Una larga ausencia
por Fernando Couto

VIERNES 1 DE OCTUBRE DE 2010 A LAS 19:36 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Karen (Annette Bening) tiene alrededor de cincuenta años, trabaja en un hospital de Los Angeles y vive con su madre. A los catorce años tuvo una hija y la dio en adopción. No pasa un día sin que piense en ello. Elizabeth (Naomi Watts) tiene unos treinta y cinco años, ha regresado a Los Angeles para trabajar en un bufete y fue dada en adopción al nacer. Lucy (Kerry Washington) y su marido quieren adoptar un bebé y entran en contacto con una adolescente embarazada, Ray, y tratan de convencerla de que son su mejor opción. Esa es la situación de partida de Madres e hijas, escrita y dirigida por el colombiano Rodrigo García (Los Soprano, En terapia). La mezcla de trayectorias vitales paralelas en un gran ciudad es una fórmula que funciona bien en taquilla, como prueban los tres meses que lleva en cartel y éxitos anteriores como Vidas cruzadas, Crash, 21 gramos o Babel. Precisamente figura como productor ejecutivo de Madres e hijas el director de las dos últimas, Alejandro González Iñárritu. Los también directores mexicanos Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro asimismo aparecen como productores ejecutivos. 

 

El público siempre imagina con antelación por dónde puede ir desarrollándose una historia y en este tipo de películas la mayor o menor gracia está en cómo los guionistas hacen converger los hilos que han urdido. Al contrario que en las obras mencionadas, en Madres e hijas hay una mayor relación narrativa previa entre elementos, que además son menos numerosos. Por añadidura García tiene el buen criterio de contar los hechos respetando el orden cronológico y con grandes elipsis para reflejar el paso del tiempo. Un espectador ingenuo verá lógico un clímax final de encuentro entre madre e hija en el que no quede un ojo seco en toda la sala. Un espectador encallecido, conocedor de que el montaje paralelo desde los tiempos de Griffith forma parte de nuestra engañosa sabiduría cinematográfica, elucubrará que como sólo hay pruebas circunstanciales de que Karen y Elizabeth son madre e hija lo mismo se descuelgan con una sorpresa a lo El silencio de los corderos (1991) cuando el FBI  no estaba en la puerta de "Buffalo Bill". Por suerte el guionista-director no opta por lo obvio ni por lo enrevesado. Consigue que al final encajen todas las piezas, eso sí con un golpe de efecto trágico, que desde el desconocimiento absoluto de derechos del paciente y deontología y protocolos médicos parece un poco chocante. Pero al menos no se trata del manido recurso a la enfermedad genética, que sería la solución de un telefilme de la siesta.    

 

Al ser una historia de emociones primarias y profundas la empatía del espectador se sustenta en la fuerza de las interpretaciones. Sobresalen las protagonistas, Bening, al principio severa, congelada e incapaz de mirar al futuro, y Watts, preocupada por no perder  el control de su vida ni un instante. Está muy bien todo el elenco, incluidas las apariciones breves como la niña mexicana, la adolescente ciega, o David Morse, como ejemplo vivo de lo inútil que es matricular asignaturas pendientes sentimentales fuera de plazo. Es llamativa la presencia de dos personajes que se declaran ateos, posiblemente el record de todos los tiempos para una película comercial estadounidense. Como hecho revolucionario se muestra que conviven normalmente con los creyentes. Vemos a los actores hacer cosas en pantalla (planchar, decorar una tarta, escribir de puño y letra, peinar a otro personaje) y nos recuerdan lo importante que es tocar a los seres queridos (abrazos, apretar las manos). 

 

Grados de separación. Annette Bening (Los timadores, El presidente y Miss Wade, American Beauty, Open Range) está casada desde 1992 con Warren Beatty, actor, productor, director y hasta entonces mítico casanova fuera de la pantalla. En 1965 Beatty compró los derechos de producción de un guión de David Newman y Robert Benton que escribieron con la idea de que lo dirigiera François Truffaut. La película, titulada Bonnie & Clyde, se estrenó finalmente en 1967 dirigida por Arthur Penn, que ha muerto el 28 de septiembre en Manhattan a los ochenta y ocho años. Penn, después de bastantes telefilmes, había dirigido El zurdo, El milagro de Ana Sullivan y La jauría humana antes rodar Bonnie & Clyde, que tuvo un impacto inmediato y duradero por su fuerza, su velocidad y su presentación explícita de la violencia, entonces auténticas novedades en un Hollywood que veía la incontenible erosión del poder de los grandes estudios. De sus obras posteriores destacan Pequeño gran hombre (1970), un western que ponía en duda, muy en consonancia con la época, la veracidad y estructura de los mitos fundadores de los Estados Unidos, y La noche se mueve (1975), un policiaco modélico por embrollado y desencantado, con guión de Alan Sharp.     


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