El a menudo genial Andreu Buenafuente, tras entrevistar a la ministra de Cultura y avalar expresamente algunos de sus argumentos, es la penúltima víctima de esa masa informe que, capitaneada por sacerdotes del ego y trileros del verbo como Enrique Dans, intentan convertir en inalienable derecho el disfrute libre de la propiedad ajena.
Son los #antisinde, y bajo una careta física y otra argumental de cartón piedra, se sienten protagonistas de una revolución social que en realidad se parece más al ritual lúdico del entrañable cerdo en el lodo por la vacuidad de sus movimientos y la ligereza de sus fines.
La evidente dificultad de la industria cultural para comercializar más y mejor sus productos -no muy distinta de la que aqueja al ámbito periodístico-, la merecida mala fama de las entidades de gestión de derechos de autor, la antipatía espontánea que suscita el poderoso o el famoso cuando reivindican lo suyo; la injusta imposición de peajes como el canon digital o la compleja verificación técnica del intercambio masivo frente al cambalache individual son el eco lejano que utilizan para vocear agresivamente derechos inexistentes y presentarlos como el clímax de la ‘cultura libre’.
En el mercado, lo saben hasta los niños de cinco años que Groucho Marx reclamaba para aclarar los debates de adultos, la oferta siempre se regula desde la demanda, y todos los cambios de modelo de la historia se han circunscrito a tan elemental fórmula.

La nariz roja, y el ojo morado
Pero mientras llega y artistas, editores o productos entienden que el futuro pasa por adaptar su mercancía a los parámetros económicos, tecnológicos, sociales y casi filosóficos de sus clientes; un Gobierno sensato debe limitarse a proteger la propiedad, sea una casa, un coche o una película: esa protección es, según no pocos estudiosos, definitoria de la salud democrática de un país. Tal vez usted no haya rodado nunca una película ni grabado un disco; pero lo entenderá fácilmente si piensa en su piso o su utilitario.
El modelo evoluciona desde la defensa del propietario y las exigencias del consumidor; y el arte, la música, el cine o la literatura no existirían si no contaran con una reversión que estos artistas alternativos simplemente quieren ahorrarse: como si el precio desmedido de la gamba roja de Huelva les legitimara a llevarse medio kilo de la pescadería, disfrazado de Anonymous, para que el pescadero espabile y se adapte a los tiempos.
En el fondo de esta polémica, amén del futuro de la creación -¿Se haría El Padrino si no pasáramos por taquilla porque un indeseable la regalara en la web y otros cuantos llamaran a eso intercambio personal o, peor aún, libertad de expresión?-, subyace la conformación de inquietantes movimientos que, bajo el paraguas de la crisis y la tecnología, se sienten libertarios pero en realidad están más cerca del fascismo: arrogarse la representación de todos y ejercerla con clandestinidad pancartera apunta más al totalitarismo casposo que a las heroicas revueltas en Oriente.
Y, qué demonios, si hasta Buenafuente es sospechoso, todos los somos para esta horda tan ligera de cascos.
antonionaranjo@grupoprensauniversal.com
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