
PEDRO P. HINOJOS
La muerte de José Saramago se ha sentido en España como algo propio. De pronto hemos echado cuentas de que aquí teníamos un portugués universal mucho antes de que desembarcara Cristiano Ronaldo.
Y que podría ser tan protagonista como el que más del Día del Español que celebró el Instituto Cervantes con palabras y papelitos de colores, olvidándose de Alcalá, que a su vez se olvidó de que es la elegida por el destino para ser la ciudad de la lengua, o al menos así se dice y redice en los discursos, en los folletos y en las notas de prensa municipales. Saramago ha multiplicado de un día para otro su dimensión planetaria.
Sus historias sencillas y tremendas y su lenguaje claro y directo, en la mejor tradición del divino Kafka, conquistaron a miles de lectores, que creyeron a pies juntillas en el evangelio de Jesucristo, en una península navegando a la deriva, en una epidemia de ceguera, en un centro comercial que devora cuerpos y mentes o en dos hombres condenados a ser exactamente iguales. Saramago encontró un modo nuevo de escribir sobre lo humano y la humanidad y por eso tuvo tantos lectores y tanto respeto por todo el mundo. Mal que le pese a algunos, y no sólo al Vaticano o a aquellas secretarias automáticas que bloqueaban cuestionarios y consultas que periódicos como éste le hacían llegar.
La corte intelectual de editores chillones y plúmbeos, novelistas de manifiesto y taconazo y poetas de verdad única y gin tonic han hecho un intento de apropiarse de la pitanza del preclaro y enjuto hijo de Azinhaga, agarrándose a sus ideales políticos, a su compromiso y a sus contradicciones. Pero igual que con otros huesos y cenizas han tenido suerte, la camarilla plañidera está condenada al fracaso con Saramago. Por mucho que le lloren les viene demasiado grande. Además, hace mucho que dejó ser de alguien porque es de todo el que lo desee. Con un inmortal no hace falta ni media lágrima. Ninguna si encima lo pide su viuda. |