|
PEDRO P. HINOJOS
El arte del poder es el título de la nueva e insólita exposición temporal del Museo del Prado. Una treintena de retratos formidables de maestros como Tiziano, Rubens o Velázquez compartirán espacio con las históricas armaduras que blindaron a los reyes y príncipes europeos entre los siglos XVI y XVIII.
En la armería del Palacio Real se exhiben de forma permanente algunas de estas piezas, verdaderas joyas de artesano fino destinadas a simbolizar la fortaleza guerrera y el poderío de los reyes en los tiempos de la monarquía absoluta. Pero los tiempos, por fortuna, son variables. También para los soberanos.
Estas corazas de superhéroe apenas dan en el presente para vestir y calzar de metal a alguno de los nietos y nietas de nuestro Rey que, al igual que el Príncipe, gasta tallas de ala-pívot. Ahora van a pecho descubierto y sin más espada que las normas constitucionales que les acomodan trabajosamente en nuestro Estado de Derecho, a la vez que mantienen privilegios y sustentan tradiciones que envejecen de puro anacronismo día a día.
Y en esas ha llegado nuestro obispo y le ha sacado varias astillas al sillón del trono cada vez más amenazado por la polilla, recordándole al Rey que “coopera con el mal” dando su aprobación a la Ley del Aborto.
Por supuesto, el chorreo ha ido para el prelado complutense, a pesar de que hace y dice lo que debe desde su negociado celestial. Apenas se han echado cuentas de la pequeña gran contradicción que representa un monarca que firma con una mano las leyes cívicas y soberanas y con la otra agarra un cirio o coge del brazo a la Reina con mantilla. Y casi mejor que sea así, al menos ahora que otros agobios más acuciantes nos traen a todos de cabeza.
Pero estas paradojas no pueden existir a perpetuidad. O sí. En la galería de retratos del Museo del Prado y en el surtido de lorigas del Palacio Real, por lo menos, tienen toda la eternidad por delante. |