Cuando en la madrugada del 29 de septiembre cuatro policías nacionales escucharon los reiterados golpes sufridos por el grueso cristal blindado del despacho de Xavier Colás en las oficinas centrales de nuestro grupo editorial, no debieron dar pábulo -o no debieron darlo- a lo que veían sus ojos: dos individuos permanecían en el lugar de los hechos como Santiago Segura y Javier Cámara en Torrente, el brazo tonto de la ley, en aquella mítica escena en el que el atraco perfecto queda abortado por la impericia de quienes se sentían pérfidos e inteligentes: “Sí, son dos subnormales que se han dejado el DNI...”, creo recordar que decía el receptor del rufufú a uno de sus colaboradores.
Fue, y es, uno de los dos ataques que sufrió esta casa de madrugada, y cuando se revelen todos sus detalles -que se revelarán- muchos de nuestros lectores, todas las autoridades y un sinfin de ciudadanos de bien se llevarán las manos a la cabeza con sorpresa y bochorno: la Policía instruye las diligencias, y las sabias manos del titular del Juzgado número 5 de Primera Instancia e Instrucción ya conoce los datos y es de suponer que los gestionará con la contundencia y rapidez que sugiere la inusual estampa con las manos en la masa.
Pongo este ejemplo como mera introducción de lo que, otros torrentes, hicieron esa misma madrugada en la sede del periódico y en tantos otros edificios públicos y propiedades privadas de Alcalá: hasta 400 intervenciones tuvo que hacer la Policía Nacional de Jesús Figón, el comisario más activo de toda la Comunidad de Madrid y uno de los pocos que tuvo a bien detener a los indeseables de nuestra particular Reichspogromnacht, la infausta Noche de los Cristales Rotos que en la Alemania prenazi sentó el precedente del Holocausto: miles de judíos fueron atacados y detenidos por hordas de las SS que, (y ésta parte de la historia sí es trasladable literalmente a nuestra madrugada de pasión sin caer en el exceso meramente ilustrativo de la comparación), atacaron además sus comercios: aquí no hubo 90 muertos, y huelga decir que toda similitud entre un chico de Himmler y otro de La Roda o Méndez es pura casualidad y mero exceso, pero sí hay un inquietante parecido entre el comportamiento de la horda nazi y la ceguera de la cabaña piquetera al convertir los escaparates de modestos tenderos, las cancelas de colegios para discapacitados o las cerraduras de inofensivos centros de salud en la diana de su descerebrada violencia.

En la Noche de los Cristales se empapelaron también los comercios.
Por supuesto, las víctimas se lo merecían para las hordas que lo hicieron
La gravedad de todo esto sólo es superada por el sorprendente fenómeno posterior: la víctima casi tiene que pedir disculpas por sentirse agredida; y al verdugo le cabe poco menos que el derecho a exigir y esperar que se anteponga lo que se ha respetado sobre lo que se ha pisoteado, como si una mujer violada tuviera que agradecer a su asaltante el detalle de no haberla asesinado además.
Esa retórica relativista está detrás, con mayor intensidad, de todos los fenómenos violentos de la historia, y sirve tanto para explicar la impunidad nazi cuanto la indulgencia batasuna o la arrogancia piquetera: como tenemos razón, todo aquel que no la comparta ha de plegarse a la excelsa altura de nuestros postulados, y a ver quién tiene los santos bemoles de oponerse sin recibir la respuesta que se merece: el terrorismo no es sino lucha; y las víctimas o se lo han buscado o como mucho son impersonales daños colaterales.
Hay que plantarse, ya, sin más. Y desde luego sin necesidad de aclarar previamente que en ese viaje ni se discute un derecho ya ejercido libremente durante treinta años ni se pretende la desaparición de los sindicatos: ya está bien de tener que anteponer, con el carrillo hinchado aún por la bofetada, una declaración de intenciones que sólo sirve para debilitar la carga de la acusación, reforzar al agresor y hacer dudar al instructor policial y judicial.
No, claro que no. Esto es una cuestión de orden público que, en el caso que nos ocupa, tiene además presuntos delincuentes identificados y detenidos, con nombre, apellidos, filiación y-vaya bochorno- nómina en el Ayuntamiento financiado por ese comercio ensuciado o ese padre afectado por el boicot al colegio.
Mientras se aclara el problema cultural y democrático que se detecta en la meliflua digestión intelectual de lo que sólo es vandalismo y violencia; bien puede despejarse al menos el camino administrativo, laboral, policial y judicial que están pidiendo a voces todos nuestros torrentes y esperando, con más ganas que nunca, los miles y miles de acongojados espectadores de la película.
Alcalde, tiene el DNI de nuestros subnormales, y sólo cabe preguntarle qué va a hacer con ellos: es incompatible trabajar de día para una Administración que se ataca por la noche, y si no se empieza por lo básico es difícil llegar al final del camino. Que los tontos, nuestros tontos, no se escapen de la divertida ficción de una pantalla casposa. |