Kafka por Robert Crumb
por Vicente A. Serrano

JUEVES 8 DE ABRIL DE 2010 A LAS 16:53 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Durante casi dos décadas, Vladimir Nabokov estuvo impartiendo clases de literatura en el Wellesley College, cerca de Boston, considerada la universidad femenina más prestigiosa de Estados Unidos. Con toda seguridad debió de coincidir en sus aulas con Pedro Salinas profesor de literatura española en el mismo college. A finales de 1958, a raíz de enriquecerse de repente con la publicación de Lolita, Nabokov abandonó para siempre las clases. De aquella fructífera etapa pedagógica se han publicado en castellano al menos tres volúmenes: su controvertido Curso sobre El Quijote, el Curso de literatura rusa y el Curso de literatura europea. Manuales imprescindibles como guía para todos aquellos que deseen descubrir los ángulos más sugerentes de futuras lecturas.

Nabokov entomólogo
Precisamente en el Curso de literatura Europea, Nabokov dedica un extenso capítulo a La metamorfosis de Kafka, afirmando con rotundidad que: “Es el escritor en lengua alemana más grande de nuestro tiempo. A su lado, poetas como Rilke o novelistas como Thomas Mann, son enanos o santos de escayola". Habría que señalar, que aparte de impartir clases de literatura, –imaginamos que rodeado de  ‘lolitas’–  por aquellos años Nabokov también estuvo a cargo de la colección de mariposas de la universidad de Havard, porque era además un destacado entomólogo, ampliamente reconocido por su contribución al estudio de los lepidópteros. Por tanto no es de extrañar que sus notas manuscritas sobre Kafka, aparezcan repletas de bocetos de escarabajos para demostrar que al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo no se vio convertido en cucaracha, sino en un escarabajo marrón, convexo, del tamaño de un perro. Cuando en 1916 se publicó en Leipzig la primera edición de La metamorfosis, su autor se negó a que en la cubierta apareciese insecto alguno.

Una afortunada desobediencia
Kafka murió en un sanatorio, cerca de Viena, en 1924, a consecuencia de una terrible tuberculosis que le fue trepando desde los pulmones hasta la laringe; en los últimos meses tan sólo pudo comunicarse mediante notas escritas. Tenía 41 años y había dejado encargado a Max Brod, su mejor amigo, que destruyese sus tres novelas inconclusas, todos sus manuscritos e incluso las narraciones ya publicadas.

 

Gracias a la afortunada desobediencia hoy conocemos en profundidad a uno de los escritores más significativos que dio el siglo XX. Sus obras han influido sobre numerosos autores de generaciones posteriores y han creado una legión de lectores activos a los que se nos exige en todo momento un esfuerzo de imaginación real, porque Kafka, a diferencia de otros contemporáneos, prescindió de todo experimento y de todo manierismo, manejándose en un lenguaje claro y sencillo, pulcro y neutral, sin metáforas poéticas que tratasen de adornar sus historias en blanco y negro, sus terribles y estremecedoras pesadillas, premonitorias, como catastróficas profecías de lo que estaba por llegar.

 

Los hechos que configuran sus historias, que parecen tan absurdos a primera vista, es lo que ha creado en nosotros sus lectores, una experiencia tan perdurable que hace que cada uno conforme en su imaginación una iconografía propia para ilustrar El proceso, América, El castillo, En la colonia penitenciaria  y por supuesto La metamorfosis. Nabokov nos aportó su escarabajo, el actor José Luis Gómez hace ya algunos años, nos regaló otra lección magistral con su interpretación del Informe para una academia y el pintor Pepe Hernández supo imprimir a la pesadilla de Gregorio Samsa toda la fuerza y credibilidad que exigía Nabokov en sus clases.  

Robert Crumb frente a Kafka
A finales de los significativos años 60 en Estados Unidos, Robert Crumb comenzó a destacar por sus transgresoras tiras cómicas, en las que agitaba, como en una coctelera, sexo y crítica política a través de unos dibujos de realismo sucio con personajes como el Gato Fritz y Mr. Natural que pronto se convirtieron en mitos indiscutibles de la contracultura, iconos de lo que terminó conociéndose como Comix Underground. (En 1972 la editorial Fundamentos publicó una antología con ese mismo título, con selección de Chumy Chúmez y prólogo de Ops, actualmente más conocido como El Roto).

 

Fueron para Crumb los años de esplendor en la “hierba" junto a “amistades peligrosas" como William Burroughs o Allan Ginsberg, la guerra de Vietnam como telón de fondo y la psicodelia y el Flower Power intentando provocar un nuevo terremoto en San Francisco. Aunque después de la tempestad de sueños de libertad, llegó una calma chicha y aburrida y fue entonces cuando el transgresor Crumb, ya cuajadito en años, decidió refugiarse en la vieja Europa.

 

Hoy se ha convertido en todo un clásico al que le rindió honores el Festival del Cómic de Angulema, sus obras ya pernoctan en los museos y algunos críticos no se ruborizan al compararlo con Goya o Brueghel. El pasado año editorial La Cúpula publicó en castellano Génesis, peliagudo encargo de ilustrar el libro sagrado, en cuya realización el autor tardó más de cuatro años y del que salió airoso a pesar de lo arriesgado del tema, sin que este agnóstico declarado llegara a herir siquiera las susceptibilidades de los más fundamentalistas en el seno de la religión judeo-cristiana. La misma editorial acaba de lanzar al mercado Kafka, una novela gráfica con cerca de 200 páginas y guión de David Zane Mairowitz.

 

Aquí nuestro admirado Robert Crumb nos aporta su personal visión del escritor praguense. Un recorrido por su vida y por su obra que enriquece aún más la iconografía kafkiana, al tiempo que consigue aportar claves nuevas sobre uno de los autores más reinterpretados en la historia de la literatura. Crumb nos narra, con la particular maestría de sus dibujos, las obras más emblemáticas, a la vez que va desarrollando un exhaustivo recorrido por las infinitas fobias del autor.

 

En el epílogo se afirma que: “Si Kafka hubiera vivido, seguramente el Holocausto habría sido su destino". En las páginas finales Crumb no duda en “retratarse" junto a Mairowitz, el guionista, en la Plaza de la Ciudad Vieja, portando cada uno de ellos unas camisetas con el rostro de Kafka; en la Praga del siglo XXI que ha convertido al escritor rechazado por el régimen comunista, en un simple objeto de merchandising. “En poco tiempo, –apostilla Crumb– como en el caso de Mozart en Salzburgo, será posible comer su rostro hecho en chocolate".

 

La recomendación: El auge de la novela gráfica
De un tiempo a esta parte parece haber surgido un renacimiento del cómic, que ha encontrado en la novela gráfica su soporte más genuino. Ejemplos como el Maus de Art Spiegelman, la Persépolis de Marjane Satrapi, el Paracuellos de Carlos Giménez o la versión de la Ciudad de Cristal de Paul Auster por Paul Karasik, son más que suficientes para reencontrarse con aquel género que nos encandiló en la infancia. Ahora es Robert Crumb quien nos ofrece el soporte perfecto para revisitar a Kafka, su libro supone un magnífico prólogo gráfico para adentrarnos después en las páginas del atormentado laberinto kafkiano.


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