Al lado de casa, la huelga general ha copado el foco informativo estos días. Pero un poquito más allá, a unos 20 años luz de distancia, la noticia es otra. Puede que usted se haya levantado por la mañana y, mientras escuchaba las noticias de la mañana, se haya encontrado con la siguiente información: “Descubren un planeta similar a la Tierra con posibilidad albergar vida”. Y entonces surgen dos dudas. La primera: ¿cómo narices pueden saber si existe posibilidad de que albergue vida? Y la segunda y, quizás, más inquietante: ¿Cómo se descubren estos planetas?
Sobre la primera cuestión la explicación es sencilla: alrededor de toda estrella existe un área denominada zona de habitabilidad. En resumen se trata de una franja orbital en la que la cantidad de energía que llega de la estrella hace posible, en combinación con otros aspectos (como la presión y la gravedad), que un planeta que orbite en esa franja puede disponer de agua líquida de manera sostenida en el tiempo. Dentro de nuestro Sistema Solar la Tierra ocupa esa área. Más lejos la radiación solar sería insuficiente para mantener estas características y el agua se congelaría, como sucede con Europa, una de las lunas de Júpiter, o con Encelado. Más cerca, la temperatura sería tan alta que se evaporaría. Pero en la Tierra se dan las condiciones perfectas: recibe del Sol la energía suficiente para que haya una temperatura media capaz de mantener el agua en estado líquido; además, las condiciones de presión atmosférica y gravedad participan del mismo fenómeno. Tal y como conocemos la vida en la Tierra, es de suponer que si existe vida en otros sistemas solares, lo más probable es que ésta se encuentre en la zona de habitabilidad de su estrella. Y el planeta descubierto recientemente cumple con estas condiciones.
Ahora llega el turno de abordar la segunda cuestión: ¿Cómo se descubren estos planetas? Los telescopios, incluso los más potentes, son capaces de captar la luz que nos llega de estrellas y galaxias lejanas. Pero un planeta no emite luz, sino que refleja la que recibe de su estrella anfitriona. Cuando se trata de observar a tan largas distancias, nos encontramos con que el débil reflejo que emite el planeta queda eclipsado por la intensa luz de la estrella. Podríamos utilizar otras longitudes de onda, como el infrarrojo, para detectar cuerpos calientes orbitando otros soles, pero también tiene sus dificultades. Así, lo mejor es emplear métodos indirectos de detección. Uno de los más ingeniosos es el denominado tránsito estelar y nace de algo tan simple como el hecho de que los planetas giran alrededor del Sol. ¿Y esto qué tiene que ver?, se preguntarán algunos. Pues mucho, porque cuando observamos detenidamente una estrella lejana de manera continua, podemos medir no sólo la intensidad, sino también las características de la luz que nos llega de ella. Si esta estrella tiene algún o algunos planetas orbitando a su alrededor, cuando crucen por el plano que observamos de la estrella, provocarán alguna distorsión en la luz que nos llega de ésta. Analizando estas distorsiones podemos determinar la masa, período orbital y distancia con respecto a la estrella. Y la cosa no termina ahí, porque en el momento que el planeta cruce el disco estelar, la luz de la estrella atravesará su atmósfera. Utilizando la espectroscopía es posible descomponer esa luz que nos llega y analizar así los componentes de la atmósfera planetaria. ¡Y todo ello sin ver directamente el planeta en cuestión!
También existen otros procedimientos, como la lente gravitacional, que utiliza la luz de otras estrellas aún más lejanas a la que estemos estudiando, para analizar cómo se curva ante la gravedad de ésta y detectar posibles planetas. O la cronometría de púlsares… Y es que no es necesario ver directamente un planeta para saber que está ahí. El siguiente paso es desentrañar si, además de estar en una zona habitable, está verdaderamente habitado. |