La huelga general del 29-S ha sido un fracaso de los sindicatos, claro, pero sobre todo del ecosistema del que forman parte. Por vez primera la ciudadanía ha abominado a la vez del convocante y del objetivo, y de la antítesis del primero y la alternativa al segundo. La misma indiferencia y hastío que provocan los sindicatos la suscita la Patronal, y el desdén hacia el Gobierno no es muy superior al ganado a pulso por el indolente PP.
El chusco recurso a la violencia, cubierta de detritos por mucha bisutería nafatalinoprogresista que se haya exhibido, es la prueba final de un fracaso colectivo de un sistema atrapado en una certeza para el resto: no sólo son inductores de buena parte de los males que nos asolan, sino que además se quedan sistemáticamente al margen de los estragos y esfuerzos que generan.
Hoy, más que nunca, aparecen en un lado los 17 millones de trabajadores, autónomos y pymes desbordados por la crisis pero inasequibles al desaliento y la contribución en el sostenimiento del resto. Y, en el otro, el compendio de sindicatos, patronales, partidos políticos e instituciones con marchamo oficial que primero esquilman el erario público; después reclaman sacrificios para sostenerse y por último sólo tutelan los intereses de una ínfima élite empresarial bien poco representativa del resto del sector, al que de paso criminalizan con infinita crueldad y estupidez.

Hace ya muchos años que Jacques Barzun, un eminente historiador francófono de origen canadiense, presagió el fin de una era, señalando que tan apocalíptico designio no debía ser necesariamente malo: simplemente había que renovar procedimientos y objetivos desde el respeto a lo único que no ha fallado, el cimiento democrático bien sólido de un edificio que se desmorona por la ineptitud bulímica de sus inquilinos.
Quizá estemos en eso: nadie se cree nada, y no hay institución ni organismo ni instancia a la que mirar cuando se siente el frío aliento del problema en la mancillada nuca. Entender esto es por ello básico para recrear lo mejor del sistema y acabar con los excesos que el propio uso genera.
Partidos cerrados a una cúpula sedienta de poder que expulsan a los mejores para repartir la tarta a su antojo o esperar cómodamente su turno para hacer lo mismo que el rival caído. Patronales comandadas por tipos incalificables que, sin embargo, reciben complicidad técnica a cambio de epítetos sonoros para cerrar una empresa o venderla a costa de casi todo. Sindicatos transformados en maquinarias de gestión económica que pretenden el imposible de erigirse en representantes de los trabajadores a través de figuras tan impúdicas como el liberado sindical. Y, como consecuencia de todo ello, una devaluación imparable de las instituciones que ocupan desde la legalidad pero cada día con menos legitimidad.
Lo más duro no es el diagnóstico, sino la terapia: es difícil confiar en una catarsis colectiva de quienes, siendo el problema, han de impulsar necesariamente la solución: abrir los partidos, renovar los sindicatos, acabar con los gremios de tiburones, ofrecer la mano al trabajador y al emprendedor, sustituir la retórica por la artimética, pensar en la siguiente generación y no en las próximas elecciones.
Sólo cabe una esperanza, algo tétrica pero en todo caso útil: que la amenaza de un heraldo demagógico, capaz de amortizar el descontento colectivo con la mezcla de ramplonería popular de Belén Esteban e instinto peligroso de Le Pen, les haga entender de una vez que ya no está en juego su futuro personal, sino el futuro democrático del conjunto del país.
Lejos de ser éste un presagio apocalíptico, es una consecuencia casi científica emanada de la historia: cuando aflora la desesperanza, surge la pasión. Que es la cara más dulce de la violencia. |