Antonio Skármeta y 'Los años del arcoíris'
por José Manuel Lucía Megías

MARTES 21 DE JUNIO DE 2011 A LAS 15:40 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El escritor Antonio Skármeta es de esas personas afables, de mirada directa, sonrisa generosa y verbo florido; de esas personas que en minutos es capaz de crear a su alrededor una atmósfera agradable, donde fluyen las palabras y los pensamientos, una atmósfera donde todo parece fácil, hasta la espera en un aeropuerto desconocido o el lento deambular por las calles de Milán, que ha decidido competir con Madrid en mayor número de obras por metro cuadrado. Antonio Skármeta es grande. Grande de cuerpo. Grande de espíritu. Grande de conocimientos y de simpatía.

 

Hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar largo y tendido con él. Nunca agradecí tanto los atascos de las autopistas italianas ni tampoco la estrechez del vehículo que nos llevaba desde el aeropuerto a nuestro hotel, horas antes del comienzo del FOCUS 2011 de la UNESCO, del que he tenido ocasión de hablar en estas mismas páginas. Larga charla hablando de su cansancio de los últimos meses, de la promoción de su última novela “Los días del arcoíris”, tanto en Chile como en Europa, de sus viajes pendientes a París para asistir al estreno de la versión operística de su “El cartero de Pablo Neruda”, protagonizada por Plácido Domingo, o su viaje a Londres para apoyar la versión en musical rock de esta misma obra.

 

Larga charla para hablar de las dudas que se habían cernido en los últimos días sobre la muerte de Allende y del mismo Pablo Neruda. De la segunda muerte, que ahora se indicaba como causa el envenenamiento para impedir que el enfermo Neruda pudiera exiliarse a México, y no una muerte natural, aquejado como estaba por un cáncer terminal, tenía sus dudas y reservas: dudas por el silencio de Matilde Urrutia, la viuda del escritor, mujer que, “según la conocí, no se hubiera callado algo así en su vida”, y reservas por las personas, en especial un periodista, que había vuelto sobre esta historia antigua, periodista muy enfrentado a la Fundación Pablo Neruda… y así fueron pasando los minutos, casi una hora en el atasco a la salida de Milán y en el siguiente atasco a la entrada de Monza, con varias calles cortadas.

 

Y entre comentarios sobre la política española, la ley de la Memoria Histórica, su sorpresa ante la existencia de un tráfico de niños durante la dictadura franquista, la literatura española medieval y del Siglo de Oro (“la que más he leído. Tengo una deuda con la literatura española más moderna”), y alguna que otra confidencia, como los dos libros de cuentos que ha escrito y que espera publicar pronto, aunque en Planeta le van dando largas y silencios… llegamos a su novela, a esos “Los días del arcoíris”, que le permitía ver con ojos curiosos y esperanzadores el movimiento del 15M: un movimiento que le ha devuelto la sonrisa, el color, la esperanza y la alegría al futuro, a la política.

 

En su última novela, Antonio Skármeta recupera los meses anteriores al referéndum que el propio Pinochet convocó después de quince años de dictadura para asentar su poder con los ropajes externos de la democracia. Quince años de control, de torturas, de dominio, de abuso de poder y de asesinatos. Quince años que habían conseguido robar de la población toda ilusión de que algo puede cambiar, de que algo pudiera hacerse contra un régimen, cuya policía secreta andaba con la impunidad de quien se sabía necesaria, imprescindible, marcando con sus coches sin placa la huella imperecedera del miedo, de la muerte. Quince años que ahora quería legitimarse bajo la mirada atenta (y demasiado complaciente) de la comunidad internacional, que se conformaba con mandar representantes para mostrar la imparcialidad de un régimen que todo lo controlaba, que todo lo dominaba.

 

La novela rescata este tiempo del “arcoíris”, que no es más que el tiempo de la búsqueda de la alegría, a partir de una compleja red de situaciones que, a primera vista, parece muy sencilla, aunque no lo es; de una serie de personajes que permiten retratar toda una época sin llegar a escribir más de doscientas páginas, sin regodearse en tramas paralelas tendentes a la acumulación de información, como estamos demasiado acostumbrados en los últimos tiempos a partir del éxito de los best-sellers, como el único medio en que las editoriales están cifrando sus ganancias actuales, sabiendo que un best-seller es comida para hoy y hambre para mañana… uno de los primeros aciertos de la novela de Antonio Skármeta es haber dejado a los políticos en su verdadero lugar: en un segundo plano, en una falta total de compromiso real (aunque a los dieciséis partidos se le impusiera la unión de ser oposición a la dictadura de Pinochet) y, sobre todo, retratarlos con la ambición personal y la falta de una apuesta decidida por un futuro mejor, ya sea con ellos o sin ellos.

