ANTONIO CAMPUZANO
En medio del fragor de la batalla, entre pactos y expectaciones, entre matemáticas y aritmética, apenas se ha hablado, es decir se ha cometido injusticia, del homenaje a Curro Lope Huerta. Trescientas personas, según las “últimas estadísticas” al decir de Dámaso Alonso respecto de categorías de posguerra, se dieron cita al dictado de Pilar Revilla y Toñi Hernández. Curro, rendido a las cerradas ovaciones de su “maestranza” particular, recogió desde los medios todas las emociones juntas del todo Alcalá y, si no es porque se lo impedía el cariño de los nietos y la ausencia de capote de brega, hubiese dado dos memorables vueltas al ruedo del Parador, engalanado para la ocasión.
Empresarios, concejales, ex diputados, ex ministros, comisarios, un alcalde en ejercicio –Bartolo González, un gesto que vale un aprecio y una comprensión, cuando menos–, periodistas, sindicalistas, cronistas de la villa, investigadores locales y al mismo tiempo ciudadanos del mundo. Toda esa gente junta y sin necesidad de acampada, que tiene mucho más mérito, al reclamo del silbido rítmico y pausado de una trayectoria de un ser humano merecedor de todo ello. Desde la boca de riego, el centro del escenario, cogió Curro el micrófono y habló entre otras cosas del “respeto”, de la “consideración” y la “solidaridad”. Y dijo, con el apoyo de unos cuantos clásicos, que “la más noble dedicación es la del servicio público”. Todo eso lo dijo haciendo círculos con la mano izquierda sobre la cabellera rubia de un infante que resultó ser su nieto. Sus convecinos dieron rienda suelta a los cariños, a las sonrisas del besamanos del claustro convertido en lugar de aperitivo y de sablazo político sin más contemplación que ninguna. Se echó en falta lo que en el mundo taurino, muy querido por Curro, es el chulo de toriles, la persona que corre el cerrojo de la puerta de chiqueros: el detalle se le puede perdonar a Rosa Díez, dueña del llavero más demandado.
En el Parador se hizo lo que se tenía que hacer, manifestar con la obra y con la palabra, con el gesto y con la presencia, la factura de la amistad, del elogio, de la humanidad. Las desavenencias seculares se quedaron en flor de un día, los odios africanos de repente desaparecieron tras un vientecillo suave y tienen todo el aspecto de no querer volver. Y desde la mesa número 18 se encargó de correr el rumor, extendido como una mancha de las que se quitan, de “una calle para Curro, pero por favor que sea céntrica”. Sólo se provocó con ello la alegría y también un movimiento de barbilla. O sea sí. |