España nunca fue del todo un concepto de la derecha tradicional, que prefería mirar al cielo buscando a Dios como origen de todo: estaba más preocupada de ser católica que española, en una herencia ancestral de los Reyes Católicos que se extendió durante siglos, alcanzó el cénit en la pugna con luteranos y calvinistas y se prolongó hasta arribado el siglo XX.
Unos tuvieron a Maquiavelo, o a Napoleón, o a Julio César en sus cabalgatas bélicas por las agrestres colinas de la historia; nosotros llevábamos a Santo Tomás como comandante en jefe espiritual. En El problema español, Manuel Azaña hizo un lúcido recorrido por esta tesis.
Llegó Franco, aquel oportunista cruel que tanto hablaba de principios y sólo tenía intereses, capaz de echar o pactar con Reyes, de ponerse bajo palio o sobre él y se envolvió en una bandera que dejó de ser todos durante 40 años: le venía grande, salvo en el generoso abdomen, pero hizo lo posible para que a la mitad de los españoles les quedara pequeña.
El gen franquista está profundamente alojado en la sociedad española, tanto como el origen judeocristiano de nuestro pensamiento involuntario, y se manifiesta en una miríada de leyes, tics, respuestas, actitudes culturales y enconamientos de toda laya que cada día pueblan el discurso político: el antifranquismo como vitola del presente y el postfranquismo revisionista son las dos caras, patéticas ambas y además deleznable la segunda, de un mismo fenómeno que confirma la difícil digestión de aquella época y la permanencia en el intestino grueso de unos cuantos de una parte de los detritos indigeridos en su momento.

Pero hete aquí que lo que la política no ha sabido hacer, lo ha logrado el fútbol: democratizar el concepto de España, quitarle los complejos y sacudirle también los excesos. Once tipos en short y una entrañable mari en el balcón de su casa han hecho más por reforzar la idea compartida de un país civilizado que treinta años de democracia generosa.
Ser futbolista es un orgullo; ser español un hecho: ahí tenemos la revolución más pacífica de la historia reciente de España, que ha logrado con goles lo que no fue capaz de conseguir ni con ideas ni con cañones. Viva España, pues, variada, mediana y libre.
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