No es tan fácil imitar a Estados Unidos
por José Morilla

LUNES 8 DE NOVIEMBRE DE 2010 A LAS 18:26 HORAS
Opinión > Economía
 
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Algunos comentaristas en Europa están planteando como alternativa a las políticas de “ajuste” monetario y fiscal (“neoliberales” les siguen llamando algunos)  que todos los países europeos están aplicando, las de expansión o “keynesianas” que está llevando a cabo el gobierno y la Reserva Federal en Estados Unidos. El distinto sesgo de unas y otras lo plantean a veces como un ejemplo de la deriva política de derechas que está tomando Europa, donde sólo tres países tienen gobiernos socialdemócratas, y la de izquierdas que representa en EEUU la presidencia Obama.

Lo cierto es que la realidad no tiene nada que ver con la adscripción política de unos y otros, como demuestra el hecho de que entre las medidas más de “derechas” se encontrarían las que se han visto obligados a tomar gobiernos como el español y el portugués  y que en EEUU los Republicanos vean con buenos ojos la anunciada disposición de Bernanke a “darle a la máquina de hacer billetes” y pasen de puntillas en las rebajas de impuestos que ya ha hecho Obama y las que sigue dispuesto a hacer; porque, matices al margen, es lo que los Republicanos harían también. Incluso si nos centramos en el segundo tema estelar de la campaña electoral norteamericana tras la economía, la “reforma sanitaria", no podremos calificarla de izquierdas,  sino como un intento de reducir la factura pública de salud y hacer ésta más efectiva.

El elemento verdaderamente significativo que está determinando la diferencia de política a un lado y otro del Atlántico es la capacidad de cada economía, real o supuesta, para lidiar con el terremoto generado por la crisis financiera que estalló en el otoño  2007 y que desde entonces está transformada en crisis sostenida de la economía real.

Aunque se sabía desde antes, no es hasta ahora cuando se está reconociendo que la crisis financiera era consecuencia de la inadaptación de las políticas económicas nacionales a la realidad de la economía mundial. Desde 1999, cuando China entró en la Organización Mundial de Comercio, el país titular de la mayor cantidad de capital y con los principales recursos tecnológicos en sus manos, Estados Unidos no estaba resistiendo la competencia de las producciones de nuevos países “emergentes" sino más bien su tecnología, su iniciativa empresarial y su capacidad de consumo estaban, “escapando" hacia esos nuevos lugares, siguiendo la oportunidad  de una mano de obra abundante, disciplinada y dispuesta a absorber rápidamente la experiencia acumulada en el hasta entonces “primer mundo”. Pero esa competencia, que se visualizaba en el extraordinario crecimiento del déficit por cuenta corriente de la balanza de pagos norteamericana, no se manifestaba en una pérdida de bienestar de los habitantes de USA, sino en todo lo contrario: en una gran estabilidad de precios unida a un crecimiento de la renta (la “gran moderación”) hechos posibles tanto por la oferta creciente de productos baratos de los países emergentes, por el abaratamiento de los “costes de transacción" facilitada por las  empresas de alta tecnología americanas y, finalmente, por la reinversión en los EEUU de los beneficios generados en esos países emergentes, pues sólo así sus propietarios conseguían adecuada rentabilidad a los ahorros que les generaba su crecimiento económico, dadas las limitaciones de la capacidad de consumo de tales países.


¿Y en Europa? Lo mismo podríamos pensar qué ocurría en Europa. Pero no es enteramente así, como nos muestra un cálculo consolidado de un supuesto “comercio exterior" de la Eurozona como un todo, en la que al tener sus países una misma moneda, lo correcto sería considerar las transacciones entre sus habitantes como comercio interior. Su balanza exterior ha estado registrando una admirable estabilidad. Y ello gracias fundamentalmente a que Alemania es una gran aprovisionadora de productos elaborados para esa nueva “fábrica del mundo” que es China y a que muchos de los países de la eurozona, como España, realizamos, con mucha diferencia, el grueso de nuestras transacciones “exteriores" exclusivamente dentro de la misma Europa. De este modo el viejo continente no vive un “shock competitivo" global tan dramático como el que está escenificado Estados Unidos. Por el contrario, tiene lógica que en Europa la crisis financiera dé lugar a un “ajuste de cuentas" intraeuropeo entre unos proveedores de capital financiero (Alemania y los países nórdicos) y unos manirrotos gastadores (los llamados países PIGS), mientras que en Estados Unidos ese ajuste de cuentas sea entre ellos y China.

