Marcelino
por Uno de la Redacción

LUNES 21 DE MARZO DE 2011 A LAS 12:39 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO

 

Va uno, abre la página de este periódico, en su edición del viernes, cree tropezarse con la página 13, y resulta que los pronósticos se dan la vuelta. Ahí está el hombre, Marcelino Sant Macia. Vuelve el hombre. Aquí no vale lo del asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Podía haber elegido cualquier pretexto para su papel de hijo pródigo. Pero lamentablemente se impuso la necesidad de la energía que viene del átomo y sus ensayos como tema que facilitase su incorporación al comando de opinión. Al parecer fue una indisgestión, probablemente con algún asunto taurino de por medio, lo que provocó su alejamiento de sus responsabilidades en el terreno de la opinión. Y claro, se produjo lo inevitable: se fueron acumulando cartas de adhesión en petición de su vuelta a la normalidad, y ya prácticamente no había espacio en el hall del periódico para su clasificación.

 

Marcelino es un ser querido e inquebrantable, con aprecio por unas cuantas ideas, pocas, en la que profundiza tanto que no desea abandonar nunca en la búsqueda de otras. Hace bien, el pensamiento y la ideología deberían ser como las matemáticas, con sus cuatro reglas. Todo lo demás es exceso. Marcelino escribe en el periódico desde que existían disquetes, parecer que se llamaban así en el siglo pasado. Acudía en aquel siglo a la sede de Diego de Torres y depositaba su soporte con la misma generosidad que lo hace un fiel con su óbolo en la mesa petitoria de cualquier parroquia. De su paso por la política siempre se recuerda su frase adivinatoria de su carácter, humilde, al margen de cualquier estrellato, alérgico al sobo, réprobo del aceite: “Yo fui siempre un hombre de aparato”.

 

Ahí sigue con sus “cuatro reglas” de su particular “pensamiento, obra y omisión”, encaminado a paso lento y noble a cada una de las manifestaciones culturales de Alcalá. “A los alcaldes se les tiene que llamar de usted”, otra máxima que emplea con rigor. Como hacía Joaquín Vidal, legendario crítico taurino: “A la plaza de las Ventas, un crítico tiene que entrar por la puerta más alejada de la que utiliza el empresario”. Naturalmente que la mención a los toros no es ingenua, sino que es malvada. Marcelino es muy feliz durante once meses del año. Hay uno en el que esa felicidad disminuye notablemente. Es el mes de mayo, precisamente cuando la gente se disputa las entradas del abono de San Isidro. Un fuerte abrazo para Marcelino.


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