Reivindicación del texto digital
por José Manuel Lucía Megías

LUNES 28 DE JUNIO DE 2010 A LAS 17:35 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Alejandro Magno, el gran Alejandro Magno, en su campaña militar por Asia tenía siempre presente el texto de la Ilíada de Homero, el primer gran texto literario occidental que narra la historia de la guerra de Troya. Era su modelo y su maestro militar. Pero no cualquier texto: Alejandro Magno no dormía si antes no ponía debajo de su cabecera una espada (para defenderse de los peligros reales) y una caja en la que conservaba una copia, en rollos en papiro, de la Ilíada con los comentarios y las correcciones que su maestro, el gran filósofo Aristóteles, había escrito en sus márgenes.

Nos hemos situado en el siglo IV a. C. Pero la historia del texto de las grandes obras de Homero, de la Ilíada y de la Odisea, comenzó unos siglos antes (en los que los críticos aún no han dado la última palabra en el campo fructífero de sus hipótesis): el siglo VIII a. C. Un texto, con sus más 15.000 versos, que se compuso para ser difundido de manera oral, en ese espacio que se mueve entre la voz y la memoria, y que nada tiene que ver como ese “fármaco de la memoria" que es la escritura; estas letras que se han convertido en la base de nuestra forma de comunicarnos y de recordarnos en nuestra cultura occidental actual. Pero no siempre fue así. Casi nunca fue así, y solo hace falta recordar a nuestros abuelos, su portentosa memoria y el rico patrimonio cultural y literario oral que han sabido transmitir de padres a hijos sin que la letra, sin que la escritura tenga nada que ver.

Pero volvamos al texto de la Iliada. Se piensa que la primera vez que los versos homéricos fueron codificados, convertido el ‘verbo’ (oral) en ‘palabra’ (escrito), fue en las fiestas atenienses Panateneas que Pisístrato instauró el 566 a. C. dedicadas a Atenea, a imagen y semejanza de los Juegos Olímpicos, pero con certámenes de poesía y de música. Pero ninguna de las copias privadas y públicas que se hicieron a partir de esta primera codificación escrita se han conservado. Los rollos en papiro que permitieron conservar el texto homérico más allá de la memoria y de la voz, su primera difusión en los siglos de mayor esplendor de Grecia no han dejado más que algunas noticias indirectas, algunos datos que los filólogos examinan con la precisión de un resto arqueológico.

Estas copias que multiplicaban el texto homérico –con cambios que también se podían producir en la memoria y en la recitación oral– hacían que, a medida que pasaba el tiempo, el texto que transmitían se alejara cada vez más de aquel que en su momento compusiera Homero. Todo cambió en la famosa Biblioteca de Alejandría, fundada por el rey Ptolomeo I y engrandecida por su hijo en el siglo III a. C., y en la labor que llevó a cabo uno de sus primeros bibliotecarios: Zenódoto de Efeso. Y así, frente a los diferentes textos que transmitían los diversos rollos de papiro que archivaban y conservaban la memoria de los versos de Homero, Zenódoto creó un sistema de signos que, después de cotejar diversos papiros que se hicieron copiar para conservarse en la famosa biblioteca, indicó los versos que se consideraban ajenos a la creatividad del autor y que correspondían a añadidos de la transmisión, así como los versos que podían haber sido modificados, mal copiados, mal entendidos.

Este nuevo texto de la Ilíada, este texto editado, con sus errores y con sus aciertos, será el que se difunda a partir del momento, primero copiado en rollos de papiro (y también de pergamino) en Roma y, posteriormente, en Bizancio hasta el siglo XV, y luego en el nuevo medio de transmisión que se inventa en el imperio romano en el siglo II y que terminará por triunfar en el siglo IV, de la mano del triunfo del cristianismo como religión oficial de Roma: el códice. Frente al rollo de papiro, la forma habitual de difusión de los textos en la antigua Grecia, en Asia y en el Imperio Romano, ahora nos encontramos con un nuevo sistema de difusión gracias a que el pergamino permite hacer dobleces y se hacen cuadernos que pueden ser cosidos entre ellos formando una unidad, que el rollo en papiro no permitía. Recuérdese que Alejandro Magno llevaba una caja con los rollos de la Ilíada con las anotaciones y comentarios de Aristóteles.

El códice, este nuevo medio de transmisión frente al rollo, presenta grandes ventajas: la durabilidad del soporte y la mayor densidad de la información, que propiciará nuevos modelos textuales hasta entonces impensables: las compilaciones que reúnen en un mismo volumen diferentes textos de una misma materia o argumento o textos de gran extensión. Del siglo XIII se datan los primeros códices que difunden por Europa el texto griego de la Iliada, ya que las aventuras de la guerra de Troya se habían difundido por el occidente europeo en traducciones latinas. Y con el códice en pergamino (y a partir del siglo XII en papel) se añade con más facilidad otro elemento ya existente en el rollo: la ilustración, la relación entre texto e imagen, otra de las grandes ventajas de este nuevo medio de transmisión.

El siglo XV trae consigo un gran avance tecnológico en la difusión del códice como medio de transmisión: la imprenta. Gutenberg con sus prensas consigue hacer el milagro comercial de la ‘multiplicación’ de los códices a un precio menor que la copia única que era propia de los copistas. En el siglo XV, en la conocida como época incunable, poco parece cambiar en la forma externa de los códices, ya fueran manuscritos, ya  fueran impresos: se copian los formatos, la disposición de la letra y de las columnas, las ilustraciones –que en época incunable luego se iluminarán como si de un manuscrito se tratara…–.