 

Políticos que imponen plazos, que no confían en las ideas que se le ofrecen, pero que luego son los que se ponen las medallas de un éxito que no les corresponde, en realidad. Y así las miradas de estos meses previos al referéndum se concentran en la novela en uno de sus protagonistas, el publicista Adrián Bettini, el realizador del programa de quince minutos que se emitió en la televisión chilena, controlada desde hacía quince años por el férreo brazo de la censura de Pinochet; exponente de esa generación truncada por el golpe de Estado que acabó con la vida de Allende y con el sueño de un nueva realidad política en América el 11 de septiembre de 1973, exponente de torturas físicas (con su clavícula rota) y de torturas sociales (su imposibilidad de encontrar trabajo); y por otro lado, la mirada de su hija, Patricia, y, sobre todo, de su “pololo”, de su novio Nico Santos, un joven a punto de acabar el bachillerato, hijo de un profesor de filosofía que comienza la novela viendo cómo, mientras su padre da clases en el instituto, vienen unos policías a llevárselo preso… una vez más, la presencia real y cotidiana de la opresión, de la barbarie, de la tortura…

 

Miradas que van contando cómo se viven esos meses antes del referéndum, meses de incertidumbres, de miedos y, sobre todo, de frases lapidarias sobre la imposibilidad de cambiar el futuro, el presente… pero la sorpresa, el milagro, la alegría pueden estar esperando en cualquier esquina, y el referéndum fue un éxito para el “no” auspiciado por una canción pegadiza a partir de un vals de Strauss. Un canto a la esperanza. Un canto a la vida. Un canto a la alegría, simbolizada por los colores alegres del arcoíris, que, como los dieciséis partidos de la oposición, son a un tiempo diversos y a un tiempo una unidad. Un canto también a que los sueños pueden seguir superándose a sí mismo: al final de la novela Adrián Bettini habla con el exministro del Interior, y le dice que llegará un tiempo en que conseguirán llevar preso a Pinochet. “No, no, no. A mi general no me lo tocan ni con el pétalo de una dama”. Y tiempo al tiempo.

 

“Los días del arcoíris” es una novela que habla de personas, de anécdotas, de miedos y de alegrías, pero es también la novela de una sociedad, la crónica de un pueblo harto de dominios, de opresiones, de tristezas, de muerte, de violencia. Un pueblo deseoso de tener un futuro, de que los políticos y las instituciones estén a la altura de sus demandas, y no se enroquen en sus propios problemas o, lo peor, aprovechen sus puestos de poder para extorsionar, torturar, prevaricar o enriquecerse de manera ilegal, aunque ya solo sea comprándose unos trajes. Un pueblo que dijo “basta” y que quiso mostrar su indignación por el presente y sus sueños de futuro por el único medio que la dictadura le permitió en su momento, en un acto estúpido de soberbia sin límites: un referéndum.

 

No es comparable la situación del Chile de Pinochet con la española actual; como tampoco es comparable nuestro presente con la dictadura franquista; pero quizás las líneas de comparación entre la incomunicación de las instituciones políticas españolas actuales con la población sí que sean mucho más claras; una sociedad que ha necesitado de un 15M para conseguir recuperar la ilusión en la política, en otra forma de hacer política más allá de los aparatos de los partidos, perversos en su propia dinámica, creadores de sus propios conflictos y problemas antes que intermediarios de los problemas de la ciudadanía, la única razón de su existencia.

 

El otro día, el presidente del Izquierda Unida, Cayo Lara, estuvo presente en un acto del 15M y fue recriminado por algunos asistentes, lo que fue denunciado por el propio político como un acto en contra de su derecho a participar en este tipo de actos y de denuncias como un ciudadano más. Y aquí está el problema y el error.

 

No se trata de que el político se mezcle con los indignados. Se trata de que el político abra espacios para que la voz de los indignados (que somos muchos en esta sociedad) pueda ser escuchada en las instituciones que, por mucho tiempo, nos han dado la espalda y han hecho de la política algo despreciable, ajeno a nuestras vidas. Ya es momento de que algo cambie, y de verdad. “Los días del arcoíris” es una buena muestra de que los cambios son posibles. Los cambios sin amenazas de caos ni de miedos. Un cambio que nos devuelva la alegría, que ya nos la vamos mereciendo.


Comentarios
Alegría tvj-1208@hotmail.com
miércoles 22 de junio de 2011 a las 16:02 horas
Chiiiile...la alegría ya vieeeene!!!!!!!!!
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