El respaldo de Zapatero a una guerra abierta en Libia, sin los eufemismos de consumo interno que rodean a la participación de España en Afganistán, la segunda pista del mismo circo montado en Irak; evidencia ante todo que las obligaciones, peajes y responsabilidades internacionales de un país son básicamente las mismas con independencia de quién los gobierne y con qué discursos lo haya logrado.
Según esa lógica, que admite tanto la tutela inicial a cualquier tirano cuanto el bombardeo posterior en función de un termómetro internacional que registra muy bien los intereses y es renuente a los principios; el presidente del Gobierno ha estado ocho años purgando en el exterior el desafío calculado que en el interior le ayudó a ganar: como sólo se opuso a Irak para derrotar a su adversario, desde entonces ha hecho lo posible por cerrar la herida con el resto de países occidentales, apuntándose el primero, y con la mayor energía, a cuantas excursiones militares se le ponían por delante.

Sólo el mantenimiento de una retórica que oscila entre el truco (sustentar en las resoluciones de la evanescente ONU lo que debería depender de una valoración ética) o la falsedad (presentar la misión a Afganistán, desatada unilateralmente por Bush tras el derribo de las torres gemelas, como una acción humanitaria), permiten al presidente exhibir a un personaje antitético del que presenta al mundo, para lo cual es indispensable que el atrezzo, la banda musical y el departamento de marketing funcionen a pleno rendimiento.
Esto es, que ni los que entonces se escandalizaban con razón de las imágenes venidas de las Azores ni los que salían a la calle a continuación ni los que lo contaban todo con estruendo repitan ahora sus funciones originales: la indignante caricaturización de aquella ola, presentada despectivamente como un mero picnic de titiriteros varios y artistas paniaguados por la ceja, se legitima un poco ahora con su silencio, y no basta con apuntar a la mala fe de los detractores para explicar tamaña incoherencia, o semejante hipocresía militante, a quienes sentían y sienten de verdad que ése no es el camino.

El 'No a la Guerra' oscilante es como el apoyo al Sáhara... sólo desde la oposición
El amparo de la ONU (que también se lo dio a Irak, aunque fuera tarde; y que nunca lo concedió en la antigua Yugoslavia, aunque nadie tildaría de genocida a nadie por ello) tal vez da para que el PSOE camufle un poco su hipócrita contradicción ante audiencias complacientes; pero es a todas luces insuficiente para justificar a todo aquel que de verdad se opusiera a aquella y a cualquier otra guerra en la que se detecten cuatro factores calcados aquí: un tirano aplaudido o tolerado o incluso respaldado durante décadas; un riesgo objetivo para la población civil (atrapada siempre entre dos fuegos); una duda razonable sobre si es posible imponer la democracia con misiles y, finalmente, una sospecha fundada sobre el origen económico y energético de la escalada militar.
Entre la coherencia de IU y del PP -la primera para oponerse a guerras con orígenes y objetivos idénticos aun con puestas en escena legales distintas; el segundo para respaldarlas todas si tiene el impulso de las democracias y los mercados más influyentes del mundo-, aparece un PSOE neomarxista que, una vez más, cambia de principios y demuestra que el presidente del Gobierno sólo ha sido, es y será un as en un ámbito: el de esperar que la gente piense como él aunque él no tenga claro lo que piensa.
La postura acertada, entre todas ellas, sería la del PP si tras tantos años hubiéramos constatado que la democracia occidental asfixia primero y persigue después a cuantos regímenes haya en el mundo incompatibles con los derechos humanos, la libertad y el interés general.
Pero como a estas alturas ya hemos tenido tiempo de constatar que esa visión ingenua y noble de las relaciones internacionales es inexistente, está condicionada por mil intereses parciales y encuentra más excepciones que normas allá donde la tiranía es extrema pero las reservas de petróleo o la situación geográfica no son relevantes; sólo cabe otorgarle la razón y la decencia a IU; comprender al PP y sancionar al PSOE, experto en sostener lo uno y lo contrario con la misma virulencia e idéntica falta de respeto al ciudadano.

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Ampliación. Anteayer se sostenía que la manera de inducir la democracia en las tiranías islámicas era matar a besos a los mulahs: la Alianza de Civilizaciones, que ahora se lía a misilazos. El otro argumento, sobre la defensa de la población civil, produce aún más sonrojo: no se conoce bomba tan inteligente como para distinguir entre seguidores de Gadafi y detractores, y en todas las guerras recientes se ha acumulado una bárbara estadística de niños, mujeres y hombres muertos bajo el 'fuego amigo'.
En realidad nunca se sale en defensa de países que exportan inmigrantes en lugar de petróleo: media África, con Sudán al frente, se desangra sin que ninguna ONU no ninguna coalición se acuerden de ellos. Y donde no hay sangre pero sí tiranos, o aplaudimos o miramos para otro lado: en Marruecos, Argelia o Cuba.
Todo se resume en lo de siempre: este presidente aspira a decidir qué es bueno, qué es malo y en qué consiste ser de izquierdas. Básicamente, en coincidir con él aunque él no coincida consigo mismo. |