
Para Glòria Fusté, una gran amiga
y una mujer con mucha historia
Ellos y ellas no es una redundancia que podría simplificarse con un solo término. Ellos y ellas es una forma de referirse a los hombres y las mujeres, evitando un concepto que delata una interpretación excluyente del ser humano.
Ellos y ellas (Guys and Dolls, 1955) es una divertida comedia musical de Joseph L. Mankiewicz que recrea la guerra de sexos. Es una película deliciosa, donde se puede disfrutar de un desenfadado Marlon Brando cantando y bailando, pero es una película que ofrece la perspectiva de una época donde persistían infinidad de discriminaciones y estereotipos. Sería absurdo descalificar una comedia por estas razones, atribuyendo a sus creadores la capacidad de anticiparse varias décadas a un cambio social que aún no se ha producido. Sin embargo, ya no hay excusas para no adoptar una posición beligerante en la defensa de una igualdad total, real, entre hombres y mujeres. La humanidad está compuesta por hombres y mujeres y el lenguaje debe reflejar esa diversidad. Especialmente porque muchas mujeres no se sienten representadas por una hemiplejia del idioma que no establece distinciones entre sexos.

Durante muchos siglos, el menosprecio de la mujer disfrutó del apoyo de la teología cristiana. Terturliano (160-220) describió a la mujer como “la puerta del demonio”. San Agustín (354-430) afirmó que no apreciaba nada estimable en la mujer, “salvo la función de concebir niños”. San Ambrosio (340-397) aseguró que en el corazón de la mujer “reina una malicia insondable”. En su Encíclica Casti conubbi (Del matrimonio casto, 1930), Pío IX declaró que la causa de la emancipación de la mujer era “un crimen horrendo”. En esas fechas, ya se había aprobado el dogma de la infalibilidad papal (Concilio Vaticano I, 1870) y la palabra del Santo Padre se consideraba la palabra de Dios. Martin Lutero (1483-1546) no presumía de infalibilidad, pero su forma de hablar revelaba la inspiración de un energúmeno que repetía argumentos escandalosamente similares: “si la mujer muere en el parto, no hay que afligirse. Para eso está. Es la voluntad de Dios”. Ya en nuestra época, el pastor evangelista Pat Robertson, amigo personal de George Bush y presentador de un influyente programa televisivo, afirmó que “el feminismo es un movimiento socialista contrario a la familia, que estimula a las mujeres a abandonar a sus maridos, matar a sus hijos, practicar la brujería, destruir el capitalismo y a convertirse en lesbianas”. El apoyo de Pat Robertson a la candidatura de Bush fue decisivo. Bush ha declarado en repetidas ocasiones que Pat Roberston es su fuente de inspiración.

Yo creo que el machismo no expresa odio hacia la mujer. El machismo expresa odio hacia el ser humano, hacia la vida, hacia el cuerpo, hacia la libertad. El Papa Inocencio III (1161-1216) escribió en De miseria humanae vitae: “Tú, hombre, andas investigando hierbas y árboles; pero estos producen flores, hojas y frutos, y tú produces liendres, piojos y gusanos; de ellos brota aceite, vino y bálsamo, y de tu cuerpo esputos, orina y excrementos”. ¿Por qué este odio al cuerpo? ¿Por qué ese odio a la mujer? El cuerpo no es un saco de inmundicias. El cuerpo es lo que nos inserta en el mundo. No hay nada despreciable en el cuerpo. El cuerpo es hermoso en todas las etapas de su existencia. El cuerpo es hermoso en la infancia, la juventud, la madurez, la vejez e incluso en la muerte. Su finitud no le resta un ápice de dignidad. El cuerpo de un niño enfermo o el de un discapacitado, el cuerpo de un anciano o el del que agoniza entre el afecto de los otros o en una inmerecida soledad, no ha perdido su belleza. Menospreciar nuestro cuerpo es menospreciar a la persona, al ser humano, al hombre y a la mujer en su devenir por el tiempo. El cuerpo nos permite tener una historia, vivir y recordar que hemos vivido, observar nuestra piel –fresca o deshidratada, elástica o cubierta de arrugas- y comprobar que la huella del tiempo no es una horrible humillación, sino un lenguaje que se escribe sin palabras.

