Manuel Vázquez (1930-1955) es uno de los más importantes historietistas españoles. Los personajes que creó durante más de treinta años (1947-1986) para las publicaciones periódicas infantiles y juveniles de la Editorial Bruguera alegraron la vida de varias generaciones. Sus Hermanas Gilda, su Familia Cebolleta, su Anacleto, proporcionaron horas y horas de desopilante lectura y infructuoso esparcimiento durante unos años en los que los entretenimientos industriales realmente existentes eran apenas el cine, la radio y los tebeos. Vázquez llegó a crear una serie protagonizada por un álter ego suyo: Los cuentos del Tío Vázquez, un moroso que huye de su sastre y de mil acreedores y que maquina timos y estafas de poca monta para ir tirando. Como prueba de la atracción del personaje y de la huella que ha dejado, se acaba de estrenar El gran Vázquez que, dirigida por Óscar Aibar, presenta una versión cinematográfica de la vida del autor madrileño en la Barcelona de mediados de los pasados años sesenta.
Aibar, también guionista de El gran Vázquez, menciona en la hojita promocional-informativa que dan en el cine que su película está inspirada por biografías nada ejemplares como las excelentes Ed Wood de Tim Burton y Atrápame si puedes de Steven Spielberg y opta por construir la historia en torno al enfrentamiento entre Vázquez, interpretado por Santiago Segura como un caradura amoral, bohemio, simpático e ingenioso, y Peláez, contable ficticio de Bruguera interpretado por Alex Angulo, que personifica la antítesis del dibujante (mediocre, envidioso, chivato, persona de orden y carente por completo de creatividad) y la política empresarial de Bruguera que pagaba mal a sus dibujantes-guionistas, que para cobrar les obligaba a firmar renuncias a todos los derechos sobre sus personajes, que les despojaba de sus páginas originales para luego tirarlas por falta de espacio y que utilizaba sin pudor negros en sustitución de los creadores originales. A pesar de su casi monopolio del mercado del tebeo y a pesar de la continua explotación de sus empleados, a mediados de los ochenta Bruguera tuvo que cerrar por pérdidas económicas insalvables. Debido a los inevitables e imbricados cambios tecnológicos y sociales muy probablemente tampoco se hubiera evitado ese milagro económico sui géneris aunque el despido hubiese costado cero y aunque se hubiera cobrado un céntimo por cada paquete de folios (susceptibles de ser usados para fotocopiar tebeos) vendido entonces en España. Otras figuras históricas de la editorial son retratadas con más cariño, como el editor Rafael González (Enrique Villén) y el gran dibujante Francisco Ibáñez (Manolo Solo).
En El gran Vázquez se recrean anécdotas que forman parte de la leyenda de Vázquez y que son tan reales que no importa si llegaron a ocurrir exactamente así o incluso si son inventadas. Aparece su primera estancia en la Modelo de Barcelona; su bigamia; su repetición de la excusa de la muerte de su padre (gran detalle que lo interprete Jesús Guzmán); o la entrega a Bruguera de páginas en blanco, que relataba el propio Vázquez en una inolvidable entrevista de Sol Alameda en 1982 en (cuesta creerlo) EL PAIS Semanal. Al final lo único que lamenta el protagonista es haberse dedicado a dar sablazos y a trampear para llegar malamente a fin de mes y no haber empleado su talento y energías en grandes estafas que le hubieran convertido en un millonario respetado. Más o menos la misma conclusión a la que llegaba Monsieur Verdoux (1947) en la película homónima de Chaplin, precursora del subgénero "vidas de pecadores."
En el dibujo de esa época en la que había que esperar meses o más para recibir un 600 y en la que la maquetación de las páginas de publicidad se hacía con tijeras y pegamento, la fotografía y la decoración de interiores recuerdan ligeramente a los tebeos de Bruguera, en particular la 13, Rue del Percebe de Ibáñez, cuyo moroso del ático estaba inspirado por el genial Vázquez. La música de Mastretta no desentonaría en Mi tío (1958) de Jacques Tati.
Grados de separación. El día 29 de septiembre murió el actor estadounidense Tony Curtis. Nacido cinco años antes que Vázquez, también vivió sus años de mayor esplendor creativo en los cincuenta y sesenta. Será siempre recordado por su saxofonista doblemente travesti en Con faldas y a lo loco (1959). Pero también por sus papeles en Los vikingos (1958) o Espartaco (1960) y por el giro que se atrevió a dar a su carrera para interpretar a Albert DeSalvo en El estrangulador de Boston (1968). |