Día Mundial de la Poesía
por José Manuel Lucía Megías

MARTES 15 DE MARZO DE 2011 A LAS 12:42 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Hace 10 años, la UNESCO declaró el 21 de marzo, el día en que el calendario da un giro y con el equinoccio entramos de lleno en la primavera, como el Día Mundial de la Poesía. Y como sucede con estas fechas señaladas en rojo en el calendario de los organismos oficiales, los actos se multiplicarán a lo largo y lo ancho de la geografía literaria mundial.

La “Primavera de los poetas” es el nombre que le hemos dado en Europa, en un alarde de generosidad y de grandilocuencia, que no me extrañaría que hubiera nacido de algún despacho aterciopelado francés. Del comunicado de la UNESCO que venía a dar sentido a esta nueva celebración, destaco las siguientes palabras: “Es evidente que una acción mundial a favor de la poesía daría un reconocimiento y un impulso nuevo a los movimientos poéticos nacionales, regionales, e internacionales. Esta acción debería tener como objetivo principal sostener la diversidad de los idiomas a través de la expresión poética y dar a los que están amenazados la posibilidad de expresarse en sus comunidades respectivas”.

¿Y es así? ¿Se potencia la poesía, la creación, difusión y lectura de la poesía con celebraciones como las del 21 de marzo, en que las autoridades tienen, año tras año, que quebrarse la cabeza para hacer algo nuevo, original, que, en el mejor de los casos, no llegamos ni a tener noticia? Seguramente muy diferente es lo que suceda en Colombia, en la poética Bogotá, donde veinte poetas leerán sus versos ante varios centenares de personas que, al unísono, harán, un año más, un brindis a la poesía.

En el corazón del barrio antiguo de Bogotá se encuentra la Casa de Poesía Silva, fundada hace 25 años, un 24 de mayo de 1986, para ser más exactos.  Y lo hace en una casa baja y antigua, y su patio interior, que lleva a la biblioteca, a la librería, a diversas dependencias y a una sala de conferencias que siempre se queda pequeña. Recuerdo que la primera vez que visité Bogotá fui, casi, en peregrinación a la Casa de Poesía, y allí descubrí, en una antología editada en el 92, a magníficos poetas colombianos, y, sobre todo, la obra inmensa de Jaime Jaramillo Escobar. “Cuando mamá negra hablaba del Chocó / le brillaba la cadena de oro en el pescuezo, / su largo pescuezo para beber agua en las totumas, / para husmear el cielo, / para chuparles la leche a los cocos. / Su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas, / para hablar alto entre las vecinas,/ para ahogar la pena, / y para besar a su negro, que era alto hasta el techo. / Su pescuezo flexible para mover la cabeza en los bailes, / para reír en las bodas. / Y para lucir la sombrilla y para lucir el habla. […] Mamá negra era un trozo de cosa dura, untada de risa por fuera.  / Mi taita dijo que cuando muriera / iba a hacer una canoa con ella”. Una poesía que me descubrió otra Colombia, la Colombia del interior, de la selva, de esa Colombia que no quiere parecerse a nadie ni imitar a ninguno. Esa Colombia que huele a paraíso. Y allí, en esa casa, asistí a varios recitales de poesía.

No recuerdo los nombres de los poetas, solo que siempre llegué pronto y siempre encontré la sala llena a rebosar y que todos los recitales los escuché en el pasillo, con altavoces puestos allí, y que en uno de ellos una joven a mi lado los acompañaba con lágrimas. Solo en Colombia he disfrutado de la experiencia de vivir la poesía por las calles, por las aceras, en las conversaciones y en las miradas. Solo en Colombia.

           
Y mientras me voy preguntando qué hemos hecho para convertir a la poesía en una especie en peligro de extinción, en minoría o en olvido que necesita que la UNESCO dedique uno de los días del año a su celebración (uno de los escasos días del calendario ya no dedicados a un nuevo santo de este particular santoral laico que se está construyendo), no puedo dejar de pensar en Luis Rosales, en el magnífico poeta del que el año pasado celebramos el centenario de su nacimiento, como tampoco puedo dejar de pensar en Gabriel Celaya, del que este año conmemoramos también los cien años de su nacimiento. Y no puedo dejar de recordar los versos iniciales de “La casa encendida” que han tenido tanto peso en mi primer libro de poemas: “Porque todo es igual y tú lo sabes, / has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta / con ese mismo gesto con que se tira un día, / con que se quita la hoja atrasada del calendario / cuando todo es igual y tú lo sabes”. O ese anuncio que es de ayer pero que también podría ser de hoy porque es de siempre: “Se ha perdido un hombre / calvo, de ojos claros. / Se ignora su nombre. / Ya no tiene años. / Confunde su vida / con lo que ha inventado. / Viste como todos. / No es ni alto ni bajo. // Se ha perdido un hombre / que salió buscando / algo cuyo nombre / ya se le ha olvidado. / Si alguien se lo encuentra, / diríjale al cuatro / de Juan de Bilbao / Donostia (España)./ Le estoy esperando”.


Poesía que un día fue voz de un pueblo y de una tierra. Poesía que fue el cauce habitual de la literatura y de las noticias. Poesía que era el yunque donde el escritor mostraba su pericia y su fama. Poesía que llenaba de imágenes las imágenes que siempre nos hacemos y las respuestas que nunca encontramos. Poesía que ha puesto voz a tantos romances y a tantos gritos desesperados. Poesía que se ha llenado de las lenguas y de los acentos de tantos millones de deseos. Poesía que todo lo decía al esconderlo y poesía que por decir nada ha terminado por convertirse en nada. Poesía que sigue brillando en los conciertos y en la boca áspera de algunos cantantes. Poesía que nos rodea, sin darnos cuenta, y poesía que puede sorprendernos y atacarnos en cualquier esquina. Poesía cuyo antídoto no se conoce, no se ha descubierto ni nadie quiere investigar para descubrirlo. Poesía que no nos deja indiferentes, que no nos puede dejar indiferentes. Poesía que fue un día voz y memoria de un pueblo y que hoy necesita de organismos oficiales para recordarla. Al menos, por un día.

Al menos por un día, el próximo día 21 de marzo, que no pase sin haber leído unos versos, sin haber leído, al menos, una poesía… a mí me ha pillado terminando el libro de Sergio DeCopete y García, “La ciudad de las delicias”, que hace uso de su cultura para volver la Barcelona de hoy en un espejo de los muros clásicos, de esos que solo en la poesía han llegado a nosotros: “Entre los rincones infinitos de esta ciudad / entre sus muchachos incontables como las hojas / una sola vez encontré a la persona a la que amo”.


Comentarios
DORIS AMAYA dorisamayagonzalez@gmail.com
miércoles 6 de abril de 2011 a las 23:12 horas
José Manuel Lucía: Y la Casa de Poesía Silva cada vez más hermosa, continúa con esa difusión de la poesía de todos los tiempos y países, sin necesidad de tener un día mundial de la poesía, porque esta se construye cada día y en cada momento de nuestro existir.
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