Todo el mundo entrega, arrienda, alquila, presta o regala una parte de su cuerpo para ganarse la vida. La vida es una constante pulso entre Mefistófeles y Fausto, con el alma en la casa de empeños a cambio de un incierto beneficio o de la mera supervivencia.
La política vende su corazón, el periodismo el páncreas y así hasta establecer un cambalache anatómico o anímico entre cada profesión y su correspondiente salario: nadie es del todo virgen, y el tráfico de ideas, principios, carnes, sentimientos, emociones y prioridades forma parte indisoluble de la esencia, maldita y espléndida a partes iguales, del ser humano.
Comprar y vender, como temer la muerte o asumir riesgos absurdos como correr delante de un toro o lanzarse en paracaídas, son la cruz de esa moneda incomprensible que permite al hombre escribir como Neruda, pintar como Van Gogh o componer como Mozart: lo inexplicable nos explica, y nos distingue de la previsibilidad depredadora y fisiológica del lobo, incapaz de comer por placer.

Fausto vende su alma al diablo: de ahí para abajo, nada puede ser más grave
Hay mujeres, y algunos hombres, que en ese viaje lleno de curvas arriendan la única parte de sí mismas que tiene un valor en el zoco de la vida: sus pechos, su boca, sus nalgas, su cuerpo entero. Y sólo hay dos cosas escandalosas en ello, ninguna de las cuales forma parte del moralizante discurso que empapa las diatribas reaccionarias de quienes se presentan a sí mismas bajo un paraguas progresista: que no puedan ejercer con el estatus laboral y el reconocimiento legal necesario para estar protegidas y disponer de los derechos de cualquier trabajador y que lo hagan en contra de su voluntad, sometidas a la represión y el secuestro de la delincuencia organizada.
Todo lo demás, desde la absurda prohibición de los anuncios en prensa hasta las leyes abolicionistas; mezclan un arrogante discurso moral necesariamente circunscrito al ámbito privado de cada cual con una flagrante inoperancia. Cuando los problemas no se pueden erradicar, no gestionarlos equivale a agravarlos, añadiendo más marginalidad al asunto: las prostitutas no van a desaparecer, y más allá de valoraciones éticas al respecto, sólo cabe visualizarlas, esa palabra tan en boga y en boca de las contradictorias fuerzas femeninas que no se aclaran mucho en casi nada y naufragan con estrépito en las incoherencias de la custodia compartida, el uso del velo o la igualdad de sexos.
Mirar a los periódicos, a los clientes o a las prostitutas es una vacua manera de atacar la única parte de este asunto que sí puede y debe afrontarse: pero miren al Ministerio del Interior, pues las mafias son asunto de la Policía; o al de Trabajo, pues esta profesión bien merece un acomodo claro en la Seguridad Social.
Y dejemos para cada uno la reflexión moral sin transformarla en reglamento: a mí me da infinita grima el cliente e interminable lástima su proveedora; pero me escandaliza mucho más quien vende su alma al mejor postor que quien lo hace con su culo. Lo que éste se merece son catorce pagas y médico de cabecera.
Con todos mis respetos, y aunque obviamente sus intenciones sean loables, las únicas que chulean de verdad a las meretrices, usándolas sin pagar, son las que dicen estar defendiéndolas. |