El mundo saldrá adelante: es su sino. La depuración de aguas residuales divide, tanto como la democracia y la propiedad privada, las distintas etapas evolutivas del ser humano: el hombre medieval arroja sus orines por el balcón; el del renacimiento los canaliza en complejos sistemas sanitarios que alargaban su esperanza de vida. La muerte por heces, tan antiestética, dejó paso a las eufemísticas causas naturales.
Probablemente la diferencia entre depurar y purgar es sólo de intensidad: aquí el atracón ha sido largo y sostenido, de modo que sólo caben decisiones quirúrgicas, habituales en la medicina cuando la enfermedad sorprende muy avanzada, o cuando se niegan, sin más, desde las mismas bocas que ahora intentan pasar por campeones de la responsabilidad: casi peor que equivocarse es sostener lo uno y lo contrario en dos segundos, con el mismo semblante picassiano que viene a sugerir que el equivocado siempre es el otro.
Leire Pajín habla como el protagonista de El placer del viajero, la pequeña gran novela de Ian MacEwan que narra las vicisitudes terribles de un matrimonio ocioso en Venecia al toparse con un chulazo al peperoncino: pretende siempre que el otro se sienta responsable de una culpa que le causa un daño objetivo, aunque la la daga y el engaño sean siempre suyos. Cospedal sigue esa senda, aunque de momento se conforma con evitar las esdrújulas: todo lo que no sea un balbuceo obvio le viene grande.

Asumir el diagnóstico y empezar con la quimioterapia, en todo caso, no puede ser peor que negar la patología, y en ese sentido conviene insitir en que el Gobierno ejerce la medicina por vez primera: quizá como un interno en su primer año de residencia, pero mucho mejor que el brujo del bosque que presidía hasta ayer el Consejo de Ministros con ramas de tomillo en la mano.
Saldremos, pues, tras una purga que necesariamente ha de llevarse por delante el exceso de colesterol, y algo más. Por ejemplo la costumbre, tan española, de registrar dos únicos tonos de voz: el grito, cercano al eructo; o el silencio, complaciente con el exceso. Hay varios ejemplos de cuánto queda por hacer en este frente, a mi juicio el más explicativo de la crisis: callar y vocear, vocear y callar, resume como pocas cosas la evidente quiebra de valores que a su vez conduce a una crisis económica sustentada en la codicia.
No es mal momento para romper, pues, algunos tabús, sobre casi todo, en una especie de variante moderna de aquellas brujas de Salem que el escritor Henry Miller convertía en el epítome de la búsqueda de enemigos ficticios para sobrevivir en el poder. Probemos, pues.
- El sindicalismo. No se ofendan, pero así sobran. Su redefinición es posible, y también necesaria, pero difícil de digerir para ellos: no luchan, hace mucho, por todos los trabajadores. Lo hacen por sus afiliados. Y no se oponen del todo a la reforma, sino a la modificación de la negociación colectiva: de repente dejarán de ser la novia, el muerto y el niño en las múltiples ceremonias laborales que tantas tardes de gloria les han dado. Su aterrizaje será duro, pero la otra opción es salirse de la pista. Estamos ante una especie de sindicalismo neocón que pretende presentar como una defensa colectiva lo que apenas es una tétrica campaña de afirmación del privilegio o la ensoñación propia sin molestar demasiado al jefe: la reforma no es mala, pues entrega al parado de 400 euros la posibilidad de lograr un contrato indefinido con 30 días de indemnización, pero evita por comparación que en el futuro vuelvan a pagársele las gafas o la jornada de 35 horas o los libros de texto o los puentes romanos a los esforzados compañeros del metal de la Administración.
- Israel. Es difícil encontrar un gobierno más majadero que el judío, pero tampoco hace faltar mentir ni transformar la actitud de sus rivales en una heroica Iliada. En Gaza, por mucho que lo digan los progresistas de sofá, sólo hay un bloqueo de armas: es lo mínimo cuando allí gobierna un grupo terrorista, Hamás, que no duda en utilizar de escudos a los niños. El ataque a la flotilla fue una torpeza salvaje, pero no un crimen psicópata. En el viaje de denunciar el salvadiós de Netanhayu y compañía, no puede ir incluida la beatificación de los infanticidas de Palestina, la segunda rebanada del emparedado que tanto odio y dolor crea.
- González y Aznar. No es verdad que los ex presidentes sean jarrones chinos: el Senado romano elegía a los sabios más veteranos para añadir ese poso de experiencia desinteresada a la gestión de lo público. El problema es otro: sus intereses son ya privados, y eso explica la lamentable cobardía del socialista y el descarado impudor del popular: hablan para defender lo suyo, que es ganar dinero y posición por gestionar sus palabras y sus silencios. El segundo dice cosas más graves; pero el primero es menos sincero: un empate técnico en descaro y un sobresaliente a ambos en sobreactuación.
- El burka. Aquí no hay debate: tapar a la mujer equipara la presunta prenda cultural con el viejo cinturón de castidad que los cruzados ponían a sus esposas mientras cristianizaban el orbe. Dudar no es una consecuencia de los principios democráticos, que suelen justificarse por el respeto al distinto, sino una derivada de la estupidez intelectual: la complacencia de alguna mujer, musulmana o no, sólo es una prueba de cargo más, salvo que de repente el síndrome de Estocolmo también sea atenuante del secuestro.
- Almodóvar. Digámoslo alto, pero sin estridencias: no tiene mérito condenar el franquismo con 60 años si se ha vivido treinta años años bajo él sin decir ni mú. El vídeo que rescata viejas historias de la represión es más una campaña de sus presentadores que una defensa de las víctimas. La palabra clave es discreción: si en las causas no asumes algún riesgo, te limitas a aprovecharte de ellas. Esto no pone en duda la necesidad de abrir las zanjas, sino la conveniencia de quienes, ahora, se dan tortas por coger la primera pala.
Este artículo da para una saga. Habrá que ampliar: no en vano vivimos el amor en tiempos de cólera, un escenario perfecto para emular a Napoleón. Siempre prefería perder una guerra que dejar de librarla.
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