Si Woody Allen comenzaba Manhattan (1979) con una serie de imágenes en blanco y negro de lugares icónicos de Nueva York y con la Rhapsody in Blue de George Gershwin de banda sonora, en lo que era una declaración de amor eterno a su ciudad, comienza Midnight in Paris (Medianoche en París) con una sucesión a todo color de los lugares más turísticamente reconocibles de París, mientras suena Si tu vois ma mère interpretada por el saxo soprano y clarinetista de Nueva Orleans Sidney Bechet. Tras ese elocuente prólogo sin palabras la presentación de los personajes, unidimensionales y cercanos al cliché, hace temer de nuevo lo peor: Gil, el guionista californiano que aspira a escribir "la-gran-novela-americana" gracias a la inspiración del incomparable ambiente parisino (buhardillas y baguettes); Inez, su superficial prometida solo preocupada por mantener un tren de vida elevado; los padres de ésta, acaudalados y republicanos, caracterizados de forma casi tan simplista y ridícula como los de Si la cosa funciona para reafirmar en su superioridad política y moral a los más fanáticos de la hinchada.
Pero Allen aprovecha de forma magistral la capacidad mágica de representación del cine y, en lo que Syd Field llama primer plot point (punto de giro, nudo de la trama) cambia inopinadamente la historia al modo de La Rosa púrpura de El Cairo (1985) y [atención: siguen revelaciones enormes, quiero decir spoilers] traslada cada medianoche al protagonista, en un taxi y con unas campanadas nocturnas de efecto inverso al que tenían en La cenicienta (1697) de Perrault, a lo que para él es la única y genuina edad de oro de la humanidad: el París de los años veinte del siglo XX. Allí (o más bien Entonces) ayudado por lo poco que ha cambiado la moda masculina en cien años (las chaquetas y corbatas como principio y fin), se relacionará con sus ídolos Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald; escuchará cantar y tocar el piano a Cole Porter; tomará copas con los surrealistas (Dalí, Buñuel y Man Ray); verá a Picasso discutir con Gertrude Stein y se enamorará de una estudiante de moda, Adriana (Marion Cotillard). También aparecen Zelda Fitzgerald, Alice B. Toklas, Juan Belmonte, Djuna Barnes, T.S. Eliot. Solo se echa de menos a Nick Hart, el ficticio falsificador de cuadros que interpretaba Keith Carradine en la muy interesante y poco recordada Los modernos (1988) de Alan Rudolph.
Gil (Owen Wilson) evoluciona de la perplejidad al entusiasmo y de ahí a la renuncia y a la reflexión de que por obsesionarse con la edad de oro, que es una mera proyección de nuestras ensoñaciones hacia un pasado siempre embellecido, se puede dejar escapar el presente; de lo que ya nos prevenía el mismo Cole Porter en la letra de It's All Right With Me. Allen utiliza su enorme sabiduría para que el cambio parezca sencillo y natural y para criticar los efectos nocivos de la nostalgia aunque paradójicamente presenta con mucho más cariño a los personajes del siglo XX que a los del XXI, salvo a la joven parisina vendedora de antigüedades. Probablemente por todo ello Midnight in Paris tiene un agradable tono de leve tristeza por el paso del tiempo, que deja de ser a la vez que no cesa en nuestra memoria.
Los numerosos guiños para mitómanos de la literatura y el arte resultan a veces algo tópicos (safaris, toreo), pero también contienen los mejores momentos de humor, como la intervención de Dalí (Adrian Brody), la diferenciación entre surrealistas y personas normales, o el diálogo con un Buñuel que todavía no ha rodado La edad de oro (Allen quería que el cineasta aragonés interpretara en Annie Hall la escena que finalmente hizo Marshall McLuhan) sobre El ángel exterminador (1962), película que ya aparecía en Todo los demás (2003). De la parte actual es graciosa la crítica de la crítica de arte y la manifestación de Gil de que Inez y él disienten en todo lo importante, aunque están de acuerdo en los pequeños detalles, algo que sin duda complacería a Hank Scorpio.
Grados de separación
Allen escribió un breve relato llamado Memorias de los años veinte (Para acabar con los libros de recuerdos), en el que se mostraba mucho menos reverente que ahora con Hemingway, Stein, Picasso y los Fitzgerald y que se puede considerar un antecedente bastante directo de Midnight in Paris. Está incluido en el libro Como acabar de una vez por todas con la cultura. Es curioso que esté a la venta en la tienda del Museo Picasso de Málaga.
Fundido a negro
El 21 de mayo falleció con 71 años el actor australiano Bill Hunter. De su larga carrera se recuerdan sus papeles secundarios en Gallipoli (1981) de Peter Weir, en Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1994) y, en particular, en La boda de Muriel (1994), en la que era el padre de la epónima, un concejal populista, corrupto y tan mal progenitor como marido. |