Pero los platos rotos entre dos colosos los podemos pagar los demás, como suele ocurrir. Una expresión sencilla ha sido el acuerdo obtenido el pasado día 23 en la cumbre del G-20 en Gyeongju (Corea del Sur) donde la reorganización del poder dentro del FMI, que está llamado a convertirse en el ejecutivo del nuevo orden económico mundial, se hará a costa de la representación europea. Pero eso no deja de ser una anécdota económica, porque el poder no está en la capacidad de asistir a sus reuniones más países europeos o menos, ni siquiera en el peso de los votos en el Directorio Ejecutivo del FMI, sino en las consecuencias para los demás de las medidas que cada uno pudiera adoptar por su cuenta. En este momento eso significa la capacidad que tiene EEUU de devaluar el dólar y la dificultad que tiene Europa de luchar contra la apreciación del euro.

Una depreciación monetaria es signo de debilidad, pero también una manifestación de confianza en la recuperación de la economía del país que la propicia. Por una parte, no hay ninguna administración norteamericana, y menos aun la de Obama, con capacidad de hacer lo que hizo la vieja líder de la economía mundial (Inglaterra) entre 1870 y 1919: cambiar puestos de trabajo en los sectores I y II de la economía (actividades agrícolas, extractivas, industria, etc.) por los de las finanzas y los servicios sin políticas sociales de ningún tipo. Y eso porque, entre otras cosas,  ahora no se vislumbra la posibilidad de hacerlo en el plazo que razonablemente una población acostumbrada a gran oferta de trabajo, puede resistir sin sentir la tentación de hacerse, primero, aislacionista frente al mundo, exigiendo proteccionismo y, segundo, agresiva, cuando compruebe que eso no funciona en el tiempo en el que los individuos afectados lo necesitan. Por ello, América se dispone a poner en marcha su arma más poderosa para “hacer pagar al competidor" sus problemas: exigir el encarecimiento de los productos chinos mediante la revaluación del yuan o, en caso contrario, abaratar el dólar emitiendo tantos cuantos la creación de puestos de trabajo exija su población, consiguiéndolos mediante el empujón al consumo interior.


Dólar vs Euro. ¿Por qué puede impulsar monetaria y fiscalmente el consumo interior Estados Unidos y no puede hacer algo similar la UE, como algunos progresistas del viejo continente reclaman insistentemente? La respuesta es sencilla: el dólar es la moneda internacional. Pero el que así sea no es fruto de ninguna ley ni imposición divina. Es sencillamente el resultado de la confianza que, a largo plazo, hay en la capacidad productiva del país propietario de la moneda en cuestión, no tanto de la prudencia en la administración de su valor coyunturalmente. Estados Unidos y el mundo saben que no va a haber alternativa a corto plazo al dólar. Sólo el oro, como reserva.

El poder real es el poder de hacer temer a los demás. China no tiene a corto plazo alternativa al mercado norteamericano, tanto por lo que hace a sus ventas de productos, como por lo que hace a la rentable colocación de sus ahorros y cuando llegue a tener capacidad en su mercado interior, si es capaz de hacer las reformas sociales y políticas precisas,  puede resolverse automáticamente lo que irrita a los norteamericanos: la baratura de sus productos. Para entonces América confía en haber resuelto la readaptación de su sistema productivo a la nueva realidad, como bien demuestra el reciente libro del antiguo miembro del gobierno Clinton, Albert Reich: ‘Aftershock. The next economy and America´s future’. También confían en ello los conservadores, aunque quieran seguir un camino más directo pero socialmente más complicado: reducir aún más de lo que se ha hecho desde 1980 la financiación pública del Estado del bienestar. Lo lograrán porque América, a diferencia de Europa, tiene un potencial productivo renovado y una sociedad que se ha acostumbrado aún más a invertir en recursos humanos, como se demuestra por el gasto, sobretodo privado (índice más expresivo del valor social de este factor, que el gasto público en el mismo). Por ejemplo, si en el año 2000 como media los estados ponían el 48% de los recursos de sus universidades públicas, un 19% las familias y el resto lo obtenían competitivamente en el mercado privado y público de la investigación, hoy esa situación se haya invertida: 20% los estados, 46% las familias; pero no ha descendido el montante total que se destina a educación superior e investigación, se ha restado de otras partidas. La sociedad americana, en cualquier situación es capaz de hacer la inversión necesaria para tener su sistema productivo en condiciones de competencia futura.

Y Europa no tiene más alternativa que verlas venir: metida en sus nacionalismos disfuncionales en esta época de la globalización,  hará pagar a los países endeudados que no tendrán más remedio que reducir el consumo y no podrán invertir en mejoras productivas; el euro irá empeorando las perspectivas exportadoras y cuando USA devalúe y tenga que ajustarse la economía china, sufriremos las consecuencias del esperado “enfriamiento" de la expansión china vía reducción de sus importaciones de Alemania y Suecia por ejemplo. Por ello, para evitar esa situación, no tenemos más remedio que estar pegados a Estados Unidos en su exigencia de revaluación del yuan y “que sea lo que Dios quiera".


José Morilla
*Catedrático de Historia Económica UAH
En University of California, Davis
jose.morilla@uah.es


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