Entre la sublimación de la República y la disculpa a la Dictadura hay un camino que no es equidistante, sino meramente histórico, construido con los hechos y al margen de las apreciaciones, las vivencias, las poses o la herencia genética.
En esa senda, no es difícil encontrar un régimen superado pero democrático, incapaz de atender sus problemas pero legitimado para intentarlo; y otro que, al calor de la descomposición del sistema establecido por el pueblo y utilizando el descontento de una parte de él, primero se sublevó, después fracasó en el Golpe de Estado y finalmente optó por insistir con una Guerra Civil que, una vez ganada, se prolongó contra rivales ya desarmados.
Muchos de quienes no vivieron nada y unos cuantos de quienes sí lo hicieron desde la distancia, imprescindible para entender por qué Franco dominó durante 40 años y murió en la cama, son ahora antifranquistas con medallas de hojalata a un honor sobrevenido: de ahí una versión legendaria de la República, mitificada y tan alejada de su verdad histórica como esa antítesis, mucho más repugnante aún, que justifica el Alzamiento, entiende la guerra, acepta casi todo lo demás.
La República no necesitaba ser eficaz para ser legal; y la Dictadura no se adecentaba por absorber un descontento formidable, trufado por miseria y alimentado, sin duda, por esa lucha fraticida de tanto izquierdoso que quería una revolución antes que una democracia debilitada. Traigamos a nuestros días esta descripción para entender que un golpe contra Zapatero lo es contra todos, y que tener esto muy claro no legitima a la gestión de la persona, sino a nosotros como portadores de la esencia de una democracia decente.
Hay más hechos al respecto: durante el conflicto, unos y otros mataron tanto como pudieron, y la contabilidad en esos tres años no admite orgullos de nadie. Pero hubo cuatro décadas para recordar a los que murieron ganando y para enterrar más hondo, con la cara borrada boca abajo, a quienes murieron perdiendo: como cada muerto es una persona, sacarlo del anonimato no es una victoria de los colores que defendió, sino un acto de justicia poética con las almas borrosas, condenadas en ese limbo de la memoria que son siempre las zanjas y las cunetas.
Poner una lápida siempre es un acto humanidad; entender los hechos uno de inteligencia. Sólo hay algo a hacer para que la concordia, sustentada en la asunción de que ya no hay culpables, deje de fluctuar a manos de especuladores de la memoria: evitar que unos se comporten como los héroes que no fueron y exigir que otros dejen de hacerlo como los propietarios de la pala que no utilizaron.
La memoria no es olvido ni manipulación, no es colectiva ni coral, no es histórica ni tampoco científica: es un homenaje, un derecho y casi una obligación individual de cada uno que nadie debe succionar como el plasma que engorda su propia bilis mediocre.
Paz, piedad y perdón. A la izquierda, el último discurso de Azaña. Y a la derecha, tantos años después, el Rey hablando del ex presidente y desvelando cómo su viuda le dijo que a su marido le hubiera encantado vivir ese momento de reconciliación definitiva
La República no entró por la puerta de ninguna cocina como dice el tal demócrata Emboscao, entró a golpe de voto y urnas cargadas de esperanza, estaba plena de legitimidad. No, como el católico Régimen que nos vino después, el cual sí entro por la puerta de la cochiquera cargado de sinrazón, podredumbre, barbarie y con la legitimidad que dieron en exclusiva las armas, aposentado con posterioridad en un terror revanchista jamás juzgado, que de manera obsesiva siempre se obvia.
Efectivamente nunca sabremos si la República hubiera sobrevivido al ala más radical del Frente Popular... Pero de lo que estamos seguros los españoles porque los hechos sí son en este caso irrefutables avalados como están por la Historia posterior, es a quienes no pudo sobrevivir. No sobrevivió al levantamiento fascista, ala radical de la derecha española, derecha que durante los siguientes cuarenta años miró para otro lado muda como puta, mientras los perdedores en los pueblos y ciudades seguían disfrutando de los despojos que dejaba el Régimen. Quienes han pagado por el Miedo padecido durante cuarenta años....A día de hoy, en nuestra patria, todavía nadie.
Algunos conocidos, "de cuyo nombre no quiero acordarme" dos días después aún deben estar de celebración.
Me parece correcto el anális de los muertos durante la guerra, pero echo de menos una reflexión hacia aquellos (muchos) a los que asesinaron ya después de la guerra y que en este caso fueron únicamente de uno de los bandos.
La respuesta de algunos políticos en contra de la Ley de Memoría Histórica me parece indignante y sospechosa.
Opino lo mismo. Ahora bien, sería interesante saber si la República que entró en nuestras casas por la puerta de la cocina habría sobrevivido a la bonita revolución que nos estaba preparando el ala más radical del Frente Popular; para los que Asturias en 1934 fue un bonito campo de pruebas.
Pero lo realmente importante es que los de mi generación nos libramos de vivir sucesos como esos ¡Gracias a Dios! y no tuvimos que aguantar ni la República, ni la Sanjurjada, ni la guerra, ni los 35 años que la siguieron. ¡Me libré! ¿Me explico? Y solo aspiro a que mis hijos se libren también.
Espero que tomen nota los responsables políticos que nos desgobiernan, pues a veces parece que se mueven en sentido contrario.
Totalmente de acuerdo con su reflexión, y totalmente de acuerdo, porque es de justicia, con que se dignifique a todos los que todavía yacen en fosas comunes, sin distinción de bandos, proporcionándoles, aunque sea varias décadas tarde, una tumba digna.
Pero lo que no es de recibo es que a una iniciativa que es pura humanidad se le intente manipular políticamente sea en un sentido sea en el opuesto, tanto me da. Y por desgracia estos intentos de manipulación se están dando por ambos lados, pretendiendo todos ellos falsear la historia de un conflicto que España hace mucho ha superado, por suerte para todos y por desgracia para ellos.