Y ya a finales y, sobre todo, en el siglo XVI, el cambio será monumental, y no tanto por la nueva tecnología inventada por Gutenberg para ‘multiplicar’ las copias, como por la industria nueva que se crea alrededor del libro, de ese objeto que deja de ser solo un medio de archivo de la memoria, de los textos, de la cultura para ser también un objeto comercial –y por otro lado un magnífico mecanismo de control ideológico por parte del poder, tanto sea civil como eclesiástico. En este nuevo espacio de difusión de los textos, encontramos magníficas ediciones incunables y de los siglos XVI y XVII del texto de la Ilíada de Homero; texto heredero del fijado por la Biblioteca de Alejandría que ahora es revisado con el triunfo del Humanismo.

Y textos de la Ilíada, en ediciones en griego o en traducciones a otras lenguas, con mayores o menores aparatos de comentarios y de observaciones, encontramos desde el siglo XVII hasta nuestros días, de la mano de los diferentes cambios tecnológicos que se han ido desarrollando en el universo de la imprenta: la linotipia, el off-set, la imprenta digital…

Y lo mismo puede decirse de la presencia del texto de la Ilíada en ese nuevo medio de difusión y de comunicación que es el mundo digital, con los libros electrónicos a la cabeza.

En el contexto de la difusión de los textos que conforman nuestro bagaje cultural occidental –en que la Ilíada es un ejemplo paradigmático por ser el primero no sólo de los compuestos sino también de los codificados en la escritura–, en el paso de la oralidad a la escritura, y dentro de esta en los diferentes soportes que de un modo habitual han servido de codificación del ‘fármaco de la memoria’, como son el rollo, el códice y el libro impreso, podemos comprender mejor la situación actual, en la que nos encontramos con dos ámbitos bien diversos de posibilidades y de retos: por un lado, el del ‘texto digital’, que permitirá seguir difundiendo los textos antiguos (como la Ilíada) en un nuevo soporte, con sus grandes ventajas y algunos inconvenientes; y por otro lado, el de la ‘industria editorial’, creada a partir del siglo XVI, que entiende el libro digital y las nuevas modalidades textuales ajenas a su naturaleza, como sucede con el hipertexto, como dos enemigos que acabarán con el monopolio de su negocio de cuatro siglos de antigüedad.

Por eso, es necesario reivindicar el ‘texto digital’, que irá tomando cuerpo y característica propias más allá de la época ‘incunable’ en la que ahora nos encontramos; dejando a un lado los debates sobre el futuro del libro tradicional, que en realidad esconde la imposibilidad de los grandes negocios editoriales para adecuarse a los nuevos tiempos y a los nuevos públicos y lectores.

La industria discográfica ya lo está haciendo y la cinematográfica ha comenzado a dar sus pasos. La industria editorial ha optado por sacar de la chistera su colección de miedos colectivos, que nada tienen que ver con la realidad. Tienen la batalla perdida. Ellos y nosotros lo sabemos. Es solo cuestión de tiempo. Sólo los innovadores, lo que presenten nuevas estrategias comerciales pensando en los nuevos tiempos tienen garantizada su supervivencia en los próximos años. Y si no, tiempo al tiempo. Y mientras tanto, el texto de la Ilíada se seguirá difundiendo en este nuevo medio, como lo fue en la oralidad, y en los rollos, códices, incunables y libros impresos desde el siglo VIII a. C. hasta nuestros días.


Comentarios
Rock sin Roll
viernes 2 de julio de 2010 a las 09:47 horas
Eso de la música nos lo vas a decir a los que nos hemos acercado a una discográfica con una maqueta. Espero que no os pase lo mismo a los que vayais ahora a Hiperión o Visor con un libro de poemas. Tal vez os digan que los colgueis en la Web y espereis a ver cómo maduran virtualmente.
José Manuel Lucía
jueves 1 de julio de 2010 a las 20:07 horas
Si creemos que el libro tal y como hoy lo entendemos (con 500 años de historia) es lo que hay que preservar, estaremos cometiendo un grave error: el texto de la Iliada que se ha difundido por siglos de manera oral, por siglos en rollos de papiro y en siglos en códices en pergamino y en papel, así como en libros impresos, es lo que seguirá difundiéndose en el formato digital... este es el gran reto. ¿La industria discográfica está hundida? Pero ¿acaso podemos decir lo mismo de la música? Gracias los nuevos canales de difusión grupos que jamás hubieran grabado un disco tradicional se han convertido en éxito de ventas digitales... nuevos modos para los viejos textos, para la música de siempre
El nebri
miércoles 30 de junio de 2010 a las 09:30 horas
La industria discográfica, como tal, está hundida. La cinematográfica va camino de ello. La Ilíada se convertirá simplemente en un video-clip en esta nueva época de la miscelánea. Un objeto más de consumo para todos aquellos que ahora devoran compulsivamente la música a través del I Pod, como hace algunas décadas se atiborraban de películas en los video clubs. Esperaremos sentados guardando en la cabecera de la cama, como Alejandro, aquellos libros, destinados a rarezas, que nos legaron nuestros padres.
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