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PEDRO P. HINOJOS
Hace pocos años fueron saludadas con toda clase de improperios las esculturas geométricas y de colores eléctricos del escultor mexicano Sebastián, que el Ayuntamiento y la Universidad repartieron por las plazas del casco antiguo. Menos mal para ellas que estaban de paso. Y muchos años antes parte del paisanaje también reaccionó con la misma furia contra el rosa pastel con el que se revocaron las fachadas de la Casa de Cervantes y del Convento de Agonizantes, sede del Ayuntamiento. El primero se tuvo que modificar y en el segundo la fuerza de la costumbre y del polvo y la meteorología lo han atenuado. Con arreglo a esta tradición, ya le han caído algunas críticas al mural del hermanamiento de Azul con Alcalá en la fachada de la Casa Tapón que da a la plaza de los Santos Niños. La más suave de todas ellas es qué diablos hace Alcalá hermanándose con el Peñarol de Montevideo.
Y ciertamente hay de lo que extrañarse. Lo primero es que con dos ciudades de toponimia tan azulada, sea el amarillo el que predomine como fondo a la estilizada composición del pasaje más conocido del Quijote. Así de caprichoso e inescrutable es el arte. Sin ir más lejos, a apenas cincuenta metros de esta fachada, en el interior de Santa María la Rica, Goya hace correr ríos de sangre espeluznantes sin salirse del negro, el gris y el blanco. Lo segundo es que siendo tan rígidas las normas municipales para las reformas en viviendas y locales de particulares, comerciantes y hosteleros, de modo que se evite la distorsión estética en un barrio del Siglo de Oro como es el centro de Alcalá; el mismo Ayuntamiento tolere una obra de tanto impacto en su mismo corazón de ladrillo barroco. Aunque el alcalde dice que será un nuevo reclamo turístico.
¿De verdad hace falta algo así para atraer a los visitantes? ¿Qué pasará con los supersticiosos? Lo tercero, y en relación con esto, es por qué no se ha elegido una gran tapia de alguno de los barrios impersonales que circundan a la Alcalá antigua para un homenaje de esta clase; aunque solo sea para dar identidad o punto de encuentro al vecindario (“nos vemos donde la avispa”). Habrá que esperar a otra ocasión para verlo. Y a otros colores. |