Entre El padrino. Parte II y El padrino. Parte III (1990) pasaron dieciséis años. Coppola completó la historia de Michael Corleone que, al igual que decía el coronel Nicholson en El puente sobre el río Kwai, empieza a ser consciente de que está más cerca del final que del principio. Parece que de forma dialéctica Coppola y Puzo intentaron que los espectadores recobrasen parte de la simpatía que sentían en la primera parte por el Don sobrevenido, después de haber destruido en la segunda cualquier atisbo de identificación que pudieran tener con él. Pero no se puede borrar el pasado.
La tercera parte, con más secuencias de "Exterior, día" que las anteriores por la mayor presencia de Sicilia y su luz mediterránea, tiene una estructura narrativa reconocible, sólida y coherente: la gran celebración con toda la familia al comienzo; los esfuerzos sin ningún escrúpulo de Michael por lograr respetabilidad y ser querido; el montaje paralelo final con el ajuste de cuentas y el debut de Tony Corleone en la Ópera de Palermo. Además hay elementos visuales (las naranjas, los cannoli), personajes (Vincent-Sonny, don Tommasino, Enzo el pastelero) o lugares (la catedral de San Patricio, Little Italy, Sicilia) que reaparecen en otro tono como si fueran temas musicales en una sinfonía o en una ópera.
El problema principal de El padrino. Parte III es que no puede ganar porque siempre es comparada con las dos primeras, lo mismo que cualquier selección brasileña de fútbol compite contra el recuerdo de Brasil-1970. También juega en su contra la pérdida del factor sorpresa. Esa temporada 1990-91 crítica y público prefirieron (preferimos, incluso hoy) la visión nada intelectualizada de Martin Scorsese en Uno de los nuestros, con sus impulsivos delincuentes de baja estofa, con su estilo visual sincopado, con su banda sonora al ritmo de doo wop y rock & roll frente al tercer acto majestuoso y triste, como correspondía al cierre de la biografía de una figura mítica.
Vista ahora de nuevo, en sucesión con las otras dos, se disfruta de la concordancia entre las tres en aspectos formales (fotografía, diseño y música) y de la brillantez de la escritura. Hay líneas de diálogos a la altura de las mejores de la saga: "las finanzas son un arma y la política es saber cuándo hay que apretar el gatillo", "ahora que eres tan respetable creo que eres más peligroso que nunca", "nunca odies a tus enemigos, afecta a tu juicio", "cuando vienen, vienen a por lo que amas". La intriga esta vez más que en la rivalidad entre familias mafiosas se centra en los sucios manejos políticos y económicos que provocaron una famosa crisis financiera en el paso de los años setenta a los ochenta: la del Banco Ambrosiano. Los villanos basados en Roberto Calvi, monseñor Marcinkus y Giulio Andreotti dan más miedo por operar dentro de la ley y porque sabemos que sus pillajes no fueron ficticios.
El reparto, del que se puede destacar a Andy Garcia (Vincent Mancini) y Raf Vallone (cardenal Lamberto), está al gran nivel de las anteriores. Con la pequeña salvedad de Sofia Coppola, muy criticada ya tras el estreno. Sí que está bastante bien en la escena final, pero no es actriz profesional, no es fotogénica y en su relación con Garcia no hay mucha química. Al asumir el reto de interpretar el papel de Mary, la hija de Michael, posiblemente salvó la continuidad de la producción cuando en el último momento había fallado la última candidata, Winona Ryder.
(Dos) Grados de separación
1 Al pensar en El padrino. Parte III y en Uno de los nuestros resulta gracioso que una de las ancianas que se queja a Vincent de lo mal que está el barrio (Little Italy) sea precisamente la madre de Martin Scorsese.
2 Se puede ver en Il Divo (2008) de Paolo Sorrentino un examen terrorífico y puesto al día de la prolongada colusión entre mafia, poder político e Iglesia católica. La caracterización de Toni Servillo como Giulio Andreotti no se puede olvidar.
Hasta después del verano. El siguiente 'Desenfocado' saldrá en una semana aún por determinar, esperemos que de septiembre. |