
No recuerdo el momento en que Elizabeth Taylor apareció en mi vida, pero ya es una presencia deslumbrante en mis primeros recuerdos, cuando la televisión en color era una rareza reservada a unas pocas familias que se desprenderían del blanco y negro sin experimentar nostalgia, algo incomprensible para un niño de ocho años fascinado por el contraste entre la luz, la sombra y la oscuridad.
Elizabeth Taylor no necesitó mostrarme sus ojos violetas para descubrir que la belleza es algo de este mundo. Elizabeth Taylor es la plenitud de la carne, la sensualidad derramada, el goce visible, real, la materia altiva, que no se avergüenza de su declive, pues sabe que su piel resplandece como una alta ola de claridad entre penumbras aturdidas. Elizabeth Taylor es la magia del celuloide, un río de dicha que se burla de la muerte, insinuando que la eternidad se agita ante nuestros ojos, enlazando secuencias, primeros planos y elipses.

La eternidad es Elizabeth Taylor estremecida de deseo, impaciente por recobrar la pasión perdida, atormentada por el miedo de pasar el resto de su vida en una alcoba abrumada por el silencio de dos amantes que ya no se tocan ni se aman. La eternidad es Elizabeth Taylor paseándose por un tejado bañado por una Luna que no logra enfriar sus entrañas ardientes. La eternidad no es una improbable fuga del tiempo, sino una interminable sesión continua, que encadena una película tras otra, revelándonos que Elizabeth Taylor puede ser en pocas horas princesa, niña, locura, llanto, nieve, aurora, noche.
La verdad estorba a la memoria. La verdad exige comprobar los datos, verificar las fuentes, pero a mí no me interesan los datos ni las fuentes. Sólo me interesa Elizabeth Taylor, encarnación de la única verdad posible en un mundo dolorosamente imperfecto. Nunca me gustó Cleopatra, la película de Mankiewicz, donde la belleza de Elizabeht Taylor se convertía en algo solemne y monumental. Cleopatra era un péplum con un presupuesto faraónico y la belleza casi nunca se manifiesta en escenarios tan grandilocuentes. A Place in The Sun, el melodrama rodado por George Stevens en 1951, nos regaló a una jovencísima Elizabeth Taylor –apenas diecinueve años- cortejada por Montgomery Clift en el papel de arribista sin escrúpulos. Montgomery Clift no era creíble como villano y Elizabeth Taylor parecía realmente enamorada de una figura trágica que nunca dejaría de fascinarla. Ambos actores mantendrían una larga amistad que no se convirtió en romance por la turbulenta intimidad de Monty, incapaz de hallar la estabilidad en ninguna faceta de su vida.
Elizabeth Taylor reveló su grandeza cuando le salvó la vida el 12 de mayo de 1956. Monty había acudido a una fiesta organizada por Liz, sin sospechar que su coche se estrellaría contra un poste de teléfono mientras intentaba regresar a casa. Sin la intervención de su amiga, habría muerto ahogado en su propia sangre. Liz le extrajo dos dientes que se habían clavado en su garganta y no se separó de su lado hasta que acudieron las ambulancias. Sometido a una operación de cirugía plástica para reconstruir su rostro, le cuidó durante su convalecencia e impidió que los fotógrafos le molestaran, capturando imágenes de un alma rota por infinitas heridas.

Elizabeth Taylor amó mucho. Amó a Montgomery Clift, pero el gran idilio de su vida fue Richard Burton, que se enredó con ella en una espiral de locura y autodestrucción. Richard Burton despreciaba la profesión de actor de cine y soñaba con ser escritor. De voz prodigiosa y mirada profunda, admiraba la poesía de Dylan Thomas, el último maldito de las letras inglesas. Burton y Dylan Thomas mantuvieron un compromiso inquebrantable con el alcohol. El alcohol acortó dramáticamente unas vidas excesivas, hiperbólicas, intensas en su desprecio por los convencionalismos y llameantes en sus contradicciones. Vidas paralelas, vidas airadas que desembocaron en una hemorragia cerebral, un previsible ocaso para dos hombres que seducían con las palabras y con su desorden interior.
Elizabeth Taylor también conoció la euforia del alcohol, ese efímero bienestar que claudica ante la tristeza después de unas horas de felicidad inconcebible. Atrapada en ese ciclo de ascensos, fulguraciones y caídas, Liz se hizo adicta a los hipnóticos, los ansiolíticos, las anfetaminas, los antidepresivos, los estabilizadores y cualquier fármaco capaz de compensar el vértigo desatado por el alcohol, donde se mezclan la rabia y la ternura, el amor y el vacío, los muertos y los vivos.
Elizabeth Taylor participó en Gigante, otra película de George Stevens, que en 1956 reunió a James Dean, Rock Hudson, Sal Mineo y Dennis Hopper. Elizabeth Taylor encarnó a Leslie Benedict, una mujer rebelde que se resistía a aceptar su papel de esposa sumisa de un rico ganadero (Jordan “Bick” Benedict, Jr.) interpretado por Rock Hudson. James Dean (Jett Rink) era un joven conflictivo e introvertido enamorado de Leslie hasta la desesperación. La riqueza obtenida con el petróleo no mitigará su dolor, que se convertirá en terrible amargura al descubrir la impotencia del tiempo para ahogar la frustración de anhelar algo y saber que jamás lo tendrás entre tus manos.

