Dignidad
por Uno de la Redacción

MARTES 19 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 17:59 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

El rescate de los 33 de la mina chilena de San José alegró al mundo entero. En principio por falta de costumbre: cada vez cuesta más encontrar historias que acaben tan bien. Y por encima de todo por el empeño y el coraje que puso un país tan pequeño, y tan estrecho, pero tan grande, o tan ancho, en la salvación de sus mineros. Es más que posible que en el futuro, con las malas compañías del dinero y la fama, la imagen de estos valientes y de sus familias se emborrone. Pero el espectáculo de unidad y esperanza que durante los dos últimos meses se ha retransmitido al mundo desde ese rincón perdido del desierto de Chile ya no nos lo quita nadie.

Es una de las mejores noticias que ha recibido la humanidad en los últimos tiempos. Quizá ese entusiasmo, esa inocencia, solo sean posibles en países jóvenes, con un pasado incomparablemente más corto, por muchos fantasmas y tragedias que acumule, que el inmenso futuro que tienen por delante. Y en el caso de la América hispana, esa desmemoria y esa ilusión suelen fructificar de modo peculiar e inspirador en el lenguaje y en el idioma.

Resulta casi impensable escuchar a este lado del océano un español tan correcto, tan decente, tan fecundo y tan lírico como el que nos ha llegado en los últimos días desde Acatama en boca de cualquier hablante: desde el presidente Piñera, al último picapedrero; en los cánticos jubilosos de la multitud o en las crónicas periodísticas a pie de agujero. La dignidad empieza por el verbo, está claro. Y desde allá no paran de llegarnos ejemplos. Hace unos años, un ataque de la guerrilla con morteros contra una caravana oficial en la capital de Colombia, Bogotá, provocó importantes destrozos materiales en un barrio del extrarradio. 


“Es una agresión intolerable. He perdido todas mis pertenencias", explicaba con tono sereno pero firme ante una cámara de televisión uno de los damnificados, un hombre anciano, que señalaba lo que había sido su casa: una chabola construida con plásticos y cartones.


Comentarios
Roy Batty
jueves 21 de octubre de 2010 a las 15:25 horas
Ahora que los mineros chilenos están a salvo (algo, efectivamente, "milagroso" dado el mundo en que vivimos), menos circo mediático y más profundización crítica en un sistema, político y económico (ya, casi, globalizado), que permite las cosas que permite.
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TODO QUEDA EN FAMILIA
Ignacio Escolar

Mientras las iglesias discuten a qué dios agradecer el rescate de los mineros, si al católico, al protestante o al catódico (el de la televisión), de lo que no queda duda es del nombre de su profeta. San Sebastián Piñera, presidente de Chile, ese señor que sale en todas y cada una de las fotos de los mineros renacidos. Piñera. De los Piñera de toda la vida: una familia que ha tenido un altísimo cargo en seis de los últimos siete Gobiernos de Chile. Dueño de una televisión y de un club de fútbol, como Berlusconi. Uno de los hombres más ricos del mundo; el 433, según la lista Forbes: por delante de David Rockefeller, por detrás de Alicia Koplowitz.

Su tío, el arzobispo Bernardino Piñera, fue durante años el Rouco Varela de Chile: el presidente de la Conferencia Episcopal que organizó la visita del Papa Juan Pablo II a la dictadura de Augusto Pinochet. Su padre, José Piñera Carvallo, diplomático y agente de la CIA, militó de joven en la Falange Nacional –la franquicia chilena de nuestra Falange–. Después fue uno de los fundadores del Partido Demócrata Cristiano, con abundante ayuda del espionaje estadounidense. Su hermano, Pablo Piñera, ha sido consejero del Banco Central de Chile y hoy es gerente general de BancoEstado, el banco estatal chileno. Otro de sus hermanos, José Piñera, participó en varios gobiernos del golpista Pinochet. Entre otras carteras, José Piñera fue ministro de Minas. Y de su gestión nació la Ley Constitucional Minera, la privatización y el marco regulador de las explotaciones mineras chilenas, que hoy nos permiten celebrar un milagro: que los mineros sigan vivos, a pesar de las terribles fallas de seguridad de una mina, la de San José, donde era mucho más rentable pagar las multas que invertir en salidas de emergencia.
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