Pablo Neruda Chile, julio 1904 - septiembre 1973
“… … …
Luego el sentido llena la palabra.
Quedó preñada y se llenó de vidas.
Todo fue nacimientos y sonidos:
la afirmación, la claridad, la fuerza,
la negación, la destrucción, la muerte;
el verbo asumió todos los poderes
y se fundió existencia con esencia
en la electricidad de su hermosura.
Palabra humana, sílaba, cadera
de larga luz y dura platería,
hereditaria copa que recibe
las comunicaciones de la sangre:
he aquí que el silencio fue integrado
por el total de la palabra humana
y no hablar es morir entre los seres:
se hace lenguaje hasta la cabellera,
habla la boca sin mover los labios:
los ojos de repente son palabras.
… … …”
En estos tiempos de discursos, la palabra es poder. Con ella se fabrican realidades. No en vano, a la prensa, se la reconoce como el cuarto poder.
Uno piensa que el pueblo conoce y reconoce las intenciones emocionales que acompañan a los escritos cotidianos en las prensas y cadenas televisivas elegidas, para sentirse informado y capacitado para tomar decisiones. De ahí que la libertad de prensa sea un derecho y un bien compartido en toda comunidad mínimamente evolucionada, respetuosa y democrática.
Somos animales racionales gobernados por nuestras emociones, heredadas e inyectadas en nuestros cerebros a través de los genes y las culturas. Nuestros actos obedecen más a las emociones que a la razón, de ahí la gran incoherencia humana.
Uno acepta la complejidad de establecer los límites entre el derecho a la información y el derecho a la intimidad. A uno le cuesta comprender que las formas de obtener la información tengan más límites que la veracidad de la información obtenida. (Todos sabemos que la violencia lo primero que mata es la verdad, por lo tanto ninguna información obtenida bajo tortura puede ser aceptada como digna de crédito)
Uno considera totalmente despreciable la connivencia de informadores y poderosos para mayor beneficio propio y sometimiento del pueblo que presumen de informar y gobernar. Es inaceptable que el cuarto poder publique, o no, los datos que tiene en el archivo, dependiendo de los beneficios o perjuicios que le acarreen su publicación o no publicación. Tan despreciable como que los políticos controlen y manipulen directa o indirectamente televisiones, radios y periódicos.
Así es nuestro mundo, el gran escenario del teatro de lo absurdo, sobrecargado de seres de palabra fofa y hechos incoherentes, capitaneados por Murdoch.
Uno de la muga |