Rock Hudson era el galán perfecto: alto, atractivo, afable, simpático, sin grandes dotes interpretativas, pero con los recursos necesarios para adaptarse a los diferentes géneros. No era Cary Grant, pero se desenvolvía con soltura en la comedia, el western, el cine bélico y el melodrama. En Gigante, se hizo querer, soportando una terrible paliza al enfrentarse con un brutal camarero racista, que sólo acepta clientes blancos en su bar de carretera. Mito heterosexual, nunca se mostró tan convincente como el 30 de julio de 1985, cuando declaró públicamente que padecía el SIDA. Mientras otros actores y actrices no disimulaban su miedo al contagio, Elizabeth Taylor acudió de inmediato a mostrar su afecto y apoyo. Sería el primer paso de su importante contribución a la lucha contra la terrible epidemia, que incluiría su participación en un concierto de homenaje a Freddie Mercury. En 1992, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia reconocería su labor humanitaria.
Ahora que ha muerto, Elizabeth Taylor recupera su condición de gran estrella. Después de Reflejos de un ojo dorado (John Huston, 1967), comenzó su decadencia como actriz. Los productores dejaron de llamarla, pero poco antes nos dejó una de sus mejores interpretaciones en ¿Quién teme a Virginia Woolf? (Mike Nichols, 1966), una adaptación de la obra teatral de Edward Albee, que mostraba las espeluznantes desavenencias de un matrimonio de clase media. Por entonces, Richard Burton era su marido y accedió a representar el papel de George, un profesor universitario casado con Martha (Elizabeth Taylor), una mujer dominante e irascible. La ficción y la realidad se confundieron en una trama que recreaba las tensiones de una pareja donde el amor reveló una vez más su trágica insuficiencia. El amor correspondido no garantiza la dicha ni una unión perdurable. Liz Taylor y Richard Burton eran demasiado intensos para permanecer juntos, sin destrozarse mutuamente.

Siempre asociaré la poesía de Dylan Thomas a Richard Burton. Richard Burton deseaba ser poeta, pero sólo consiguió escribir unas espléndidas memorias, que reflejaban un temperamento donde convivían la inteligencia, el humor, la neurosis, la promiscuidad y un sentido trágico de la vida. La poesía de Dylan se gestó en la noche silenciosa, mientras “los amantes yacen en el lecho / con todas sus tristezas en los brazos”. Nos anunció que “la muerte perderá su dominio” y que “aunque los amantes se extravíen perdurará su amor”. No se me ocurre epitafio más elocuente para Elizabeth Taylor, que amó con tanta tenacidad a hombres que escondían un infierno en su interior.

Marilyn Monroe afirmó que Montgomery Clift era el único actor de Hollywood más desdichado que ella. “No conozco a nadie que sufra tanto”. Elizabeth Taylor siempre permanecerá vinculada con Richard Burton, pero yo la recordaré al lado de Montgomery Clift, sonriendo a la cámara fuera del set. Monty parece feliz, despreocupado, sin ese dolor emocional que apreció Marilyn desde su propio sufrimiento, y Liz Taylor aún se encuentra muy lejos de sus excesos con el alcohol y las pastillas. Al contemplarles, el infortunio parece irreal, pero lo irreal –me temo- es la felicidad. Esta noche me reuniré con Elizabeth Taylor y Montgomery Clift. Lo haré frente a una pantalla que nos engaña sin pretenderlo. Ya sé que no están ahí, que sólo son imágenes en movimiento, pero durante noventa minutos pensaré que su gracia y su sonrisa vuelven a mí. Me reencontraré con ellos y con una infancia remota, que sólo hallaba alivio en las veinte pulgadas de un televisor en blanco y negro.

En la España de los años sesenta, todo era sucio, polvoriento, mediocre. Elizabeth Taylor nos hizo saber que la belleza existía y que sólo hacía falta abrir los ojos para contemplarla en un teatro de 625 líneas.
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