Romain Rolland era un escritor francés hoy bastante olvidado, incluso en su propio país. Se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1915, fundamentalmente por su novela Jean-Christophe, una historia desarrollada a lo largo de diez volúmenes que narraba la heroica vida de un músico alemán esperanzado con la idea de una humanidad reconciliada. El jurado justificó el premio: “...como tributo al elevado idealismo de su autor". Tengamos en cuenta que la Gran Guerra estaba en su epicentro. Rolland admiraba a Tolstoi, a Gandhi y a Tagore y él se consideraba asimismo como otro apóstol de la no violencia. Sin embargo, a partir de 1935, tras ser invitado por Máximo Gorki a descubrir la Unión Soviética y conocer a Stalin, rompe radicalmente con el pensamiento de la no violencia y con Gandhi para involucrarse de lleno en la guerra de la causa soviética; con toda probabilidad manejado por Willi Münzenberg, siniestro artífice de la eficaz seducción de los intelectuales europeos hacia el stalinismo (fundamental la lectura del libro de Stephen Koch, El fin de la inocencia –Tusquets– para sobrecogerse con el tema). Tan sólo cinco años más tarde, en 1940, cuando Francia se echa vergonzosamente en brazos de Hitler, un Rolland derrotado y abatido, escribe: “Un idealista jamás debería entregarse a la política. Siempre acaba por ser el embaucado, la víctima. Se sirven de él como reclamo para tapar el cubo de la basura, de las canalladas y de las maldades".
El siglo de los intelectuales, de Michel Winock Es probable que Rolland no sea el personaje más representativo de este atractivo y contundente estudio de Michel Winock que la editorial Edhasa acaba de publicar en castellano con el título de El siglo de los intelectuales, pero sin duda su perfil desdibujado y contradictorio, ayuda a fijar la imagen de los avatares del intelectual a lo largo del dramático siglo XX, cuando filósofos y escritores se convierten, a través de los medios de comunicación, en figuras públicas, elementos fundamentales del sistema cultural y de la sociedad en su conjunto; piezas temidas y a la vez codiciadas por los partidos políticos que permanentemente sueñan con abatirlas y domesticarlas para sus fines últimos. A lo largo de más de mil páginas, Winock lleva a cabo un exhaustivo recorrido por la historia cultural de Francia en el último siglo, cuyos ejemplos son asimilables a cualquier otro país en idénticas circunstancias.
De Zola a Sartre El volumen arranca con el famoso ‘Yo acuso' de Emile Zola, carta abierta dirigida al presidente de la República que apareció en la primera plana del periódico L'Aurore el 13 de enero de 1898. Un alegato a favor del capitán Dreyfus, de origen judío, acusado de alta traición y condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo. Sin duda con Zola nace la figura del intelectual que alecciona y moraliza. También es a partir de aquí, cuando enraíza la simiente de la controversia entre las dos Francias, la nacionalista, xenófoba y antisemita y la que aún se siente orgullosa de aquella Declaración de los Derechos del Hombre, ya lejana en el tiempo y en la memoria. El libro se cierra con un extenso epílogo titulado ‘¿El fin de los intelectuales?’, lúcida reflexión del autor al describir la inhumación de Jean-Paul Sartre en el cementerio de Montparnasse, el 18 de abril de 1980. El fin de aquel hombre que según palabras de Raymond Aron: “Vivió el drama de un moralista en la jungla de la política".
Algunos ejemplos de interés A primera vista el volumen puede resultar abrumador por exhaustivo, a pesar incluso de la prosa fluida y amena narrativa con la que Winock ha construido su meticulosa disección sobre la incómoda presencia del intelectual en la historia, ese temido personaje que pretende huir de los dogmatismos, no siempre con éxito, a la vez que no duda en mostrar su escepticismo ante cualquier utopía, sea del signo que sea. Me gustaría señalar unos pocos capítulos de interés, a modo de cata para que el posible lector se decida ahondar más tarde, con mayor detenimiento, en el soberbio conjunto de estas páginas.
Gide en el país de los sóviets En 1951, a la muerte de Gide, autor tan controvertido como fundamental para entender el siglo XX, la derecha y la izquierda coincidieron por una vez: la prensa franquista lo comparó con Satán y en Francia el partido comunista proclamó con desprecio que: “Había muerto un cadáver". Para entender estos juicios de valor tan sólo bastaría con leer su libro Regreso de la URSS o examinar de nuevo su discurso ‘Defensa de la cultura’, una abierta denuncia contra el peligro de los fascismos en vísperas del inicio de la guerra civil española. A lo largo de toda su obra, Winock nos enriquece con una rigurosa información sobre la importancia de las contradicciones de Gide, pero es en el capítulo 31 donde nos desvela todas las claves del desencanto tras su viaje a la Rusia de Stalin.
Bernanos y los grandes cementerios bajo la luna Georges Bernanos, escritor conservador y católico, residía en Mallorca cuando estalló la guerra civil. Su ideología le hizo, en un primer momento, apoyar la insurrección militar pero cuando la isla, tomada por el bando nacional, se convirtió en el espantoso escenario de un brutal exterminio, en un terrible masacre con la connivencia y el aplauso de la Iglesia Católica, entendió que aquello era el prólogo de los horrores que el fascismo extendería más tarde por toda Europa. Escribió entonces Los grandes cementerios bajo la luna su particular crónica sobre la barbarie. El hasta entonces admirado y respetado autor de Diario de un cura rural, tuvo que abandonar su patria adoptiva para siempre.
Malraux y la acción Dicen que lo que más le gustaba a André Malraux era disfrazarse de piloto aunque nunca supo pilotar un avión. El autor de La condición humana entendía que el intelectual no era solo un hombre de cultura, sino que también debía unir a la lucidez, la acción. Por eso decidió desde el primer momento que no bastaba con hablar a favor de la República Española, sino que había que actuar. Su discutida actuación a cargo de la escuadrilla España es analizada en estas páginas, así como la valoración de su novela L'Espoir y su posterior película basada en ella Sierra de Teruel.
La recomendación: Malraux en Alcalá Como complemento a El siglo de los intelectuales y sobre todo como curiosidad para lectores alcalaínos, recomiendo el libro, también publicado por Edhasa, Malraux en España, escrito por Paul Nothomb, compañero de aquella aventura de aviones y guerra; con prólogo de Jorge Semprún y las fotos del aviador Raymond Maréchal que recoge algunas curiosas instantáneas de Alcalá en el otoño del 36. |