Bizancio
por Uno de la Redacción

VIERNES 1 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 20:25 HORAS
Opinión > Política
 
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ALONSO GUERRERO

 

Se cuenta que, mientras los turcos asediaban la ciudad, los dirigentes religiosos de la antigua Bizancio perdían el tiempo discutiendo si los ángeles eran machos o hembras, si Jesucristo sabía sonreír, o si el Espíritu Santo provenía sólo del Padre o también del Hijo. Esa misma relación con la realidad se ha ido perpetuando en la política española desde que estalló esta llamada crisis. Nuestros diputados, que no necesitan hacer huelga porque el Congreso cada vez se parece más a una Cámara de los Lores, siguen reuniéndose sin saber que el tic-tac del reloj del hemiciclo dice más, y con mejor oratoria, que todos los discursos, réplicas y contrarréplicas parlamentarios. 

  
El pasado día de huelga general hicieron bien en atrancar las puertas: al fin y al cabo, nadie dentro está de acuerdo con que los obreros deban ser más felices de lo que les permite el FMI. Sin embargo, los obreros europeos no quieren ser competitivos, a secas, en la economía globalizada. No quieren perder sus utopías sobre la dignidad y el futuro. No quieren vivir en la caverna de Platón, sino en una canción de los Beach Boys. Quieren ser cigarras, y no hormigas. El obrero, zarandeado por las solapas como un niño desobediente, no quiere pasar de fijo a temporal, de cualificado a raso, de objeto del derecho a sujeto de un expediente. Simple cuestión de sintaxis. El obrero se niega a renunciar a su sábado sabadete, a su paseo por el mall de la Quinta Avenida que ahora hacen a las afueras de cualquier sitio.


Los políticos, en sus instituciones sin respiraderos, midiendo como sismógrafos los epicentros macroeconómicos, se han olvidado de que los trabajadores por cuenta ajena necesitan ser mejor considerados que los esclavos chinos. Ahora, hasta los chinos hacen huelga en el Cobo-Calleja. Nuestros currantes han perdido la fe en El Capital, seducidos por el capitalismo, y empiezan ya a temer una rebelión de Terminators a destajo, sin derechos laborales, de esclavos que trabajan sin preguntarse cuál es el sexo de los ángeles. En lugar de pedir un verdadero socialismo, los han condenado a esperar la venida de John Connor.


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