El bueno del hidalgo Alonso Quijano se volvió loco por la continua lectura de los libros de caballerías, de las decenas de ejemplares que formaban parte de su biblioteca. Pero su locura no comenzó en el momento en que, llevado por su afición, “se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio” enfrascado en la lectura de sus libros, sino en los meses y años anteriores cuando había invertido los pocos dineros que no le sobraban en la compra de libros de caballerías, libros de pastores, obras de poesía y de teatro, tal y como luego irán desgranándose en el “escrutinio” de la biblioteca, realizado por dos grandes lectores de libros de caballerías (el cura y el barbero), pero con menos capital (o menos afición) para hacerse con ejemplares para sus propias bibliotecas.
Por eso no extraña que algunos de los libros de caballerías que con tanto esfuerzo había adquirido el hidalgo manchego no llegaran nunca a la hoguera, a la que fueron condenados por el juicio inquisitorial del escrutinio, sino que se salvaron para formar parte de las bibliotecas del cura y del barbero. Destinos inescrutables de las colecciones. Alonso Quijano había enloquecido un poco antes de transformarse en Don Quijote: su locura ya procedía de ese tiempo en que dejó su trabajo, las ocupaciones propias de un hidalgo manchego del momento (en que la caza resultaba del todo imprescindible) y se había dedicado a leer libros… y comprarlos, llegando incluso a “vender muchas hanegas de tierra de sembradura”.
Las palabras locura y colección se dan la mano, comparten frases y pensamientos, y también inquietudes. Coleccionar es una especie (y no tan especie) de locura, en que los elementos se trastocan y los deseos y el tiempo y el dinero se condicionan a un deseo que, en la mayoría de los casos, resulta imposible alcanzar: la colección absoluta. Coleccionar es una forma de locura, que nos convierte en algo más (en algo diferentes) a lo que nos tiene habituado nuestra biografía… somos lo que hemos vivido, somos lo que hemos soñado, pero también lo que hemos coleccionado, lo que coleccionamos y seguimos haciendo, con mayor o menor pulsión, con mayor o menor dedicación, con mayor o menor deseo. Y coleccionar no es malo. Ni mucho menos. En muchas ocasiones es inevitable.
¿Quién no ha coleccionado algo de joven, de niño? Las colecciones forman parte de la sociedad: coleccionamos para compartir y para competir. Coleccionamos para completar, para conseguir un todo, y, a ser posible, los primeros en hacerlo. ¿Cuándo se deja de coleccionar? Creo que nunca. Tan solo vamos cambiando nuestros objetos coleccionables. ¿Quién no ha coleccionado sellos de joven? Recuerdo aún mis mañanas de domingo en la Plaza Mayor de Madrid, el buscar algún sello curioso… recuerdo cómo de niño las cartas antiguas se convirtieron en el tesoro que había que descubrir y guardar (y esconder en la mayoría de los casos). Todavía conservo mis álbumes de sellos del mundo, de sellos de España, de algún que otro coleccionable. Ya no colecciono sellos, pero forman parte de mi vida, de mi infancia, de mi pasado. Como el de tantas otras personas. Como el de tantos otros locos coleccionistas.
Alonso Quijano fue un loco porque, al principio, decidió coleccionar libros de caballerías. Y no cualquiera le valía. Aquellos escritos por Feliciano de Silva, aquellos protagonizados por Belianís de Grecia fueron sus piezas más codiciadas, pero no las únicas. Su colección no era tanto de objetos, de libros, como de textos: leía y releía sus libros para intentar buscarse a sí mismo en sus páginas, buscar sus sueños y sus ilusiones; y en esta búsqueda el anciano Alonso Quijano fue aprendiendo a ser caballero andante, fue aprendiendo a defender al débil frente a los desmanes del fuerte; fue aprendiendo valores universales que hacen universal la caballería, los valores de la caballerías… ¡Es todo un caballero!, seguimos diciendo hoy en día, y en esta expresión están compilados tantos valores positivos que sería absurdo intentar glosarlos.
Y la locura de la lectura le llevó al hidalgo manchego a la segunda de sus locuras: el creerse parte de un libro de caballerías… y gracias a la pluma genial de Cervantes, no solo consiguió convertirse en un caballero, sino que terminó protagonizando el mejor de los libros de caballerías que se han escrito.
Y sin duda uno de los tipos de coleccionista más loco es el cervantino, e incluso, el quijotista, entre los que me encuentro. Coleccionar ediciones del Quijote, coleccionar objetos relacionados con el Quijote, con Cervantes, coleccionar lo incoleccionable. Si hay una colección que no tiene fin esa es la de las ediciones del Quijote. Y así lo podemos ver, una vez más, es la exposición que estará hasta el mes de abril en la Capilla del Oidor: “Cervantes y su obra en las colecciones de Alcalá, II”.
En su interior pueden verse algunas joyas, como esa edición del Quijote de 1674, la primera ilustrada en suelo español, la magnífica inglesa de 1687 (una de las joyas de toda colección de Quijotes que se precie), o el Quijote de surtido de 1754, o algunas ediciones singulares de las Novelas Ejemplares o de la Galatea o el Persiles. Y junto a estas ediciones valiosas, que ponen un hito en la obra cervantina, otras tantas ediciones curiosas, llenas de detalles personales, de biografías que muestran la pasión por una obra que ha trascendido las fronteras y los tiempos.
Y así, el mundo cotidiano también se abre a la figura y a las aventuras quijotescas: décimos de lotería y de la ONCE, vitolas, cartas de restaurantes, marionetas… y no se pierdan las dos estampas de Coypel de 1724, magníficas, piezas también esenciales en toda colección que se precie… Vale la pena dejarse pasar por la Capilla del Oidor en estos días, para disfrutar de tantas “locuras” quijotescas… pero también para poner nombres a tantos “locos” coleccionistas que hay por Alcalá de Henares.
Alonso Quijano se volvió loco de tanto coleccionar libros, de tanto leerlos. Y con esa locura se convirtió en don Quijote de la Mancha. ¿Cuántos hidalgos pobres, que frisaban la edad de los 50 años había en su época por tierras manchegas? Seguramente decenas que podríamos sumar a centenares en toda España. Pero, ¿cuántos don Quijotes (el verdadero) han existido? Pues uno. Solo uno. El coleccionismo nos hace singulares. El coleccionismo nos permite vivir otra vida, llena de anhelos, sueños y decepciones como la vida misma.
El coleccionismo hace posible que recordemos nuestro pasado, vivamos nuestro presente y soñemos nuestro futuro con nuevas posibilidades, con inusitados e inexplorados matices y posibilidades. El coleccionismo nos vuelve más sociales, nos permite compartir y comparar, sobre todo en colecciones imposibles como la de los Quijotes. Imposibles porque no tienen fin.
Y aquí radica parte de esta locura. Una locura que, no me cabe duda, nos engrandece, nos permite ir más allá de las miserias cotidianas del día a día… como así le sucedió a un anónimo hidalgo manchego que se ha llegado a convertir en el mejor caballero de todos los tiempos. |