ALONSO GUERRERO Los seis participantes que andan simulando un viaje al planeta rojo acaban de batir un récord de aislamiento, tras permanecer 105 días en un zulo hermético a las afueras de Moscú. Seis artistas del hambre, seis indiferentes que no se conectan a internet, ni tienen el iPhone, ni leen durante la comida, ni se enfadan entre ellos, ni saben por qué el corazón tiene razones que la razón no entiende. Ellos creen que forman parte de un experimento pionero, pero en realidad son epígonos, gente que entra en el libro Guinnes de los records porque los jueces de este libro no miran a su alrededor, no ven que lo han conseguido lo ha superado casi todo el mundo antes que ellos.
La soledad que les prepara para viajar a Marte es un hito multitudinario. Vivimos en una era de viajeros a Marte, por eso la muerte ha cobrado tanta importancia, porque es el único momento en que no seremos ni usuarios ni consumidores, sino nosotros mismos. Hay tanta gente que viaja a Marte en sus casas, los parques, los supermercados, las oficinas, que lo de esos seis maromos con silencio de marca nos parece cosa de la ciencia-ficción. Ahogados por la hipoteca, clavados al teclado del ordenador como pianistas sin oído, confinados en una democracia que parece el salón de Alguien voló sobre el nido del cuco, o sesteando en una jaula de gallina ponedora que ahora llaman un trabajo digno, todos somos cosmonautas eclipsados en luces lejanas que tenemos a millones de años luz.
Los grandes hitos y las cosas sin importancia tienen hoy día su punto en común: la banalidad. Los astronautas que irán a Marte, y los intrépidos espontáneos que nos limpian el parabrisas en los semáforos han de superar la misma prueba espiritual: el aburrimiento. Es el pago de los tiempos que corren. La vida intensa que buscó el romanticismo es ahora el final de un túnel que desemboca en las drogas, o en escapismos insulsos e impuestos, como la novela histórica. Nadie elige, nadie sabe nada, excepto que va a Marte.
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