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XAVIER COLÁS

Leí hace tiempo que las enfermedades se movían por Europa de una manera caprichosa, simétrica a la de las monedas de euro: pronto estarán mezcladas las acuñadas en Bélgica y las que se bañaron por primera vez en la rara lluvia española. En el trabajo los compañeros algunas veces te prestan un resfriado o te mandan un mail con un virus, una cosa y la otra están hechas para recorrer mundo. Poco importa que haya que hacer noche en la saliva humana o en los unos y ceros del código binario de un archivo ejecutable. El caso es que no hay manera de viajar todo lo que quisiéramos, pero por nuestras narices y nuestros ordenadores pasan demonios nómadas. Conocen mundo, tocan a los guapos y a las guapas y se zambullen en los secretos de nuestro disco duro.
Un día van y nos dejan. Hacen el petate y se marchan a hacer estornudar a alguien más interesante. En cada beso suyo tendrán su oportunidad. En casa mensaje de correo, una puerta abierta. No tienen que deshojar la margarita ni escoger al más indicado porque se multiplican tranquilamente, viviendo existencias fractales. Nosotros nos quedamos en una rutina que nos hemos ganado a pulso, cuidando de las plantas y de los niños, cambiando de canal sin saber qué queremos ver. Pensando si sólo nos marcharemos un día, cuando sea para siempre.

Pero de vez en cuando sucede el milagro. Juntamos unos cuantos días libres y el estornudo somos nosotros. Rebotando de aeropuerto en aeropuerto, infectando aviones, hoteles o sacos de dormir ajenos con nuestra presencia. Los humanos lo llamamos vacaciones pero alguien desde el espacio observará preocupado a estos pobres organismos con falda o pantalón, cómo se arraciman en determinadas fechas mientras las mareas siguen su curso. Cómo se esperan los unos a los otros en estaciones de tren. Y cómo por unos días el mundo es un chorro te tierra y mar que te pasa rozando por debajo de los pies. Aunque sepas que en tu tercer o cuarto salto caerás en el agujero de siempre. Y ay de ti si no lo haces. |