Jesús de Nazaret se rodeó de mujeres y evitó la lapidación de una adúltera. Tal vez ahora no apreciamos el valor de ese gesto, pero en ese tiempo una adúltera era lo más despreciable y abyecto a ojos de la sociedad. No importa que el relato bíblico no se corresponda con hechos históricos. Defender a una adúltera significaba enfrentarse a judíos y gentiles. Jesús de Nazaret se rodeó de prostitutas y marginados y en su agonía sólo le acompañaron un puñado de mujeres, exceptuando al joven Juan. Fueron esas mujeres las que encontraron el sepulcro vacío. Pero luego apareció Pablo de Tarso, que no conoció a Jesús ni leyó los evangelios. Pablo de Tarso no disimula su desprecio hacia las mujeres y hacia la vida. Nos dice que no hay que transigir con las flaquezas de la carne, que las mujeres deben callar en las asambleas y si quieren informarse deben preguntar a sus maridos (Corintios 14, 34-35). La mujer debe aprender en silencio con total sumisión (Timoteo, 2, 9-15). Además, las mujeres son las responsables del pecado original y sólo se salvarán por la maternidad. El Corán no se muestra más tolerante: Dios prefiere los hombres (4, 34); la mujer debe someterse a los deseos de su marido para que pueda “labrar su carne a placer” (2, 223) y el marido puede golpearla sin necesidad de justificarse (2, 228). Incluso en caso de un litigio judicial, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre porque su credibilidad es menor.

¿Por qué ese odio a la mujer en todas las culturas? En su Tratado de ateología (2006), el filósofo francés Michel Onfray, que ha concebido su obra como un ataque sistemático contra el dogmatismo religioso, afirma: “Las mujeres son demasiado. Demasiado deseo, demasiado placer, demasiado exceso, demasiadas pasiones, demasiado desenfreno, demasiado sexo, demasiado delirio”. Hay algo que no me gusta en estas palabras, pues sólo aluden a la mujer como un irresistible polo de atracción sexual. Las mujeres son demasiado, en efecto, pero yo diría más bien que en las mujeres hay demasiada ternura, demasiada inteligencia, demasiada entrega y sin duda demasiada pasión. Pasión por la vida, por la igualdad, por la libertad. Pasión por ser mujer, pues como apuntó Simon de Beauvoir, “no se nace sino que se deviene mujer”. Se deviene mujer porque a veces la mujer nace con las discriminaciones interiorizadas. Ni siquiera Simon de Beauvoir escapó de esa trampa. Por eso escribió: “Hay mujeres que son alocadas y hay mujeres de talento: ninguna tiene esa locura del talento que se llama genio”. Evidentemente la frase es una estupidez.

Los hombres también deberían devenir mujeres. No se trata de cambiar de sexo, sino de adquirir conciencia de la intolerable violencia que sufren las mujeres. En Ciudad Juárez (México), se está cometiendo una verdadero feminicidio. En España, nos hemos acostumbrado a que se asesine a una mujer cada dos o tres días. Los periódicos apenas reservan una columna para la noticia. Se puede ser mujer sin haber nacido mujer. Se puede ser mujer de corazón, identificándose con su sufrimiento, luchando por sus derechos, enfrentándose a cualquier forma de exclusión, exigiendo una igualdad plena, verdadera, real. Hace unos días, publiqué un artículo sobre Amparo Muñoz, recientemente fallecida y un mediocre escritor, cuyo nombre omito, vomitó todo su resentimiento sobre una actriz que renunció a la corona de Miss Mundo por su innata rebeldía. Eludo entrar en detalles, pero el machismo es un ser inmundo que asoma sus orejas apenas surge una oportunidad.

La lucha por la igualdad comienza por las cosas pequeñas. Por eso hay que escribir hombres y mujeres, padres y madres, hijos e hijas, diputados y diputadas, jueces y juezas, escritores y escritoras, pintores y pintoras, poetas y poetisas. Ellos y ellas sólo era una película, pero esos dos términos contienen toda la diversidad del ser humano. Ellos y ellas significa que la humanidad no es el hombre, sino tod@s los que sueñan con un mundo sin violencia, desigualdades ni discriminaciones. Entre tod@s puede ser posible. Lo imposible sólo es un límite y los límites pueden ser destruidos y rebasados. Ningún muro puede resistir el empuje de una humanidad hambrienta de utopías.

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