Le conocí, personalmente, el 14 de diciembre de 1997, en Barcelona. Era domingo, y él tenía 11 años. En aquella época era el sobrino de Miguel Ángel Nadal, el afamado jugador del Barcelona y la Selección Española. Ni en las predicciones más optimistas, podíamos pensar que aquel niño tímido y educadísimo que se llamaba Rafael, -como su padre-, sería años más tarde el Mejor Deportista Español de todos los tiempos. Sí, porque eso es Rafael Nadal, muy por encima de Indurain, Gasol, Alonso, Nieto, o el mejor de nuestros futbolistas, por sus triunfos, pero sobre todo, por su estilo de ser humano.
Yo era el Director de Comunicación de REEBOK, la marca deportiva, y uno de nuestros patrocinados estrellas era el “todocampista” de Manacor, o sea, su tío, todo un ejemplo de portento físico y buena gente, es decir, como es él, ahora. Imaginaos que un futbolista como Miguel Ángel, en el Barça, era un espléndido escaparate para nuestra marca, por todo lo que significaba dentro y fuera de los terrenos de juego.

El Nadal futbolista siempre estaba dispuesto a ayudarnos en acciones de promoción, y casi le costaba trabajo aceptar el material que le enviábamos para él y su familia más directa como complemento a lo económico, según se recogía en el contrato que teníamos firmado. Recuerdo que en una ocasión me comentó, -casi de pasada-, que a ver si le podíamos enviar algo para “un sobrino que tengo y que juega muy bien al tenis… incluso, podríamos hacer un reportaje los dos juntos y así le ayudábamos, pues yo –acuérdate, Emilio-, también jugaba al tenis, y dudé si dedicarme profesionalmente, aunque finalmente me decidí por el fútbol”.
Dicho y hecho. Después de cuadrar fechas, nuestro crack del Barça y de la Selección Española, se prestaba a contar su historia en el mundo de la raqueta, junto a su sobrino, Rafa, que ya por entonces tenía fama en los circuitos de infantiles y cadetes.
En esa fría mañana dominical de invierno, -incluso en Barcelona-, me cogí en Barajas “mi puente aéreo” a los nueve de la mañana, y llegaba a las pistas olímpicas del Valle de Hebrón, -en la Ciudad Condal-, poco antes de las once, que era la hora fijada con el diario “Marca” para la realización de las fotografías y la entrevista que, luego, completarían el espléndido reportaje.
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Allí estábamos, Joan Solsona –especialista de tenis de “Marca”, y que luego ha contado y sigue contando todas las hazañas de nuestro héroe-, Francesc Adelantado –fotógrafo excelente que captó las instantáneas históricas que ahí podéis ver-, y por supuesto, Miguel Ángel Nadal, con su mujer, su hermano, es decir, el padre de Rafa, y por supuesto, nuestro gran protagonista, en aquella época un niño tremendamente tímido y educadísimo, y ahora, reconocido mundialmente como un fuera de serie, pero igual de educado y majo, o si cabe, más aún, por lo difícil que es ser así en su nivel de presión.
Tío y sobrino se cambiaron de ropa, posaron con absoluta normalidad, bromearon con los periodistas, e incluso, comentaron con cierto pique simpático cual era el mejor modo para ejecutar “golpes ganadores”, en una suerte de “fantasía” que, visto lo visto, ha quedado muy por debajo de la maravillosa realidad que está conquistando este joven de 25 años, ejemplo de todo lo bueno que queremos para nuestra sociedad.
Esas escenas las disfrutábamos, el resto, desde las cristaleras del club con una sonrisa de complicidad en nuestros rostros y vasos de zumo de zanahoria y manzana verde mezclados, ¡riquísimos!, en nuestras manos… para amenizar la espera.
Este domingo, viendo la final de Roland Garros, -junto a otra saga de tenistas, los “migueles” Briega- me acordé de aquella sensación que tuve hace algunos años, ante aquel niño que ya mostraba un sentido común fuera de lo normal, a pesar de sus éxitos evidentes. Sí, se me vino a la cabeza aquel día, viendo como los francesitos animaban al rival, o le silbaban una bola ¡¡¡que era mala!!! Y me acordaba de aquel nene tan natural, incluso, aunque fuera a salir en el periódico más leído de España, y aunque su tío fuera un famoso jugador de fútbol. Pura normalidad.
Esa “calidad humana”, Rafa, la ha puesto al servicio de su extraordinario talento pero, sobre todo, de su ingente esfuerzo, sacrificio y fortaleza mental, para ser el número uno dentro y fuera de las canchas, y dar la lección de “señorío” que dio al mundo, por ejemplo, con su agradecimiento al público parisino cuando recogió su sexta Copa de los Mosqueteros. ¡Toma ya!
De veras, -lo digo con absoluto convencimiento y apoyándome en los números-, Rafa Nadal es el Mejor Deportista Español de todos los tiempos pero, sobre todo, lo es porque representa los valores que todos queremos para nuestros hijos. En estos tiempos en los que algunos solo quieren ganar, ¡a toda costa!, Rafa nos enseña un modelo que gana y nace del sentido común de toda la vida, el que nos convierte en verdaderamente especiales sin atajos. Gracias, Rafa… ¡¡¡Qué sea contagioso, por favor!!!
EGC.
6.junio.2011
P.D. No sé si las mujeres son más inteligentes porque son más sensibles, o si son más sensibles porque son más inteligentes. Lo que sí sé es que las mujeres son más inteligentes y más sensibles que nosotros, los hombres. Sin duda. La frase no es mía, es de un buen amigo al que se la tomo prestada. Creo que esta reflexión ilustra, perfectamente, el episodio de Juanito Oiarzabal contra Edurne Pasabán. Lamentable, Juanito. |