John Wayne es el primer nombre que vendría a la memoria de la inmensa mayoría de los aficionados al cine si se les pidiera que pusieran rostro al western. Además de protagonizar las obras maestras de Howard Hawks en el género (Río Rojo, Río Bravo, El Dorado) fue desde La diligencia hasta El hombre que mató a Liberty Valance el álter ego en la pantalla del director número uno, John Ford, como antes lo habían sido Harry Carey y Henry Fonda. Sin embargo en más de cuarenta años de carrera solo ganó un Oscar ya pasados los sesenta por su papel como el agente federal Rooster Cogburn en Valor de ley (1969), que dirigió Henry Hathaway. El viernes pasado se ha estrenado en España la nueva versión homónima escrita, producida y dirigida por los hermanos Coen (Joel & Ethan).
Los Coen (Ethan & Joel) probablemente conscientes de que en el cine, al contrario que en el teatro, la ópera o el jazz, las versiones (quiero decir remakes) tienen una mala prensa universal (normalmente merecida), han declarado que han partido de la novela original de Charles Portis y no de la película de Hathaway (ganador de los mismos Oscars que Raoul Walsh, Robert Aldrich, Fritz Lang, Yasujiro Ozu o Roberto Rosellini).
Los personajes de la nueva Valor de ley, salvo algunos secundarios excéntricos muy del gusto del humor de los Coen, son los mismos y la estructura es casi idéntica a la anterior; no podía faltar la escena más significativa: la carga a caballo de Rooster Cogburn con las riendas en los dientes mientras dispara con ambas manos. Jeff Bridges, que ganó el Oscar el año pasado casi a la misma edad que Wayne obtuvo el suyo, se mete sin complejos en la piel de Cogburn, con su parche ocular, su alcoholismo, su sobrepeso, su rudeza y su progresivo encariñamiento con su patrona adolescente. La agradable sorpresa y la gran mejora con respecto a 1969 es la sobresaliente y convencida interpretación de Hailee Steinfeld en el papel de Mattie Ross, la terca y valerosa joven que quiere vengar la absurda muerte de su padre cueste lo que cueste, que cuenta de su lado con el vigor y la certeza que se tienen a los catorce años y que, al contrario que los adultos, se niega a convivir con las palabras "no", "renuncia" y "compromiso".
También juega en favor de esta puesta al día el que la versión de Hathaway, un buen western clásico producido el año en el que Sam Peckinpah marcó un nuevo camino con Grupo salvaje, sea recordada fundamentalmente por el Oscar de Wayne, que antes había realizado unas cuantas interpretaciones mucho mejores (Centauros del desierto, Fort Apache, Arenas sangrientas, Río Rojo). Al ser hoy en día tan escasos los westerns su impacto es mayor pues por un lado el espectador no piensa que lo que ve sea un producto de serie y por otro se puede estar más pendiente de la fuerza o debilidad de la historia contada que de comparar la espectacularidad de los elementos recurrentes (duelos, persecuciones a caballo). Y una vez más brillan dos de los colaboradores habituales de los Coen: Roger Deakins, excelente como acostumbra en su fotografía (acumula nada menos que nueve nominaciones al Oscar) y Carter Bruwell, sutil como siempre en su música original. Entre los otros temas musicales aparece el himno Leaning.
Grados de separación
El western ha sido uno de los principales géneros del cine desde Asalto y robo al tren (1903), época en la que todavía vivían algunos de los protagonistas, como Wyatt Earp o Frank James, de historias convertidas después en leyendas de celuloide. Entre los años veinte y cuarenta, el western, favorito del público, vive momentos de esplendor, que alcanzan su perfección formal con La diligencia (1939) de John Ford, con John Wayne (el icono supremo con permiso de Gary Cooper) por primera vez al frente del reparto; Murieron con las botas puestas (1941) de Raoul Walsh; Río rojo (1948) de Howard Hawks; o Winchester ’73 (1950) de Anthony Mann. La evolución social y cultural de los años cincuenta hace que conecte menos con la audiencia y que reciba ataques de la crítica por ser una diversión escapista, por su glorificación de la violencia y por su exaltación de un nacionalismo exterminador. En general no se valoró que en un género, como en un molde, caben diferentes contenidos. Por ejemplo una denuncia sin paliativos del linchamiento (Incidente en Ox-Bow, de William Wellman en 1943) o un ataque metafórico al macarthysmo (Sólo ante el peligro, de Fred Zinnemann en 1952). A pesar de todo en esa década se estrenan obras maestras como Raíces profundas (1953), la insuperable Centauros del desierto (1956) y Río Bravo (1959). Pero el cambio estético y político de los sesenta, así como el envejecimiento de los directores y actores clásicos, marca el inicio de la caída. Los personajes de Duelo en la Alta Sierra (1962) y Los profesionales (1966) son veteranos que se saben fuera de su tiempo y cuyo único patrimonio es su código de conducta. En El gran combate (1964), Ford presenta el punto de vista de los cheyennes, hasta entonces sólo antagonistas despiadados. El hombre que mató a Liberty Valance (1962) y Pequeño gran hombre (1970) ponen en duda, muy en consonancia con la época, la veracidad de los relatos y su misma estructura. Grupo salvaje (1969) lleva el adjetivo crepuscular al extremo y al borde del abismo. Prueba evidente de que cualquier tiempo pasado fue mejor es el spaghetti-western, aunque tiene numerosos defensores; su mayor exponente es Sergio Leone, mucho más interesante cuando no se toma en serio (El bueno, el feo y el malo) que cuando se cree lo que han escrito de él (Hasta que llegó su hora). A caballo entre los setenta y los ochenta está la excesiva, imperfecta y a ratos fascinante La puerta del cielo (1980), que, por el endiosamiento consentido de su director Michael Cimino, prácticamente llevó a la bancarrota a la United Artists en una cadena de acontecimientos que tiene mucho de simbólico. En 1985 hay dos, pero que han resistido con prestancia el paso del tiempo: Silverado y El jinete pálido. Bailando con lobos (1990) supone una actualización ("puesta-en-valor-de-las-sostenibles-culturas-indígenas") que no tuvo continuidad. Como Sin perdón (1992), que fue el estallido de una bengala en la noche. [Los Grados de hoy son una parte reciclada y ampliada del 'Desenfocado' en tinta y papel del 5 de diciembre de 2008 (si no fallan mis cálculos) del que no puedo poner un hipervínculo. La excusa entonces fue Apaloosa de Ed Harris]
|