radiofónicos reconvertidos por unos días en catedráticos de derecho constitucional y legislación comparada. Además, el fútbol de palos y piedras lleva ya con nosotros mucho tiempo. El Messi o el Cristiano Ronaldo de pasado mañana corre malnutrido y descalzo entre el polvo tras de algo parecido a un balón junto a decenas de millones de iguales por las villas miseria, las favelas o los bidonvilles del mundo pobre. O sea, la parte más grande del mapamundi. |